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LA FAMILIA ROBINSON JOHANN WYSS Ediciones elaleph.com

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J O H A N N W Y S S

Ediciones elaleph.com

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PRIMERA PARTE

CAPITULO 1NAUFRAGIO Y PREPARATIVOS PARA EL

RESCATE

La tempestad duraba ya seis días; el séptimo sufuria parecía aumentar aún, y la madrugada nos al-canzó sin que se vislumbrara una esperanza, puesnos habíamos alejado tanto de la ruta correcta que abordo nadie sabía dónde nos hallábamos. Los tri-pulantes estaban agotados por el trabajo y la vigilia.Los astillados mástiles fueron arrojados al mar; apa-recieron varias vías de agua y la nave comenzó aanegarse.

-Hijos queridos -dije a mis cuatro niños, que seabrazaban a mí, aterrados---. Dios puede salvarnos;para El nada es imposible.

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En ese momento, por sobre el bramido, de lasolas, oyóse gritar: "¡Tierra, tierra!", e instantes des-pués la nave chocó con una roca con tal violenciaque todos fueron arrancados de su sitio; siguió uncrujido tremendo, como si el barco se despedazara;el agua entro por todos lados; comprendimos que lanave había encallado y que no resistiría muchotiempo más. El capitán ordenó a sus hombres quesacaran los botes sin perder tiempo. Esos sonidospenetraron en mi corazón como una puñalada.

-Estamos perdidos -exclamé, y los niños estalla-ron en penetrantes gritos. Entonces me recobré yprocure reanimarlos observando que el agua no noshabía alcanzado aún, que estábamos cerca de lacosta y que la Providencia socorrería a los valien-tes-. Quédense donde están mientras yo voy a verqué conviene hacer -agregué.

En cuanto subí a cubierta, me derribó una ola,seguida por otra y otra. Manteniéndome en pie co-mo pude, miré a mi alrededor: ante mis ojos se pre-sentaba una escena de total desastre; el barco estabadestrozado por todas partes, y en un costado seabría una hendidura. La tripulación colmaba losbotes, que ya no podían contener a nadie más, y losúltimos en subir a ellos cortaban las sogas, dispo-

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niéndose a partir. Casi frenético, les rogué que sedetuvieran y nos llevaran a nosotros también, perofue en vano, pues el bramido del mar impidió queme oyeran.

Abatido y desolado al perder toda posibilidadde ayuda humana, tenía aún el deber de presentarmesereno ante mi familia.

-Valor, amados míos -exclamé al entrar en nues-tro camarote-; no desesperemos. No les ocultaré queel barco ha encallado, pero el agua no nos alcanza, ysi mañana el mar está más sereno, quizá todavía po-damos llegar a tierra sanos y salvos.

Poco después anocheció sin que amainara la fu-ria de los elementos. Pensando en los botes, temi-mos que se hubieran hundido con todo lo quecontenía bajo el espumoso torrente.

Mi esposa había preparado una escasa merien-da, que los cuatro niños devoraron con un apetitono compartido por sus t>adres. Luego se acostarony, completamente exhaustos, no tardaron en quedarprofundamente dormidos. El mayor, Fritz, se quedócon nosotros.

-Estuve pensando cómo podríamos salvarnos-anunció- Si tuviéramos algunas vejigas o chaquetas

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de corcho para mamá y mis hermanos, tú y yo nosarreglaríamos para llegar a tierra.

-Bien pensado -aprobé-. Veremos qué podemoshacer.

Buscando, Fritz y yo hallamos algunos barrili-tos. vacíos que atamos de a dos, dejando entre ellosunos treinta centímetros de distancia, y los sujeta-mos a modo de chaquetas salvavidas bajo los bra-zos de cada niño, mientras mi esposa preparaba unopara ella. Nos aprovisionamos de cuchillos, un pocode soga y otros elementos que podíamos llevar enlos bolsillos, en la esperanza de que, si el barco sehundía de noche, lograríamos llegar a tierra nadan-do o arrastrados por las olas.

Recibimos con júbilo el primer resplandor quepenetró por una pequeña abertura de la ventana. Lafuria de los vientos comenzaba a amainar; el cielorecobraba su serenidad y en mi corazón latía la es-peranza al contemplar el horizonte, ya teñido por elsol. De este modo reanimado, hice que mi esposa ehijos subieran a cubierta.

-Hijos míos, recorramos el barco, a ver qué en-contramos que nos sea útil para llegar a tierra.

Entonces todos se dispersaron, entusiasmados,mientras yo me apresuraba a examinar con que

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contábamos en cuanto a provisiones y agua potable.Mi esposa y mi hijo menor fueron a ver los anima-les, a los que hallaron en un lastimoso estado, mediomuertos de hambre y de sed. Fritz se dirigió a la salade armas, Ernest al camarote del carpintero y Jack ala cabina del capitán, pero en cuanto abrió la puertale saltaron encima dos perrazos y lo recibieron contan brusco afecto, que se puso a gritar pidiendo au-xilio, como si lo estuvieran matando. Sin embargo,el hambre había amansado tanto a las pobres bestiasque le lamieron manos y cara, emitiendo sin cesarun suave gemido.

Poco a poco, mi pequeño grupo fue reuniéndo-se de nuevo a mi alrededor. Fritz traía consigo dosescopetas, un poco de pólvora y munición conteni-da en frascos de cuerno, y algunas bolsas de balas.Ernest mostraba su sombrero lleno de clavos, ytraía en las manos una hachuela y un martillo. Miesposa anunció:

-Por mi parte no traigo nada, pero debo comu-nicar algunas buenas noticias. Encontré a bordo unavaca preñada. Les acabo de dar comida y agua ycreo poder conservarlos vivos.

-Todo esto es admirable -dije a mis jóvenes ayu-dantes-; pero tengan la bondad de explicarme cómo

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llegaremos a tierra y si han descubierto los mediospara ello.

-No creo que sea muy difícil -declaró Jack-.Fíjense en esas grandes tinas... Podemos subir uno auna de ellas, y flotar hasta la costa.

-Me parece que vale la pena probar la idea deJack --exclamé.

Como recordaba haber visto unos toneles gran-des en la bodega, bajamos y los hallamos flotandoen el agua que había penetrado en la nave. Poco noscostó izarlos e instalarlos en la cubierta inferior, queen ese momento apenas si sobresalía del agua. Conalegría comprobarnos que eran sólidos y estabanbien reforzados con aros de hierro; resultabanexactamente adecuados para nuestro objeto. Conayuda de mis hijos, comencé a aserrarlos en dos sintardanza.

No tardé mucho en obtener ocho tinas. Luegorecobrarnos fuerzas con vino y bizcochos.

Más tarde busqué una tabla grande y flexible,sobre la cual coloqué mis ocho tinas dejando encada punta un trozo que sobresalía de ellas y que,doblado hacia arriba, presentaría un perfil semejanteal de la quilla de un barco. Luego clavamos todas lastinas en esa tabla y aquéllas entre sí para afirmarlas,

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y por fin otras dos tablas del mismo largo que laprimera a cada lado de las tinas.

Pero entonces descubrimos que el aparato asíconstruido era tan Pesado, que no podíamos mo-verlo de su sitio ni un centímetro. Pedí a Fritz queme trajera una palanca, y entre tanto, corté en variospedazos un grueso poste para obtener varios rodi-llos. Entonces, con la palanca, levanté fácilmente laparte delantera de mi aparato, mientras Fritz colo-caba debajo uno de esos rodillos.

Até a la popa una larga cuerda, y el otro extremoa una viga del barco, de modo que aquélla guiara ycontuviera la balsa al soltarla. Luego pusimos de-bajo un segundo y un tercer rodillos, aplicamos lapalanca y vimos con gran alegría que nuestra balsabajaba al agua con tal velocidad que, de no habér-selo impedido la cuerda, se habría internado en elmar.

Pero entonces se presentó una nueva dificultad.La embarcación se inclinaba tanto de costado, quetodos los niños se negaron a subir a ella. Por unmomento me sentí dolorosamente perplejo, pero depronto seme ocurrió que lo único que hacía faltapara enderezaría era lastre. La acerqué y arrojé enlas tinas todos los objetos inútiles que pude encon-

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trar, contrapesando así la parte liviana; poco a pocoel aparato se enderezó y afirmó en el agua. Enton-ces, todos quisieron subir a las tinas, y los niñoscomenzaron a disputarse el primer puesto.

Me apoderé de dos postes de igual longitud, queantes sostenían las velas del barco. Subiendo a laembarcación, instalé uno en la popa y otro en laproa, de modo tal que nos permitía hacerlos girar. aderecha o izquierda a voluntad. Para mantener fir-mes los postes o canaletes, introduje la punta decada uno en la piqueta de un barrilito de coñac.

Nada nos quedaba por hacer, salvo hallar unmedio para apartarnos de los restos del naufragio.Subiendo a la primera tina, guié la proa de la embar-cación de modo que penetrara en la grieta del costa-do del barco, donde permanecería quieta. Hechoesto, volví a la nave y, con serrucho y hachuela,despejé a derecha e izquierda todo lo que pudieraestorbarnos el paso. Hecho esto, buscamos algunosremos para el viaje que decidíamos intentar.

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CAPÍTULO 2DESEMBARCO Y OCUPACIONES

SUBSIGUIENTES

Al amanecer, todos estábamos despiertos yalerta. Concluida nuestra oración matinal, anuncié:

-Lo primero por hacer es alimentar bien a cadauno de los pobres animales que han quedado a bor-do. Después les dejaremos alimento suficiente paravarios días. No podemos llevárnoslos, pero quizáconsigamos volver en su busca. Quiero que nuestroprimer cargamento consista en un barril de pólvora,tres escopetas y tres carabinas, con todas las muni-ciones Y balas que podamos llevar; dos pares depistolas de bolsillo y uno de pistolas grandes, sinolvidar un molde para forjar proyectiles; cada niño,y también la madre, debe tener una bolsa para llevarla caza.

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Una vez que todo estuvo preparado, nos intro-ducimos valerosamente uno en cada tina. En elmomento de nuestra partida, los gallos y gallinas sepusieron a si advirtieran que los abandonábamos.

Esto me sugirió la idea de llevarnos los gansos,patos, pollos y palomas.

Dicho y hecho, ejecutamos este plan. Pusimosen una tina diez gallinas, así como un gallo viejo yotro joven, y la tapamos con tablas; a las demás avesde corral las dejamos en libertad, esperando que elinstinto los guiara a tierra; los gansos y patos poragua, y las palomas por aire.

Esperábamos a mi esposa, quien tenía a su car-go esta última parte de nuestro embarque, cuandollegó trayendo consigo una gran bolsa, que arrojó enla tina donde ya iba nuestro hijo menor. Pensé quela destinaba a que éste se sentara encima, o acaso aimpedir que fuera zarandeado de un lado a otro.

Todos teníamos a mano elementos útiles. Cadauno empuñaba un remo, y llevaba consigo un apa-rato natatorio listo para lo que pudiera ocurrir.Cuando nos alejamos de la nave, la marca llegaba yaa la mitad de su altura; consideré que esta circuns-tancia era favorable, debido a nuestra falta de fuer-zas. Sosteniendo las dos canaletes a lo largo,

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pasamos sin accidente por la hendidura del navío ysalimos al mar.

Al ver que los abandonábamos, los dos perrosse arrojaron al mar y nadaron hasta la balsa. Erandemasiado grandes para pensar en subirlos a bordo,y temí que saltaron sobre la embarcación, volcán-dola. "Turco" era un perro inglés; Flora, de razadanesa. Me inquieté mucho por ellos, temeroso deque no pudieran nadar tan lejos. Sin embargo, loconsiguieron con perfecta inteligencia. Cuando sefatigaban, apoyaban las patas delanteras en un ca-nalete, así pudieron seguir adelante sin cansarse.

Al acercarnos a la costa, su tosco perfil se suavi-zó mucho; ya los peñascos dejaron de parecer unasola cadena indivisa. Fritz, que con sus ojos de hal-cón ya divisaba algunos árboles, anunció que eranpalmeras. Ernest comentó con alegría que ahoraobtendría cocos mucho más grandes y mejores quelos europeos. Por mi parte, lamenté en voz alta nohaber traído un largavista que, según sabía, se halla-ba en la cabina del capitán. Pero entonces Jack sacódel bolsillo uno pequeño, que me ofreció con expre-sión de triunfo.

Llevándomelo al ojo, advertí que la costa pre-sentaba ante nosotros un aspecto desierto y salvaje,

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pero que hacia la izquierda la escena era más acoge-dora. Cuando intenté guiar en esa dirección, unacorriente nos arrastró irresistiblemente hacia lacosta rocosa y yerma.

Poco después divisamos un pequeño espacioabierto entre las rocas, cerca de la boca de una en-senada, hacia donde se dirigieron todos nuestrosgansos y patos. Cautelosamente, toqué tierra por finen un punto en que la costa se alzaba sobre el aguamás o menos a la misma altura que nuestra balsa, ydonde al mismo tiempo aquella bastaba para man-tenernos a flote.

Pusimos toda nuestra atención en descargar laembarcación. Luego buscamos un sitio convenientepara instalar una tienda a la sombra de los peñascos,y una vez que descubrimos uno, pusimos manos a laobra. Clavamos sólidamente uno de nuestros postesen una fisura de la roca, y lo apoyamos en otroposte perpendicularmente hundido en tierra, for-mando el caballete de nuestra tienda. A éste lo cu-brimos con una lona, cuyas puntas, estirándolas adistancia conveniente a cada lado, sujetamos alsuelo con estacas. Por último fijé unos ganchos decarpa en los bordes de un costado de la vela de

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adelante, para así poder cerrar de noche la entradaenganchándola del lado opuesto.

Dejamos en la costa el cofre con provisiones yotros objetos pesados. Luego pedí a mis hijos quefueran en busca de hierba y musgo para esparcirlo ysecarlo al sol, de modo que pudiéramos utilizarlocomo lecho. Durante esta maniobra, en la cual pudoparticipar hasta el pequeño Francis, construí cercade la carpa una especie de cocinilla. Unas cuantaspiedras chatas hicieron de hogar. Reuní una canti-dad de ramas secas, y utilicé las más grandes paralevantar una cerca a su alrededor; con las más pe-queñas y un poco de pasto seco encendí una vivazhoguera para reanimarnos. Pusimos un poco de so-pa solidificada y agua en nuestro caldero de hierro,que colocamos sobre el fuego. Mi esposa, con elpequeño Francis por ayudante, se encargó de prepa-rar la cena.

Entre tanto, Fritz cargaba las armas y, provistode una de ellas, se alejaba a lo largo del río. Jack seencaminó hacia una cadena de rocas que sobresalíaal mar, con intención de recoger algunos mejillones.

Por mi parte, me ocupé entonces de atraer a tie-rra los dos barriles flotantes, pero me lo impedía loempinado del sitio donde habíamos desembarcado.

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Mientras buscaba a mi alrededor un lugar más favo-rable, oí fuertes gritos cercanos, en los cuales reco-nocí la voz de mi hijo Jack. Eché mano al hacha ycorrí ansioso en su ayuda. No tardé en ver que sehabía internado en el agua hasta las rodillas, y queuna gran langosta le apretaba una pierna con suspinzas. Salté al agua sin vacilar, y el enemigo, apenasadvirtió mi llegada, soltó a su presa. Persiguiéndolocon rapidez, lo sujeté por el cuerpo y me lo llevé,seguido por Jack, quien durante todo el trayectoanunció a gritos nuestro triunfo.

Siempre goloso, Ernest chilló que pusiéramos laangosta en la sopa, pero a esto se opuso su madre,observando que debíamos economizar mejor nues-tras provisiones, ya que por sí sola aquélla bastabapara que cenara toda la familia. Mientras tanto, volvía dirigirme a la escena de la aventura para examinarel bajío. Luego intenté de nuevo recobrar mis dosbarriles, que por fin logré llevar hasta allí, donde losinstalé sólidamente.

Al regresar, felicité a Jack por haber sido el pri-mero en obtener un animal útil para nuestra subsis-tencia.

Entonces intervino Ernest:

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-Ah, pero yo también vi algo bueno para comer,y lo habría traído de no haber sido por el agua; ¡ten-dría que haberme mojado los pies!

-Oh, vaya una hazaña -exclamó Jack-; te diré loque vio ... unos feos mejillones.

-No es verdad, Jack, lo que vi fueron ostras.Los interrumpí dirigiéndome a Ernest.-Me alegro, caballerito. Ya que conoces tan bien

el sitio donde se puede hallar ese alimento, ten labondad de ir en su busca. En una situación como lanuestra, cada miembro de la familia debe esforzarseactivamente por el bien de todos, y además, no de-bemos tener una molestia tan nimia como la demojarse los pies.

-Haré cuanto pueda y de todo corazón -repusoErnest-; al mismo tiempo traeré sal marina, de lacual vi cantidades inmensas en los huecos de lasrocas. Probé un poco y era excelente.

Dicho esto, se alejó, y no tardó en volver, tra-yendo consigo algo que parecía sal marina, pero tanmezclada con tierra y arena que estuve por tirarla.Pero mi esposa me lo impidió; disolviéndola y fil-trándola a través de un trozo de tela, comprobamosque era admirablemente adecuada para el uso.

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Después de probar la sopa con un palito, mimujer anunció que estaba lista.

-Pero Fritz no volvió aún -comentó-. Y, porotro lado, ¿cómo nos arreglaremos para tomar lasopa sin cucharas ni platos?

Ernest hizo notar que si conseguíamos algunosde esos lindos cocos, podíamos, vaciarlos y utilizartrozos de sus cáscaras como cucharas.

-Por lo menos, podríamos emplear algunas con-chas de ostra -agregó.

-Me parece bien, Ernest -aprobé-. Ve, pues,pronto en busca de algunas.

Mi esposa comenzaba a inquietarse por la au-sencia de Fritz, cuando lo oímos llamar desde ciertadistancia. Poco después llegaba hasta nosotros, conambas manos a la espalda.

-¿Qué trajiste? -le preguntaron sus hermanos.-Nada en absoluto -fue su respuesta.Pero al mirarlo noté, pese a su simulado des-

contento, una sonrisa de orgullo triunfal. En elmismo instante Jack, que se había deslizado detrásde él, exclamó:

-¡Un lechón, un lechón!Entonces Fritz, orgulloso, exhibió su presa, que

reconocí inmediatamente por las descripciones leí-

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das en diferentes libros de viajes: era un agutí y noun lechón, como habían supuesto los muchachos.

Fritz contó que había pasado del otro lado delrío, y continuó:

-Ah, es un sitio muy diferente de este ... La orillaes baja, y no tienen idea de la cantidad de cosas queel mar deposita allí. ¿Y si vamos en busca de algu-nos de esos tesoros?

-Paciencia -contesté-; hay tiempo para todo.Dejemos algo para hacer mañana y también pasadomañana.

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CAPÍTULO 3VIAJE DE EXPLORACION

El canto de los gallos me despertó al despuntarel alba. Llamé a mi esposa para consultarla acerca delas tareas a emprender. Acordamos buscar rastrosde nuestros compañeros de viaje, examinando almismo tiempo las características del terreno del otrolado del río antes de establecer un lugar fijo dondehabitar.

Poco después despertamos a los niños. HastaErnest se sometió al duro destino de levantarse tantemprano.

-No podemos ir todos -expliqué-. En caso depeligro, vuestro hermano mayor y yo podremos de-fendernos mejor sin ustedes. De modo que los tresse quedarán con su madre en este sitio, que parece

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bien protegido, y Flora se quedará a cuidarlos,mientras nosotros nos llevamos a Turco.

Alrededor de una hora tardamos en completarlos preparativos para nuestra partida. Dejé cargadaslas armas y aconsejé a mi esposa que de día semantuviera lo más cerca posible de la balsa, que sisurgía algún peligro era el medio mejor y más segu-ro de escapar.

Recorrimos unas dos leguas antes de internar-nos en un bosque un poco más alejado del mar,donde nos sentamos a la sombra de un árbol, juntoa un arroyuelo, sacamos algunas provisiones y co-mimos.

Fritz me aseguró que había divisado entre losárboles algunos animales semejantes a monos, y loconfirmaron los inquietos movimientos de Turco,que comenzó a olfatear a su alrededor, ladrando contal vigor que hizo retumbar el bosque. Para asegu-rarse, Fritz exploró con cuidado los alrededores, yno tardó en tropezar con un objeto pequeño y re-dondo que yacía en el suelo. Me lo llevó comentan-do que debía ser el nido de algún ave.

-¿Por qué opinas eso? -objeté-. A mi modo dever, se parece mucho más a un coco... Rompamos lacascara y veras adentro la fruta-. Lamentablemente,

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la fruta se había secado, y se parecía mucho a untrozo de piel reseca, en modo alguno invitadora pa-ra el paladar.

Después de buscar un rato, tuvimos la buenasuerte de encontrar un coco solo. Abriéndolo, com-probamos que estaba bueno, de modo que nos sen-tamos a comerlo como almuerzo, lo cual nospermitió reservar las provisiones que llevábamos.Después de comer con satisfacción, proseguimosnuestro camino. No salimos del bosque, sino queseguimos adelante, viéndonos a veces obligados aabrirnos paso con el hacha por entre los matorralesy las plantas trepadoras. Por fin llegamos a un llanoque ofrecía un panorama más extenso y una sendamenos intrincada.

Luego entramos en una selva a la derecha, don-de no tardamos en observar que algunos árboleseran de un tipo especial. Fritz, que fue a examinarlosde cerca, exclamó:

-¡Oh, papá, qué árboles raros, les crecen lobani-llos en los troncos!

Pronto tuve la satisfacción de asegurarle queeran arboles de calabazas, en cuyos troncos crecefruta. Fritz, que jamás había oído hablar de tales

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árboles, me preguntó si el fruto era una esponja oun lobanillo.

-Procuraremos develar el misterio -contesté-. Sílogras bajar uno, lo examinaremos minuciosamente.

-Ya conseguí uno, y es exactamente igual a unacalabaza, aunque la cáscara es mas gruesa y dura -ex-clamó Fritz.

-En tal caso podrá ser utilizada, como la cáscarade esa fruta, para confeccionar diversos utensilios-comenté-; bandejas, platos, tazas, frascos. Lo lla-maremos calabacero.

Enseñé a mi hijo a dividir la calabaza con untrozo de cuerda, que la cortarla de modo más parejoque un cuchillo. Até la calabaza por la mitad con lasoga lo más tensa posible, golpeándola con fuerzacon el mango de mi cuchillo, y la apreté más hastaque la calabaza se partió, formando dos cuencos ovasijas de forma regular. Por mi parte, no tardé encompletar dos vasijas de tamaño conveniente, yotras más pequeñas que servirían como platos.

-Las dejaremos en la arena para que el sol lasseque bien hasta la hora de nuestro regreso, y noslas llevaremos; pero no debernos olvidar llenarlasde arena para que no encojan ni se deformen contanto calor.

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Durante nuestras tareas, no habíamos olvidadoel objeto principal de nuestra excursión: buscar anuestros compañeros de viaje por todos los mediosposibles. Pero ¡ay!, nuestros intentos fueron vanos.

Después de recorrer en total unas cuatro leguas,llegamos a un punto donde un tramo de tierra se in-ternaba en el mar, y allí observamos una elevaciónde terreno o colina, a la cual resolvimos subir, pen-sando que desde allí veríamos con claridad todas laspartes adyacentes.

Llegar a lo alto de la colina nos costó muchosesfuerzos y sudores, pero una vez allí contempla-mos un paisaje bello, solitario y salvaje, que abarca-ba una vasta extensión de tierra y agua. No obstante,fue en vano que utilizáramos nuestro telescopio entodas las direcciones, ya que no apareció rastro hu-mano alguno.

Descendimos y nos encaminamos hacia un pal-mar, aunque nos obstruían el paso cañas entrelaza-das con otras plantas. Avanzábamos lenta ycautelosamente, temerosos a cada paso de recibir lamortífera picadura de alguna serpiente que pudieraestar oculta entre ellas. Enviamos delante a Turco,para que nos previniera a tiempo de cualquier peli-gro. Además corté una caña de longitud y grosor

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poco comunes, para defenderme contra cualquierenemigo.

No sin sorpresa, advertí que de la punta cortadade la caña brotaba una savia gomosa. Instigado porla curiosidad, probé ese liquido, que resultó ser dul-ce, de modo que no me quedó duda alguna de queera caña de azúcar. Volví a llevarme la caña a loslabios y la chupé un rato, lo cual me reanimó so-bremanera. Fritz insistió en cortar por lo menos unadocena de las cañas más grandes, les arrancó lashojas, las unió y, poniéndoselas bajo el brazo, lasarrastró como pudo hasta el final del cañaveral. Sinaccidente, llegamos de vuelta al bosque de palmas,donde nos echamos a descansar a la sombra y ter-minamos nuestra comida.

Acabábamos de instalarnos cuando muchosmonos de gran tamaño, aterrados al vernos y oírladrar a Turco, treparon ágilmente a los árboles.Desde allí nos miraron fijamente, chirriando losdientes, haciendo horribles muecas y bombardeán-donos con hostiles chillidos. Convencido ya de quelos árboles eran palmeras cargadas de cocos, se meocurrió obtener algunos frutos lechosos por mediode los monos.

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Entonces me puse a lanzar piedras a los monos,lo cual los puso furiosos, pese a que mis proyectilesno llegaban a la mitad de la altura en que se habíanrefugiado. Con su habitual afán de imitación, arran-caron uno por uno todos los cocos que crecían enlas ramas cercanas a ellas, para arrojárnoslos, a talpunto que nos costó esquivar los golpes. Poco des-pués nos rodeaba gran cantidad de cocos.

Abrimos las cáscaras con un hacha, pero no sinantes chupar la leche a través de los tres agujeritos,donde nos resultó fácil introducir la punta de un cu-chillo. La leche de coco no es de sabor agradable,pero si excelente para saciar la sed. Lo que mas nosgustó fue una especie de crema sólida que se adhierea la cáscara y que raspamos con nuestras cucharas.Mezclándola con Un poco de savia de nuestras ca-ñas de azúcar obtuvimos un delicioso alimento.

Concluida nuestra merienda, nos preparamospara salir del palmar. Atando en un lazo todos loscocos con tallos, me los eché al hombro. Fritz vol-vió a cargar su atado de cañas de azúcar. Nos distri-buimos los demás objetos y emprendimos elregreso.

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CAPITULO 4REGRESO DEL VIAJE DE EXPLORACION

ALARMA NOCTURNA

Llegamos al sitio donde habíamos dejado en laarena nuestros utensilios de calabaza, los que halla-mos perfectamente secos, duros como huesos y na-da deformados. Pudimos, por consiguiente,guardarlos de manera conveniente en nuestras bol-sas de caza y seguir camino.

Acabábamos de atravesar el bosquecillo en elcual desayunáramos, cuando Turco se precipitó enpersecución de un tropel de monos, que se divertíany brincaban sin observar nuestra llegada. De talmodo fueron tomados por sorpresa, y antes de quepudiéramos llegar, nuestro feroz Turco se habíaapoderado ya de uno de ellos: una hembra que sos-tenía en los brazos a su hijo, al cual acariciaba casi

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hasta asfixiarlo, y que le impidió escapar. Fritz co-rrió como un relámpago para obligar a Turco a sol-tar su presa, pero en vano; llegó demasiado tardepara impedir que matara a la madre.

Entonces el monito saltó ágilmente a hombrosde Fritz, en cuyos tiesos rizos afirmó las patas.

-Padre, déjame quedarme con este animalito -ex-clamó él-. Le daré toda mi ración de leche de cocohasta que traigamos vacas y cabras. Y, quién sabe,quizá un día su instinto simiesco nos ayude a descu-brir algunos frutos comestibles.

Entonces reanudamos la marcha. El huerfanitosaltó al hombro de su protector, mientras yo, por miparte, aliviaba a mi hijo del atado de cañas. No tar-damos en llegar a la orilla del río y, sin darnoscuenta, cerca de nuestra familia. Desde el otro lado,Flora anunció nuestra llegada con violentos la-dridos.

Turco, que comenzaba a conocer el terreno, co-rrió al encuentro de su compañera, y poco despuésaparecía a la vista nuestra querida familia. En cuantolos niños se reunieron con su hermano, estallaronen exclamaciones de júbilo:

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-¡Un mono, un mono vivo! ¡Papá, mamá, unmono vivo! ¡Oh, qué delicia! ¿Cómo lo atraparon?¡Qué cara cómica tiene!

Jack recibió mi escopeta, Ernest los cocos,Francis las cáscaras de calabaza y mi esposa mi bol-sa de caza. Fritz distribuyó las cañas de azúcar.

Luego nos encaminamos a nuestra cocina, don-de observamos complacidos los preparativos parauna excelente comida. A un lado del fuego había unasador construido por mi esposa mediante el recur-so de hundir en tierra dos trozos de leña bifurcados,sobre los cuales colocó un palo largo y parejo, agu-zado en una punta. Esta invención le permitía asarpescados u otros alimentos con ayuda del pequeñoFrancis, a quien se confiaba la tarea de hacerla girarde vez en cuando.

Para nuestro regreso, había preparado un festíncon un ganso, cuya grasa goteaba en unas conchasde ostra allí colocadas para servir de grasera. Habíaademás una bandeja con pescados, obtenidos porlos pequeños, y el caldero de hierro, puesto sobre elfuego, contenía una sabrosa sopa, cuyo aroma au-mentaba nuestro apetito. A un costado velase unode los barriles rescatados por el mar, cuya tapa ha-bía retirado mi esposa, de modo que se presentaba

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ante nuestra vista un cargamento de los mejoresquesos holandeses, contenidos en latas redondas.

-Lo que tú llamas ganso -explicó mi mujer-, esun ave salvaje, cazada por Ernest, que le da unnombre raro y me asegura que es buena para comer.

-Sí, papá; creo que el ave que atrapé es una es-pecie de pingüino.

Nos sentamos en el suelo; mi esposa había ser-vido cada elemento de la comida en una de nuestrasbandejas nuevas. Impacientes, mis hijos ya habíanabierto los cocos, comprobando su delicioso sabor,tras lo cual se dedicaron a fabricar cucharas con losfragmentos de las cáscaras. El monito fue servido elprimero, y luego cada uno se entretuvo en hacerlechupar la punta de su pañuelo, mojada en la lechedel coco.

Los niños se preparaban a abrir con el hachaotros cocos, después de haberles sacado la leche porlos tres agujeritos, cuando les ordené que esperarany fueran a buscarme un serrucho. Se me había ocu-rrido que dividiendo cuidadosamente el coco coneste instrumento, las dos mitades, una vez raspadas,conservarían la forma de tazas o cuencos ya adapta-dos a nuestras manos. Jack me llevó el serrucho.Cumplí mi tarea lo mejor que pude, y poco después

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cada uno de nosotros estaba provisto de un platoconveniente para comer.

Cuando concluimos nuestra cena, el sol seocultaba de nuestra vista. Mi esposa había recogidouna cantidad mucho mayor de pasto seco, que dis-tribuyó dentro de la carpa, de modo que anticipá-bamos con alegría la perspectiva de tendernos sobreuna superficie algo parecida a un colchón, mientrasque la noche anterior nuestros cuerpos parecían to-car el suelo.

Nuestras aves de corral se Instalaron Igual quela noche precedente; pronunciamos nuestras ora-ciones y nos acostamos tranquilos dentro de la car-pa, llevándonos al monito, que se había convertidoen favorito de todos. Profundamente fatigado porlos esfuerzos del día, no tardé en sumirme en pro-fundo sueño.

Sin embargo, no hacía mucho que lo gozabacuando me despertaron las aves s, los violentos la-dridos de los perros. Me levanté al instante, seguidopor mi esposa, Fritz, y cada uno empuñando un ar-ma, salimos.

No llegamos a alejarnos muchos pasos de lacarpa cuando la luz de la luna ríos permitió ver unterrible combate. Por lo menos una docena de cha-

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cales había rodeado a nuestros valerosos perros,que se defendían con todo valor.

-Pronto tranquilizaremos a esos caballeros -de-claré-. Hagamos fuego al mismo tiempo, hijo mío,pero con cuidado al apuntar, para no matar los pe-rros.

Disparamos y dos de los intrusos cayeron ins-tantáneamente muertos sobre la arena, mientras losdemás huían.

Turco y Flora los persiguieron y dieron fin a loque nosotros habíamos iniciado, concluyendo la ba-talla con el festín que se hicieron con la carne de susenemigos caídos. Al ver que todo estaba tranquilo,mi esposa nos instó a que volviéramos a acostarnospara seguir durmiendo. Como nada más nos lo im-pedía, nos acostamos hasta que amaneció y los ga-llos, con sus agudos anuncios matinales, nosdespertaron a los dos.

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CAPITULO 5REGRESO A LOS RESTOS DEL

NAUFRAGIO

En ese instante me levanté, exclamando con ani-mación:

-Arriba, niños, es casi de día y tenemos proyec-tos importantes para hoy.

Debíamos comenzar por pensar en el desayuno,ya que el apetito de los pequeños se abre junto consus ojos. Ese día su madre no podía. ofrecerles parasu merienda matinal otra cosa que un poco de biz-cocho, tan duro y reseco que nos costó tragarlo.Fritz pidió un pedazo de queso para comer con él, yErnest investigó en el segundo barril rescatado delmar, para comprobar si también contenía quesoholandés. Un minuto más tarde regresaba junto, a

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nosotros, con los ojos chispeantes de alegría y di-ciendo:

-Padre, ¿no te parece que un poco de mantecaen nuestro bizcocho lo mejoraría?

En un instante los niños rodearon el barril,mientras yo procuraba idear la mejor manera de al-canzar su contenido. Por fin se me ocurrió practicaren el fondo del barril un agujero cuyo tamaño per-mitiera sacar una pequeña cantidad de manteca porvez, y me puse a confeccionar para tal fin una palitade madera. Logré todo esto sin dificultad, y nossentamos a comer poniendo en el suelo algunosbizcochos, y una cáscara de, coco llena de mantecasalada, a cuyo alrededor nos reunimos todos.

-Y ahora, manos a la obra... Fritz, date prisa yprepárate, que hoy emprenderemos nuestro viajehasta el navío para sacar de él lo que sea posible.Tus hermanos menores se quedarán aquí bajo laprotección de mamá.

Mientras Fritz preparaba la balsa, yo busqué unposte, le até una tela blanca en la punta y lo hundíen el suelo, en un sitio que permitiera divisarlo des-de el barco. Luego acordé con mi esposa que, encaso de algún accidente que exigiera mi presencia

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inmediata, retiraran el poste y dispararan tres vecesun arma en señal de alarma; yo volverla enseguida.

Embarcamos en silencio, echando ansiosas mi-radas a los objetos amados de los que nos separá-bamos. Fritz remaba sin cejar, mientras yo hacia loposible por secundar sus esfuerzos por medio delremo que utilizaba como timón. Nos habíamos ale-jado a cierta distancia cuando advertí una corrienteque era visible desde lejos. Poco después llegába-mos sanos y salvos a la grieta del navío, en una decuyas vigas ajustamos sólidamente nuestra embarca-ción.

Fritz se dirigió a la cubierta principal, donde hreunidos a todos los animales que dejáramos a bor-do. Yo lo seguí, complacido al observar con quégenerosa impaciencia aliviaba las necesidades de laspobres bestias que nos saludaban con los sonidosnaturales de sus especies. No era tanto la falta decomida como el deseo de ver a sus habitualesacompañantes humanos lo que les hacia manifestarasí su alegría, ya que aun les quedaba una parte de lacomida y el agua que les habíamos dejado. Luegoexaminamos la comida y agua de los demás anima-les, retirando lo que estaba medio estropeado yagregando una nueva provisión.

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Mientras, sentados, apaciguábamos los reclamosdel hambre, Fritz y yo nos consultamos en cuanto acuál sería nuestra primera ocupación. Sorprendido,le oí aconsejar que confeccionáramos una pequeñavela para nuestra balsa.

-En nombre del cielo, ¿por qué se te ocurre esoen momento tan crítico, cuando debemos resolvermuchas cosas imprescindibles? -exclamé.

-Es verdad, papá, pero me resultó difícil remardurante tanto tiempo -explicó mi hijo---. Ahora co-mo al regresar no nos ayudará la corriente, penséque podríamos sustituirla con el viento. Una vezcargada, nuestra balsa quedará muy pesada.

Le ayudé a transportar un poste bien fuerte co-mo mástil, y, otro, no tan grueso, como verga. Leindiqué luego que, con un cortafrío, hiciera en unatabla un agujero que permitiera enderezar en él almástil. Hecho esto, fui al depósito de lonas, dondecorté en forma triangular una vela grande, le hiceagujeros a lo largo del borde y pasé sogas por ellos,Luego buscamos una polea, y con ésta y algunassogas, logramos una vela.

Después de observar por un telescopio lo quepasaba en tierra, Fritz anunció la buena nueva deque nuestra familia seguía bien. Poco después me

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llevó un pequeño estandarte, cortado de un trozo detela, insistiendo en que lo atara al extremo del más-til. Bautizó a nuestra embarcación con el nombre de"El Rescate".

Mientras tanto avanzaba el día, y vi que ten-dríamos que pasar la noche en nuestras tinas sinhaber progresado mucho en nuestra tarea de vaciarla nave. Habíamos prometido a nuestra familia izaruna bandera como señal si pasábamos la noche sinregresar, y comprendimos que el estandarte era pre-cisamente lo adecuado para tal fin.

En el camarote del capitán hallamos algunas va-jillas de plata y un cofrecito que contenía muchasbotellas de excelente vino. Cargamos en nuestraembarcación unas y otro. Luego bajamos a la coci-na, donde recogimos parrillas, ollas, vasijas de todaclase, un pequeño asador, etcétera. Nuestro últimohallazgo fue un cajón de manjares, entre ellos jamo-nes, salchichas y otros alimentos sabrosos. Yo toméprecauciones para no olvidar algunas bolsas de ma-íz, trigo y otros cereales, así como algunas papas.Agregamos además los útiles de labranza que pudi-mos encontrar: palas azadones, zapas, rastrillos, et-cétera.

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Fritz me convenció de que agregáramos a nues-tro cargamento algunas hamacas y cierta cantidad demantas; y como hasta ese momento las armas eranla fuente de su placer, agregó las que pudo hallar,especialmente costosas o de estructura peculiarjunto con algunos sables y navajas. Los últimos ob-jetos que nos llevamos fueron un barril de azufre,algunas sogas, un poco de cuerda y un rollo grandede lona. Nos pareció que, en el estado en que se ha-llaba el navío, la menor tempestad lo haría pedazos.Por consiguente, no estábamos seguros de podervolver a visitarlo más.

Reservamos la primera y última tina para sen-tarnos en ella y remar. La embarcación se hundíatanto en el agua que, de no haberse hallado en calmael mar, nos habría obligado a desprendernos de unaparte de la carga. De todos modos, tuvimos la pre-caución de ponernos nuestros chalecos salvavidas,por temor de que ocurriera algún contratiempo.

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CAPITULO 6UN TROPEL DE ANIMALES EN

CHALECOS DE CORCHO

Temprano a la mañana siguiente subí al navío,con la esperanza de divisar por el largavista a nues-tros amados compañeros. Fritz preparó el desayunocon bizcocho y jamón, pero antes de bajar, recor-damos haber visto en el camarote del capitán untelescopio mucho más grande y poderoso, que nosapresuramos a llevar a cubierta. Mientras esto ha-cíamos, amanecía. Acercando el ojo al lente, descu-brí a mi esposa que salía de la tienda y miraba conatención hacia la nave.

Esto me quitó un peso del corazón.-Ahora que he visto a tu madre, me preocupan

los animales de a bordo -dije a Fritz-; procuremos

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salvar las vidas de algunos, por lo menos, lleván-dolos con nosotros.

-Atemos al cuerpo de cada animal un chalecosalvavidas, y echémoslos a todos al agua. Verás quenadan como peces, y podremos conducirlos de esamanera.

-Tienes razón, hijo; tu idea es admirable. Por lotanto, no perdamos un momento, en hacer el expe-rimento.

Apresurándonos a poner manos a la obra, colo-camos a un cordero un salvavidas y lo arrojamos alagua. Lleno de ansiosa curiosidad, seguí con la mi-rada al pobre animal. Al principio se hundió, perono tardo en reaparecer, sacudiéndose el agua de lacabeza, y pocos segundos más tarde había aprendi-do a la perfección el arte de nadar.

Luego sacamos cuatro pipas pequeñas con agua.Las vacié y volví a cerrarlas cuidadosamente;

hecho esto, las uní con un pedazo grande de lona,clavando una punta a cada tonel. Reforcé esto conotro pedazo de lona, y destiné este artefacto a sos-tener la vaca y el asno, dos toneles para cada uno,instalando al animal en el medio, con un tonel decada lado. Para afirmar todo esto, agregué una co-rrea de cuero, que desde los toneles se extendía so-

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bre el pecho y ancas del animal. Así, en menos deuna hora, mi vaca y mi asno quedaron equipadospara nadar.

Le tocó luego el turno a los animales pequeños;de estos fue la cerda, la que más trabajo nos dio. Pri-mero tuvimos que colocarle un bozal para impedirlemorder; luego atamos bajo su cuerpo un pedazogrande de corcho. Las ovejas y cabras fueron másdóciles, de modo que no tardamos en tenerlas listaspara nuestra aventura. Ya habíamos logrado reuniren cubierta a nuestro pequeño grupo, listo para elviaje. Atamos una soga a los cuernos o el pescuezode cada animal, y a la otra punta de aquélla un trozode madera similar a la utilizada para marcar redes,de modo que nos resultara fácil asir las cuerdas y asíatraernos al animal, si era necesario.

Llegó luego el turno a la vaca, y como ésta erainfinitamente más valiosa que el asno, mis temoresaumentaron en debida proporción. Tan valerosa-mente había nadado el asno, que se hallaba va aconsiderable distancia de la nave, de modo quequedó lugar suficiente para nuestro experimentocon la vaca. Nos costó más empujarla por la borda,pero llegó al agua tan a salvo como antes el asno; nose hundió tanto en ella y los barriles vacíos la soste-

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nían con igual perfección; inició su trayecto con unaespecie de digna compostura.

Igual método aplicamos con toda nuestra tropa,a cuyos integrantes arrojamos uno por uno al agua,donde poco a poco aparecieron en un grupo, flotan-do con soltura y aparentemente satisfechos.

Por último nos pusimos nuestros chalecos sal-vavidas de corcho, y luego descendimos sin contra-tiempo por la hendidura, nos instalamos en laembarcación y pronto nos hallamos en medio denuestra tropa de cuadrúpedos. Recogiendo con cui-dado todos los trozos flotantes de madera, los su-jetamos a la popa de la balsa para remolcarlos. Unavez todo listo y nuestra compañía en orden, izamosla vela, que no tardó en llenarse con un viento favo-rable que nos condujo a tierra sanos y salvos.

Aunque me sorprendió no encontrar ningúnmiembro de mi familia buscándonos en la costa, nopodíamos emprender su búsqueda hasta haber de-sembarazado a nuestros animales de sus aparatosnatatorios. Apenas habíamos iniciado esta tarea,cuando me aliviaron los alegres sonidos que llega-ban a nuestros oídos. Los proferían mi esposa y mishijos menores, quienes no tardaron en llegar a

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nuestro lado, todos en excelente salud y ansiosospor recibirnos.

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CAPITULO 7CONSTRUCCION DE UN PUENTE

-Planeemos bien nuestras actividades antes departir de aquí. Primero debemos construir entre lasrocas un depósito para nuestras provisiones y otrosobjetos, donde podamos refugiarnos y defendernosen caso de invasión al bosque. Hecho esto, debe-mos luego construir un puente sobre el río, parapoder pasarlo con nuestra familia y equipajes.

-Que sea un puente, pues -aceptó mi esposa-, yespero que dejes aquí nuestra provisión de pólvora,ya que nunca estoy tranquila teniéndola tan cerca;una tormenta eléctrica o alguna acción irreflexiva deuno de los niños podría exponernos a graves peli-gros.

-Tienes razón, querida, y prestaré suma atencióna lo que sugieres. Conservaremos a mano sólo una

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pequeña cantidad para uso diario, y yo prepararépara el resto un lugar entre las rocas, donde esté asalvo del fuego o la humedad.

De tal modo decidimos la importante cuestiónde trasladarnos a una nueva morada, después de locual establecimos un plan de trabajo para el día, an-tes de llamar a nuestros hijos. Fácil resulta imaginarel deleite con que recibieron nuestro proyecto, queles ofrecía la novedad de mudarnos al bosque, paravivir bajo los gigantescos árboles. Llenos de alegría,propusieron que se bautizara al sitio "Tierra Pro-metida".

Entonces nos dedicamos a buscar nuestro desa-yuno, Fritz sin descuidar a su mono.

Mientras tanto yo preparaba la embarcación pa-ra un nuevo viaje hasta el navío, de donde traeríauna cantidad suficiente de tablas y leños para elpuente. Después del desayuno, partimos, y yo llevéconmigo no sólo a Fritz, sino a Ernest, para podercumplir nuestro objetivo en menos tiempo. Rema-mos con vigor hasta llegar a la corriente, que prontonos arrastró fuera de la bahía, pero apenas si ha-bíamos pasado cerca de un pequeño islote que seextendía a un costado, cuando advertimos unaenorme cantidad de gaviotas y otras aves. Curioso

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por descubrir el motivo de semejante reunión, con-duje la balsa hacia ese sitio, pero al comprobar queavanzaba con lentitud, icé la vela.

Nuestra expedición deleitaba sobremanera a Er-nest. Le extasiaba ver cómo se henchía la vela, y elmovimiento del estandarte en el aire. Por su parte,Fritz no apartó ni por un momento la mirada del is-lote ocupado por las aves. Poco después exclamó:

-Ya veo qué es... todas las aves picotean un pezmonstruoso que yace muerto en el suelo.

Me acerqué lo suficiente como para poner pieen tierra, y una vez que anclé la balsa con una pesa-da piedra, nos acercamos cautelosamente a las aves.No tardamos en comprobar que el objeto que lasatraía era, en efecto, un pez enorme, arrojado allípor el mar.

Ernest retiró de su arma la baqueta de hierro, ygolpeando con ella a derecha e izquierda entre lasaves, no tardó en dispersarlas. Yo observé en elsuelo algunas tablas y leños recientemente arrojadospor el mar sobre aquella islita. Midiendo las másgrandes, advertimos que corresponderían a nuestropropósito, y con ayuda de la alzaprima y una palan-ca que llevábamos, logramos cargarla en la embar-cación.

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Con gran esfuerzo, conseguimos atar juntos losleños, con tablas encima, a manera de almadía, y losunimos a la punta de la embarcación, de modo quecuatro horas después de nuestra partida estábamosya listos para emprender el regreso. Volví a remarhacia la corriente, que no tardó en conducirnos amar abierto. Luego viré en redondo y reanudé laruta directa hacia la bahía.

De nuevo llegamos sanos y salvos a la costa,donde mi esposa apareció entre sus dos pequeños,de vuelta del río. Cada uno llevaba en la mano unpañuelo, que parcela contener alguna nueva adquisi-ción. El pequeño Francis llevaba sobre el hombrouna red de pesca en forma de bolsa y colgada de unpalo.

En cuanto oyeron nuestras voces, corrieron arecibirnos, sorprendidos de vernos regresar tanpronto.

Jack fue el primero en llegar junto a nosotros, ysu primer acto fue abrir el pañuelo que llevaba con-sigo, y arrojar a nuestros pies una gran cantidad delangostas marinas; su madre y el pequeño Francistraían una cantidad igual, formando en conjunto unprodigioso montón, y todas vivas. Así teníamos

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aseguradas excelentes comidas, por lo menos paraalgunos días.

Una vez que hubimos relatado nuestro viaje, miesposa se dedicó a preparar una de esas langostas.

Mientras tanto, Fritz y yo desarmábamos la bal-sa de leños y tablas, que retiramos de la embarca-ción. Hecho esto, imité a los lapones cuandoenjaezan a sus renos para que tiren de sus trineos.En vez de tirantes, cabestros, etcétera, rodeé el pes-cuezo del asno con un pedazo de soga, haciéndoleen una punta un nudo corredizo y pasándole la otrapor entre las patas, a las cuales até el trozo de made-ra que deseaba retirar. Enjaecé a la vaca de igualmanera, y esto nos permitió trasladar nuestros mate-riales, trozo por trozo, al sitio que el arquitecto Jackhabía elegido en el río como más adecuado paranuestro puente. A decir verdad, su criterio me pare-ció excelente, pues en ese lugar, la ribera de cadalado era empinada y de igual altura. Hasta había, denuestro lado, un viejo tronco un me pareció de ár-bol que, según me pareció ser utilizado.

-Y bien, muchachos -comencé-; hay que empe-zar por ver si nuestros leños son lo bastante largosllegar al otro lado; a primera vista, creo como paraque lo son, pero si tuviéramos un plano de agrimen-

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sor podríamos comprobarlo, en vez de trabajar alazar.

-Pero mi madre tiene algunos ovillos de bra-mante, con los cuales midió la altura del árbol gi-gante -interrumpió Ernest---, y sería lo más fácil ataruna piedra a la punta de uno de ellos y arrojarla delotro lado del río; entonces podríamos acercarla alborde mismo y así obtener la longitud exacta reque-rida para nuestros leños.

-Excelente idea -exclamé-; corre pronto y tráemeel ovillo.

Regresó sin perder tiempo. Atando la piedra, laarrojamos al otro lado como planeáramos, para lue-go acercarla suavemente a la orilla del río, marcandoel sitio donde se apoyaría el puente. Después medi-mos la cuerda y comprobamos que la distancia deun lado a otro del río era de seis metros.

Nos dirigimos todos a casa, y al entrar en la co-cina, descubrimos que nuestra buena despenseranos había preparado una gran bandeja de langostas.Pero antes de saborearlas, insistió en que viéramosalgo que había confeccionado, y nos mostró dosbolsas destinadas al asno, y que había cosido conbramante.

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Después de consultarnos en cuanto al modo detender nuestros leños sobre el río, lo primero quehice fue atar uno de ellos al tronco del árbol yamencionado, por medio de una soga resistente y lobastante larga como para rodar libremente el tronco.Hecho esto, até una segunda soga a la otra punta delleño y, atándole una piedra en el extremo, la arrojé ala orilla opuesta. Luego pasé al río como antes, pro-visto de una roldana, que sujeté a un árbol; pasé porella mi segunda soga y, cruzando de nuevo el ríocon ésta en la mano, logré uncir el asno y la vaca a lapunta de la soga.

Después alejé de la orilla del río a los animales,que se resistieron al principio, pero los obligué atirones.

Primero apoyé con firmeza una punta de la vigaal tronco del árbol, y entonces ellos tiraron de laotra punta, de modo de avanzar gradualmente haciael río. Poco después la vi tocar el lado opuesto,donde por fin quedó fija y firme por su propio peso.

Así tendido al primer leño, la dificultad quedabaconsiderablemente reducida; a éste le fueron añadi-dos un segundo y un tercero. Situados en ladosopuestos del río, Fritz y yo los colocamos a la dis-tancia necesaria unos de otros y para formar un

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puente ancho sólido. Quedaba ahora por cruzarlesencima algunas tablas cortas, bien cercanas entre si,y lo hicimos con tal celeridad que nuestra construc-ción quedó concluida mucho antes de lo que habríaimaginado posible.

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CAPÍTULO 8CAMBIO DE MORADA

La mañana siguiente reuní a mi familia para des-pedirnos solemnemente de nuestro primer refugiodespués del espantoso desastre del naufragio. Con-fieso que no iba a dejarlo sin pena, va que nos pro-porcionaba más seguridad de la que probablementevolveríamos a encontrar en otro sitio.

Di instrucciones a mis hijos para que reunierantodo nuestro rebaño de animales, dejándome el as-no y la vaca para poder cargarlas con las bolsas co-mo ya se había acordado. Practiqué un tajo a lolargo, en medio de cada uno, y até a cada lado deaquéllos varios trozos largos de soga que, entrecru-zados, vueltos a unir y sujetos, servían para sostenerlas bolsas sobre el lomo del animal.

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Luego comenzamos a reunir todos los objetosque más falta nos harían durante los dos o tres pri-meros días en nuestra nueva morada. Por fin agre-gué nuestras cuatro hamacas para completar lacarga, y nos disponíamos a emprender la marchacuando mi esposa me detuvo, diciendo:

-No debemos abandonar nuestras aves, puestemo que se conviertan en presa de los chacales.Tenemos que arreglarles lugar entre el equipaje, ytambién para nuestro pequeño Francis, que no pue-de caminar tan lejos. También está mi bolsa mágica,que recomiendo a tu especial cuidado -continuó,sonriente-, ya que, ¿quién sabe qué puede salir toda-vía de ella para tu placer?

Entonces coloqué al niño a lomos del asno, ase-gurando la bolsa mágica de modo que lo sostuviera,los até con tanta soga que el animal podría hastahaber galopado sin peligro de que su jinete cayera.

Luego até a las aves por las patas« y alas y lascoloqué dentro de una cesta cubierta con una red,que instalé triunfante encima de nuestro equipaje.

Empacamos y colocamos en la carpa todo loque íbamos a dejar, y sujetamos las puntas de la lonade la entrada clavándolas con estacas en el suelo.

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Por fin, nos pusimos en movimiento: cada unode nosotros, grande o, pequeño, llevaba un arma alhombro y un morral a la espalda. Del otro lado delrío experimentamos un inconveniente del todoinesperado.

El tentador aspecto de la hierba, que allí crecíaen profusión, atrajo a nuestros animales, que se ale-jaron de nosotros para comerla, de modo que, a noser por los perros, no habríamos podido llevarlosde vuelta ala ruta que llevábamos. De todos modos,temiendo un hecho similar, dirigí nuestra marchahacia la derecha, a lo largo de la orilla, donde la ve-getación no sería tan atrayente para ellos. Pero ape-nas si habíamos avanzado unos pasos por la arena,cuando nuestros dos perros, que se habían quedadoatrás entre las hierbas, lanzaron una especie de au-llido, como si se hubieran enfrentado con; algúnanimal formidable. En un instante, Fritz se echó laescopeta a la cara, listo para hacer fuego; Ernest,siempre un poco tímido, se refugió junto a su ma-dre; Jack corrió valerosamente en pos de Fritz conel arma al hombro, mientras que yo, temeroso deque los perros fueran atacados por alguna bestiasalvaje y peligrosa, me preparaba para avanzar en suauxilio.

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Pero la juventud siempre rebosa de ardor, y pe-se a mis exhortaciones de que actuaran con cautela,los niños llegaron en tres saltos al sitio de dondeprovenía el ruido. En un instante, Jack volvía a miencuentro, palmoteando y gritando:

-Apúrate, papá, apúrate: aquí hay un puercoes-pín monstruoso.

No tardé en llegar al sitio, donde comprobé querealmente era tal como decían. Con las narices en-sangrentadas, los perros corrían alrededor del puer-coespín de un lado a otro; cuando se le acercabandemasiado, aquél emitía un sonido aterrador, arro-jándoles sus púas con tal violencia, que muchas ha-bían penetrado en la piel de los animales, dondequedaban clavadas.

Sacando una de las pistolas que llevaba al cinto,Jack apuntó a la cabeza del puercoespín con talexactitud, que éste cayo muerto en cuanto aquél dis-paró, y antes de que advirtiéramos sus propósitos.

Entonces nos reunimos todos alrededor del ex-traordinario animal, al cual la naturaleza había pro-visto de una fuerte defensa al armar todo su cuerpocon largas lanzas.

Mientras los niños conversaban, mi esposa y yonos apresuramos a socorrer a los perros, quitándo-

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les las púas y examinando sus heridas. Fritz se ade-lantó con su escopeta, en la esperanza de encontrar-se con algún animal de presa. Lo que más deseabaera hallar una o dos avutardas grandes que su madrele había descripto. Nosotros lo seguirnos sin prisa,hasta que por fin, sin más accidentes ni aventuras,llegamos al lugar de los árboles gigantes.

-¡Cielo santo, qué árboles! ¡Qué altos! ¡Quégrandes! ¡Nunca oí hablar de algo tan prodigioso!-exclamaron todos.

-Nada más racional que vuestra admiración-contesté yo-. Mi querida esposa, te correspondetodo el honor de haber descubierto tan acogedoramorada. Ahora debemos preparar una carpa lo bas-tante grande para contenernos a todos en uno deestos árboles, lo cual nos pondrá a salvo de las bes-tias salvajes.

Comenzamos entonces a librar a nuestros ani-males de sus cargas, después de haber arrojado so-bre el césped la nuestra. Después adoptamos laprecaución de unirles las patas delanteras con unasoga, para impedir que se alejaran o extraviaran.Devolvimos la libertad a las aves y luego, sentándo-nos en el pasto, celebramos una reunión de familiasobre el tema de nuestra futura instalación. Por mi

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parte, me inquietaba un poco la cuestión de nuestraseguridad durante la noche siguiente, pues ignorabala índole del vasto territorio que nos rodeaba y quéposibilidad existía de que nos atacaran diferentesclases de animales salvajes.

Por consiguiente, comuniqué a mi esposa queprocuraría que todos durmiéramos en el árbol aque-lla misma noche.

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CAPITULO 9CONSTRUIMOS UNA ESCALERA

Concluida nuestra comida, dije a mi esposa quenos veríamos obligados a pasar la noche en tierra.Le pedí que comenzara a preparar los arneses paralos animales, de modo de poder llevarlos a la costaen busca de algunos trozos de madera u otros ob-jetos que pudieran sernos útiles. Mientras tanto, medediqué a colgar nuestras hamacas del arco de algu-nas raíces de árboles.

Luego me dirigí a la costa con mis dos hijos ma-yores, a fin de elegir los trozos de madera más ade-cuados para los peldaños de mi escalera. Ernest tu-vo la suerte de hallar algunas cañas de bambú enuna especie de pantano. Las arranqué con su ayuda,les limpié completamente el barro; quitándoles las

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hojas, comprobé que eran precisamente lo que yodeseaba.

Entonces las corté con el hacha en trozos de unmetro veinte o un metro cincuenta de largo; los ni-ños las ataron en haces y nos dispusimos a regresarcon ellas al sitio de nuestra morada. Luego separéalgunos tallos de los más rectos y delgados paraconfeccionar flechas. A cierta distancia del lugar enque me hallaba, advertí una especie de matorraldonde esperaba encontrar algunas ramas nuevas yflexibles; hacia allí nos dirigimos, pero con las armaslistas, temerosos de que fuera la guarida de algúnreptil o animal peligroso. Flora, que nos acompaña-ba, iba adelante.

Apenas llegábamos al matorral cuando la perradio varios saltos y se arrojó furiosa en medio de lasmatas. De ellas surgió una bandada de grandes fla-mencos, que con estrépito de alas se remontó en elaire. Cuando Fritz hizo fuego, dos de esas aves ca-yeron entre la maleza. Una estaba muerta; la otra,apenas levemente herida en un ala, al no poder vo-lar, corrió hacia el agua con tal rapidez que temimosque se nos escapara. Lleno de júbilo, Fritz se inter-nó en el agua hasta las rodillas para recoger al fla-menco muerto, y le costó mucho volver a salir. Por

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mi parte, actué con más cautela para perseguir al aveherida. Acudiendo en mi ayuda, Flora se adelantó,atrapó al flamenco y lo sujetó hasta que llegué allí ylo puse bajo mi protección. Todo esto fue logradocon bastante dificultad, pues el ave se resistió vigo-rosamente, aleteando con violencia un buen rato.Sin embargo, conseguí por fin, dominarla.

Fritz, que no tardó mucho en zafarse del panta-no, apareció entonces llevando por las patas al fla-menco muerto, pero a mí me costó más llevar elmío, ya que mucho ansiaba conservarlo vivo. Pese aque le até las patas y alas con el pañuelo, siguió agi-tándose de manera inquietante, procurando escapar.Sosteniéndolo bajo el brazo izquierdo, y a mi esco-peta con la mano derecha, salté lo mejor que pudehacia mis hijos, aunque a constante riesgo de hun-dirme en el lodo, que era muy profundo.

Grande fue la alegría de los muchachos cuandovieron que mi flamenco estaba vivo.

Entonces pensamos en regresar. Ernest tomó asu cargo las cañas; Fritz llevó consigo al flamencomuerto, y yo volví a tomar a mi cuidado el que esta-ba vivo.

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Por fin llegamos de vuelta junto a nuestros ár-boles gigantes, donde todos quedaron encantados alver nuestras nuevas presas.

Examinando la herida del flamenco, comprobéque la bala le había lastimado solamente un ala, perola otra lo estaba también levemente, como resultadode haberla apretado el perro. Apliqué en ambas un-güento que pareció aliviar inmediatamente el dolor.Luego até el ave por una pata y mediante una largacuerda a una estaca que clavé en tierra, bien cercadel río, de modo que pudiera bañarse cuando qui-siera.

Hecho esto, ordené a Fritz y Ernest que midie-ran nuestra provisión de soga gruesa, de la cual ne-cesitaba no menos de veinticinco metros paraambos lados de la escalera. A los dos menores losempleé en recoger todo el bramante utilizado paramedir y llevárselo a su madre.

Por mi parte, me senté en el pasto para fabricaralgunas flechas con un trozo de bambú y las puntascortas y aguzadas de las cañas que tanto me habíaempeñado en obtener. Como las flechas eran hue-cas, las llené con la arena húmeda para darles algode peso, y por último les coloqué en la punta untrozo de pluma del flamenco, de modo que volarán

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derechas. Apenas había concluido mi labor cuandolos niños me rodearon brincando.

-¡Un arco, un arco, y flechas de verdad! -ex-clamaron, dirigiéndose unos a otros, y luego corrie-ron a mi lado-. Dinos, papi, ¿qué harás con ellos?

-Paciencia, hijos míos. Querida, ¿tienes hilofuerte? Necesito un poco inmediatamente -agreguédirigiéndome a mi esposa.

-Veremos qué puede hacer por ti mi bolsa má-gica, que hasta ahora, nunca ha negado su ayuda -re-puso ella, abriéndola-. A ver, bolsa linda, dame loque pido; mi esposo necesita hilo que debe ser bienfuerte ... Fíjate, ¿no te prometí que tus deseos secumplirían? Aquí tienes un gran ovillo de hilo talcual lo necesitas.

En ese preciso momento Fritz, que acababa demedir el bramante, se reunió con nosotros, trayén-dome la buena nueva de que nuestra provisión bas-taba y sobraba para la escalera que yo quería cons-truir. Entonces até la punta del ovillo de hilo fuertea una flecha, y acercándola al arco, la arrojé en taldirección que pasó por sobre una de las más gran-des ramas del árbol y cayó de nuevo al suelo. Me-diante este método dejé bien firme el bramante, sinperder abajo el dominio de la punta y el ovillo. Fácil

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me resultó entonces atar un pedazo de soga a lapunta del hilo, y estirarla hasta que el nudo llegó a lamisma rama.

Lo primero que hice fue cortar un trozo de sogade unos treinta y cinco metros y dos centímetros degrosor que dividí en dos partes iguales, las cualestendí en el suelo en dos líneas paralelas a una dis-tancia de treinta y cinco centímetros una de otra.Luego indiqué a Fritz que cortara pedazos de cañade azúcar de unos setenta centímetros de largo cadauna. Mientras Ernest me las alcanzaba una a una, yolas introducía entre mis sogas a una distancia deveinticinco centímetros respectivamente, asegurán-dolas con nudos, mientras que Jack, siguiendo misórdenes, clavaba un largo clavo en ambos extremosde cada una, para impedir que se soltaran.

De tal modo, no tardé mucho en construir unabuena escalera. Entonces la até con fuertes nudos auna punta de la soga que colgaba del árbol, y la icépor medio de la otra hasta que la escalera llegó a larama.

Todos los niños querían ser el primero en subirpor ella, pero yo decidí que fuera Jack, ya que era elmás ágil y liviano de ellos.

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Entonces intervino Fritz asegurándome que eracapaz de ascender con tanta seguridad como suhermano. Sujetando la punta de la escalera al suelocon estacas bifurcadas, yo le expliqué cómo pisar demodo de distribuir su peso, ocupando al mismotiempo cuatro peldaños de la escalera con sus ma-nos y pies. No tardamos mucho en, verlo apareceren lo alto junto a Jack, saludándonos ambos congritos de entusiasmo. Fritz se dedicó a afirmar laescalera, pasando la soga una y otra vez alrededorde la rama, y lo hizo con tal habilidad e ingenio, queresolví subir yo también, para finalizar la tarea porél iniciada.

Pero antes até a la punta de la soga una roldanagrande, que me llevé. Una vez arriba, sujeté la rolda-na a una rama a mi alcance, lo cual me permitiría aldía siguiente izar las tablas y leños que me haríanfalta para construir mi castillo aéreo. Ejecuté todoesto a la luz de la luna, con la satisfacción de haberllevado a buen término la tarea del día. Luego bajécon cuidado por mi escalera y me reuní con mi es-posa e hijos.

Aquélla me mostró entonces la tarea que habíacumplido en el día: unos tirantes y unos arreos parala vaca y el asno. Como recompensa por su empeño

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y esfuerzos, le prometí que al día siguiente nos ha-llaríamos todos instalados en el árbol. Luego nosreunimos a cenar.

Y después, los bostezos de uno y el desperezar-se de otro nos indicaron que era tiempo para quenuestros jóvenes trabajadores se fueran a descansar.

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CAPITULO 10NOS INSTALAMOS EN EL ARBOL

GIGANTE

La mañana siguiente nos desayunamos e inicia-mos la tarea. Una vez concluida su diaria ocupaciónde ordeñar la vaca y preparar el desayuno, mi espo-sa partió a la costa acompañada de Ernest, Jack yFrancis y llevando al asno. No dudaban de que ha-llarían algunos trozos más de leña que repusierannuestra exhausta provisión.

En su ausencia, yo subí al árbol con Fritz y efec-tué los preparativos necesarios para mi intento, parael cual lo hallé conveniente en todos los aspectos,pues las ramas crecían cercanas entre sí y en direc-ción exactamente horizontal. Con el serrucho o elhacha, corté las que podían estorbar mis propósitos.Dejé como soporte para el piso aquellas que se ex-

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tendían de manera pareja sobre el tronco y en uncircuito más vasto. Por encima de éstas, a una alturade dieciséis metros, hallé otras de las cuales podría-mos colgar nuestras hamacas, y más arriba aún, otraserie de ramas, destinadas a sostener el techo de micarpa, que por el momento no sería sino una ampliasuperficie de lona.

Todos estos preparativos fueron sumamentelentos. Fue necesario subir hasta aquella altura algu-nas vigas demasiado pesadas para que mi esposa ysus pequeños ayudantes pudieran levantarlas delsuelo. Sin embargo, contaba con mi roldana, demodo que Fritz y yo nos arreglamos para izarlashasta la elevación de la carpa, una por una. Cuandoya tenía dos vigas colocadas sobre las ramas, meapresuré a fijar sobre ellas mis tablas, construyendoel piso doble, de modo que tuviera solidez suficientesi las vigas se movieran de su sitio. Luego construíalrededor, como precaución, una pared de estacasde madera, semejante a la cerca de un parque.

Esta operación, y un tercer viaje a la costa enbusca de la madera necesaria, llenaron nuestra ma-ñana de manera tan completa que ninguno de no-sotros pensó en la comida. Por esta vez noscontentamos con un poco de jamón y algo de leche

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antes de terminar nuestro palacio aéreo. Desengan-chamos nuestras hamacas de las raíces que sobre-saltan y, por medio de nuestra roldana, logramosizarla a lo alto del árbol.

El techo de lona era sostenido por las ramasgruesas de arriba, y como era muy grande y colgabapor todos lados, se me ocurrió clavarlos en los cos-tados a la empalizada, obteniendo de ese modo nosólo un techo, sino también dos paredes, mientrasque el inmenso tronco del árbol formaba un tercercostado y en el cuarto se hallaba la entrada de nues-tra vivienda. En éste dejé una gran abertura, comomedio de ver lo que pasaba afuera y para dejar en-trar una corriente de aire que nos refrescara enaquella ardiente temperatura.

Corno observé que nos quedaban todavía algu-nas tablas, nos dedicamos a construir una gran mesaque rodearíamos con bancos, diciendo que ese sitiosería nuestro comedor.

Por fin, nos sentamos alrededor de nuestra me-sa para comer. Mi esposa traía una olla de barro,que ya habíamos visto sobre el fuego y cuyo conte-nido nos causaba curiosidad a todos. Ella retiró latapa y, con tenedor, sacó el flamenco cazado porFritz. Nos in formó que había preferido prepararlo

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de esa manera y no asarlo, pues Ernest le había ase-gurado que el ave era vieja y sin duda resultarla du-ra, aconsejándole que la mejorara guisándola.

Entonces los niños prendieron fuego a uno delos montones de leña. Sin apretar, atamos alrededorde los pescuezos de nuestros perros largas cuerdas;me proponía subir a la carpa con las puntas en lasmanos, para así poder soltarlos contra el enemigo aloír el primer ladrido. Cuando se dio la señal parasubir por la escalera, todos ansiaban retirarse a des-cansar. Mis tres hijos mayores subieron en un ins-tante; luego tocó el turno a su madre, quien ascendiólenta y cautelosamente y llegó perfectamente a salvo.Yo subí último y con mayor dificultad, porque lle-vaba a la espalda al pequeño Francis y la punta de laescalera había sido aflojada abajo, para poder reco-gerla en la carpa durante la noche.

Entonces nos abandonamos al reposo; nuestroscorazones experimentaban total tranquilidad, y lafatiga por todos sufrida inducía un sueño tan pro-fundo, que la luz del día brilló de lleno frente anuestra habitación antes de que abriéramos los ojos.

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CAPÍTULO 11CONVERSACION, CAMINATA E

IMPORTANTES DESCUBRIMIENTOS

-Amigos míos, ¿qué les parece si bautizamos elsitio en que habitamos y las diferentes partes delterritorio que ya conocemos? -propuse-. Como esnatural, comenzaremos con la bahía por la cual en-tramos. ¿Cómo la llamaremos?

Mi esposa: -Yo aconsejaría que en agradecimientoa Dios, que nos condujo hasta aquí sanos y salvos,la llamemos "Bahía de la Provincia" o "Bahía de laSalvación".

Yo: -Esas palabras son tan apropiadas como so-noras. Pero ¿cómo llamaremos al lugar en que porprimera vez instalamos nuestra carpa?

Fritz: -Llamémosle simplemente "La Carpa”.

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Yo: -Muy bien; y a la llanura por la cual pasamosal dirigirnos aquí, "Llano del Puercoespín", en me-moria de nuestro encuentro con ese animal. Opinoque habría de llamar a nuestra morada "Nido deHalcón”.

Todos exclamaron, palmoteando:-¡Sí, sí, que sea "Nido de Halcón"! Suena de ma-

nera muy aristocrática, así que, ¡viva el "Castillo delNido de Halcón"!

-Y ahora, pues -exclamé-, ¿y el promontorio,donde Fritz y yo nos fatigamos los ojos en busca denuestros compañeros de viaje? Creo que sería ade-cuado denominarlo "Cabo Desengaño".

Todos: -Sí, sí, excelente. Y el río con el puente ...Yo: -Si quieren conmemorar uno de los sucesos

más grandes de nuestra historia, habría que bauti-zarlo "Río del Chacal", puesto que estos animales locruzaron para ir a atacarnos, y fue allí donde mata-mos a uno de ellos. Al puente deberíamos llamarlo"Puente de la Familia", porque todos nos ocupamosde construirlo y todos lo cruzamos juntos al dirigir-nos aquí.

Al avanzar el anochecer y comenzar a disminuirel intenso calor diurno, invité a toda mi familia a darun paseo.

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-Dejen su labor por ahora, hijos míos -dije-, yhagamos una breve excursión; busquemos, en elhermoso rostro de la Naturaleza, los rastros de lasabiduría y bondad del Creador. ¿Hacia dónde diri-giremos nuestros pasos?

Fritz: -Papá, vamos a "La Carpa", pues necesita-mos pólvora y municiones.

Mi esposa: -Yo también voto por "La Carpa"; casino me queda manteca.

Ernest: -Si vamos allí, procuremos traernos algu-nos gansos y patos.

Jack: -Yo intentaré atraparlos, si alguien ayuda atraerlos.

Yo: -Y bien, vamos a "La Carpa", pero no tome-mos por nuestro camino habitual por la costa, varie-mos en cambio nuestro placer tratando de explorarpor otro lado. Sigamos nuestro pequeño arroyuelohasta la muralla de rocas; nos resultará fácil cruzarlosaltando de piedra en piedra, y así llegar a "La Car-pa"; volveremos con nuestras provisiones por el"Puente de la Familia" y a lo largo de la orilla.

Mi idea fue muy aplaudida, y pronto quedo tododispuesto para nuestra partida.

Para prolongar el placer de nuestra caminata,avanzamos con lentitud, mientras nos entretenía-

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mos mirando a derecha e izquierda; mis hijos mayo-res se adelantaban con frecuencia, de modo que aVeces los perdíamos de vista.

De esta manera llegamos al final del bosque, pe-ro como el territorio parecía ahora menos abierto,consideramos prudente reunir a toda nuestra com-pañía. Al mirar adelante, vimos que los niños seaproximaban a toda carrera, y esta vez, por excep-ción, el serio Ernest iba primero. Llegó a mi lado ytan lleno de júbilo y ansiedad que no podía pronun-ciar con claridad una sola palabra, pero tendió lamano, en la cual llevaba tres bolitas de color verdeclaro.

Al recobrar por fin la voz, exclamó:-Papá, hicimos un verdadero hallazgo... ¡encon-

tramos semillas de papa!Todos nos dirigimos hacia el sitio en que habían

sido recogidos esos tubérculos, donde con sumaalegría descubrimos una vasta plantación de patatas.Brincando de júbilo, Jack vociferó:

-¡Son papas de veras! Y aunque no fui yo quienlas descubrió, por lo menos seré quien las desentie-rre.

Los demás también pusimos manos a la obra;con nuestros cuchillos y palos, pronto obtuvimos

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cantidad suficiente para llenar nuestras bolsas y,bolsillos.

Con gran cuidado, pasando de una piedra a otra,cruzamos el "Río del Chacal”, y poco después lle-gamos a nuestra antigua morada, donde hallamostodo tal cual lo dejáramos. Cada uno fue en buscade lo que pensaba llevarse.

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CAPITULO 12UN BAÑO, UNA PESCA Y LA

LIEBRE SALTARINA

Al regresar aquella noche, decidí volver al día si-guiente a "La Carpa", y pedí a mi esposa que apre-surara para tal fin la cena. Ella contestó que ésta eraya su intención, pues también maquinaba un peque-ño proyecto, sobre el cual me informarla a la vuelta.Por mi parte, también tenía uno, que era el de reani-marme, después del calor y la fatiga de mis arduasocupaciones, mediante una zambullida en el mar.Sugerí a Ernest, que me acompañaría, que se bañaratambién, mientras Fritz quedaba en casa para pro-tección de la familia.

Uncimos el asno y la vaca a un trinco fabricadocon anterioridad. Cada uno tomó en una mano untrozo de bambú para utilizarlo como látigo, y con

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las armas al hombro iniciamos nuestro trayecto.Flora nos acompañaba, mientras Turco se quedaba.

Emprendimos el rumbo de la costa, donde laarena facilitaba el paso de nuestro vehículo mejorque la hierba. Traspusimos el "Puente de la Familia"sobre el "Río del Chacal" y llegamos a "La Carpa"sin obstáculo ni aventura, y desenjaezamos a losanimales para que pudieran pastar, mientras noso-tros cargábamos el trinco con el barril de manteca,el de queso, un barrilito de pólvora, diferentes ins-trumentos, proyectiles y municiones.

Tan ocupados nos hallábamos, que era tardecuando advertimos que nuestros animales, atraídospor la excelente calidad de la hierba que crecía delotro lado del río, hablan vuelto a cruzar, alejándosehasta perderse dé vista. Con la esperanza de queresultaría fácil hallarlos, indiqué a Fritz que fueracon Flora en su busca, mientras yo buscaba, del otrolado de "La Carpa", un sitio conveniente para ba-ñarnos. Poco después llegaba al extremo de la "Ba-hía de la Providencia", que según observé entonces,concluía en, un pantano donde crecían hermososjuncos; y más adelante, una cadena de empinadasrocas, que se internaban un poco en el agua for-mando una especie de ensenada, hecha como a pro-

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pósito para bañarse. Las protuberancias de las rocassemejaban incluso pequeñas cabinas, que ofrecíancomodidad por separado. Encantado con este des-cubrimiento, llamé a Ernest para que se reunieraconmigo, mientras yo me entretenía cortando algu-nos juncos e imaginando qué uso darles.

Le pedí que llenara una bolsita con un poco dela sal que él ya había observado allí, para vaciarlaluego en la grande que llevaría el asno, indicándoleque la llenara de manera pareja de cada lado.

-Entre tanto, yo me bañaré, y luego te tocará a ti,mientras yo cuido a los animales.

De regreso entre las rocas, no me vi decepcio-nado en mis esperanzas de un delicioso goce, perono me quedé mucho tiempo, temeroso de que mihijo se impacientara por participar de un placer tannuevo. Una vez que me vestí, volví a ese sitio paraver si había adelantado en su labor.

No tardé en oírlo gritar:-Papá, papá, ¡un pez de tamaño monstruoso!

¡Apúrate, papá, que apenas puedo sujetarlo!Acudiendo al sitio de donde provenía su voz,

encontré a Ernest tendido de bruces en el suelo, yvirando de su línea, de la cual colgaba un pez enor-me, que forcejeaba por zafarse. Corriendo a su lado,

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le arranqué de la mano la caña. Solté línea para tran-quilizar al pez, y luego conseguí atraerlo despacio aun bajío, del cual ya no podría escapar. Así quedóatrapado.

Al examinarlo minuciosamente, calculamos queno pesaría menos de siete kilos, de modo que nues-tra captura resultaba magnífica Y proporcionarla elmayor placer a nuestra buena despensera.

Luego observamos los peces más pequeños, ensu mayoría truchas y arenques, mientras el másgrande era sin duda un salmón. Abriéndolos a to-dos, les froté las entrañas con sal, de modo que elcalor no los dañara. Mientras me dedicaba a estatarea, Ernest fue a bañarse entre las rocas, y yo tuvetiempo de llenar con sal unas bolsas más antes de suregreso. Enjaezamos y cargamos nuestros animalesy reanudamos el camino hacia el "Arroyo del Hal-cón".

Nos hallábamos a mitad de camino cuando Flo-ra, que iba adelante, se precipitó súbitamente, anun-ciando con sus ladridos que olfateaba alguna presa.No tardamos en verla perseguir un animal que dabalos más extraordinarios saltos imaginables. La perralo seguía, y el animal, procurando esquivarla, pasócerca del sitio en que me hallaba. Hice fuego, pero

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tan veloz era su fuga, que no le acerté. Ernest, que seencontraba a corta distancia, al oír la detonaciónpreparó su arma y la disparó en el instante en que laextraña bestia pasaba cerca de él, procurando ocul-tarse entre la alta vegetación vecina. Tan certero fuesu disparo, que el animal cayó muerto en ese mismoinstante.

Con suma curiosidad, corrí a verificar qué clasede cuadrúpedo podía ser. Era del tamaño de unaoveja, con una cola parecida a la le un tigre; su hoci-co y pelo se asemejaban a los de un ratón, y susdientes eran como los de una liebre, aunque muchomás grandes; sus patas delanteras se parecían a lasde una ardilla, y eran sumamente cortas, pero locompensaban sus patas traseras, largas como zancosy de forma muy singular.

-Un momento -exclamé-. Se me ocurre una idea:apostaría a que este animal es uno de esos grandessaltarines llamados canguros. La hembra, que nuncatiene más de un cachorro, lo lleva en una especie debolsa situada entre sus patas traseras.

Ernest pidió que lo ayudara a llevarlo, porquetemía estropear su hermosa piel de color de ratón silo llevaba arrastrando. Por consiguiente, até las pa-tas traseras del canguro y, por medio de dos cañas,

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logramos trasladarlo al trinco, sobre el cual lo suje-tamos sólidamente.

Al fin llegamos muy contentos, aunque algo tar-de, al "Arroyo del Halcón", después de haber oídodesde gran distancia los saludos de nuestra familia.

Nos tocó entonces el turno de relatar nuestroviaje. A medida que avanzábamos en nuestra narra-ción, presentarnos, uno tras otro, toneless, juncos,sal, pez, y por último, con infinito triunfo, nuestrohermoso canguro.

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CAPITULO 13MAS PROVISIONES DEL NAUFRAGIO

Me levanté con el primer canto del gallo, des-cendí la escalera y comencé a desollar el canguro,cuidando de no estropear su hermosa y suave piel.Tanto tardé en la tarea, que mí familia estaba reuni-da a nuestro alrededor gritando: "¡Tenemos ham-bre!" antes de que concluyera. Después deldesayuno, ordené a Fritz que. se dispusiera a partirhacia "La Carpa", donde prepararíamos la embarca-ción para dirigirnos al barco.

En una parte del trayecto nos acompañaron Er-nest y Jack, a quienes luego envié de vuelta con unsu madre, que yo no me había decidido mensaje pa-ra a comunicarle en persona: que quizá nos viéra-mos obligados a pasar la noche a bordo del navío,para no regresar hasta el anochecer del día siguiente.

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Era esencial sacar de él, si se hallaba todavía a flote,todo lo que pudiera ser salvado, pues en un instantepodía quedar consumada su destrucción.

Subimos a la balsa; la corriente nos condujo conrapidez fuera de la "Bahía de la Salvación" y hasta lanave, cuyo costado abierto nos ofrecía espacio desobra para subir a bordo. Después de amarrarnuestra embarcación, confeccionamos una hermosaarmadía, donde podríamos cargar el triple que enaquélla. Al anochecer, tan fatigados estábamos Fritzy yo que nos habría resultado imposible remar devuelta a tierra, de modo que, después de tomar to-das las precauciones necesarias por si se desatabauna tormenta, nos tendimos sobre un buen colchónde elástico en la cabina del capitán. Allí dormimosprofundamente hasta que se hizo pleno día. Al le-vantarnos, pusimos manos ala obra para cargarnuestra armadía.

Comenzamos por despojar al camarote depuertas y ventanas; luego nos apoderamos de loscofres del carpintero y el armero, que contenía to-dos sus útiles y herramientas; colocamos enterossobre la balsa todos los que pudimos mover conpalancas y rodillos, y de los otros retiramos lo quelos hacia demasiado pesados.

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Un cofre del capitán estaba lleno de artículoscostosos, sin duda destinados a los opulentos plan-tadores de Puerto Jackson o a los salvajes. Entreellos había varios relojes de oro y plata, cajas de ra-pé de toda clase, hebillas, botones de camisa, colla-res, anillos; en suma, una abundancia de todo lo queconstituía el lujo europeo.

Pero lo que más me deleitó descubrir fue un co-fre que contenía varias docenas de plantas de todaclase de frutas europeas, cuidadosamente envueltasen musgo para su transporte.

Con dificultad y ardua labor, concluimos la car-ga, a la cual añadimos una gran red de pesca nueva yel compás del barco. Junto con la red halló Fritz dosarpones y un torno de soga, de los que se utilizan enla pesca de ballenas. Me pidió que te permitiera co-locar los arpones, atados a la punta de la soga, en laproa de nuestra embarcación, de modo de estarpreparados por si veíamos algún pez grande. Yo ac-cedí a su capricho.

Ejecutada totalmente nuestra tarea, subimos a laembarcación de tinas y, con leve dificultad, nos diri-gimos hacia la corriente, remolcando triunfalmentenuestra armadía con una soga resistente.

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CAPITULO 14LA TORTUGA ENJAEZADA

El viento favorable hinchó nuestras velas convivacidad. El mar estaba en calma, avanzamos conFritz, que desde hacía un rato fijaba la vista en algogrande que flotaba en el agua, me pidió entoncesque, con el catalejo, viera qué era. No tardé en ad-vertir que era una tortuga dormida al sol sobre lasuperficie del agua.

En cuanto lo supo, Fritz me instó a que acercarala barca a tan extraordinario ser. Yo acepté sin vaci-lar, pero como me daba la espalda y la vela se inter-ponía entre nosotros, no observé sus movimientoshasta que una violenta sacudida de la embarcación,un súbito giro del torno y luego otra sacudida,acompañada por un rápido movimiento de la barca,me dieron la explicación necesaria.

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-Fritz, por amor de Dios, ¿qué te propones?--exclamé, algo alarmado.

-¡La atrapé ... la alcancé! -gritó él.Pronto noté que el arpón había alcanzado al

animal, que al sentirse herido agitaba así a la embar-cación, en sus esfuerzos por escapar. Apresurán-dome a recoger la vela, tomé un hacha y meprecipité a la proa de la barca para cortar la soga,soltando el arpón y la tortuga, pero Fritz me sujetóel brazo rogándome que esperara un momento,ahorrándole la mortificación de perder de un sologolpe arpón, soga y tortura. Propuso vigilar él mis-mo, hacha en mano, para cortar la soga con rapidezsi apareciera alguna señal de peligro.

Así, remolcados por la tortuga, seguimos ade-lante con riesgosa velocidad. No tardé en observarque el animal se dirigía mar adentro, de modo quevolví a izar la vela, y como el viento soplaba confuerza hacia tierra, de nada le valió a la tortuga re-sistirse. Así que tomo el rumbo de la corriente,conduciéndonos en línea recta hacia nuestro de-sembarcadero habitual.

Sin embargo, antes de desembarcar corrimosuna difícil aventura. La marea nos arrojó a un bancode arena cuando nos hallábamos a tiro de escopeta

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de la costa; la embarcación, aunque arrastrada conviolencia, no se volcó. Yo me interné en el agua, queno me llegaba mucho más arriba de las rodillas, conel objeto de propinar a nuestra conductora su justomerecido, por la alarma que nos había causado,cuando de pronto se zambulló y desapareció. Si-guiendo la soga, no tardé en ver a la tortuga estiradacuan larga era en el fondo del agua, en un sitio tanpoco hondo que pronto logré poner fin a su dolorcortándole la cabeza.

Como nos encontrábamos cerca de “La Carpa”,Fritz lanzó un grito de aviso y disparó su escopeta, afin de anunciar a nuestros parientes de nuestra lle-gada.

Tras algunos suaves reproches de mi esposa porhaberla abandonado a ella y a los niños durantetanto tiempo, fue relatada la historia de la tortuga,que produjo gran diversión.

Llegados a nuestra morada, nos ocupamos antesque nada de la tortuga, a la cual inmediatamentevolvimos de espaldas para poder quitarle el capara-zón y utilizar parte de la carne mientras aún fuerafresca.

-Oh, papá querido, dame el caparazón -pidióFrancis-. ¡Será un lindo juguete!

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Yo: -Debo preguntar a qué uso se proponía des-tinarla Fritz, único que tiene derecho a reclamarla. .

Fritz: -Padre, se me ocurrió limpiarla bien, insta-larla junto al río y mantenerla siempre llena de aguapura para que la utilizara mi madre, cuando necesitelavar la ropa o cocinar nuestras vituallas.

Yo: -¡Excelente, muchacho, excelente! -¡Gloria s1fundador de la tina de agua pura!

Ernest: -Cuando esté hecha la tina, pondré enremojo en ella algunas raíces que encontré y queahora están sumamente secas. No sé con exactitudqué son; se parecen bastante al rábano o al rábanopicante, pero la planta de donde las saqué era casitan grande como un arbusto.

Yo: -Si acierto en mis sospechas, has hecho undescubrimiento beneficioso ... Creo que tus raícesson de mandioca, con la cual los nativos de las In-dias Occidentales preparan una especie de pan otorta que llaman "cazabe".

Terminado que hubimos de descargar el trineo,indiqué a mis tres hijos mayores que me acompaña-ran en busca de otro cargamento antes de que oscu-reciera. Dejamos a Francis y su madre ocupados enpreparar una reanimadora cena, ya que la tortuga sehabía presentado tan oportunamente para este fin.

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Cuando llegamos a la armadía, retiramos de ellatantos efectos como podía contener el trineo oarrastrar los animales. Me ocupé especialmente derecoger dos cofres que contenían las ropas de mifamilia y que, bien lo sabia, causarían la mayor satis-facción a mi esposa. Calculaba también hallar enuno de los cofres algunos libros sobre temas intere-santes, y especialmente una gran Biblia, bellamenteimpresa. A esto agregue cuatro ruedas de carro y unmolinillo de mano al cual, ahora que habíamos des-cubierto la mandioca, atribuía señalada importancia.

De regreso en "Nido de Halcón", hallamos a miesposa que aguardaba ansiosa nuestra llegada, ha-biendo preparado ya la bienvenida prometida: unacena abundante. Antes de examinar nuestra carga,me llevó a un lado diciendo:

-Ven por aquí... Esta es la tarea que cumplí en tuausencia.

Y conduciéndome a la sombra de un árbol, se-ñaló un gran barril medio hundido en tierra, y elresto cubierto con ramas de árboles. Entonces apli-có al costado un pequeño sacacorchos y, después dellenar con el contenido una cáscara de coco, me laofreció. Comprobé que el licor sabía tan bien como

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el mejor vino de Canarias que hubiera probado enmi vida.

-¿Y cómo has logrado este nuevo milagro? -ex-clamé-. No puedo creer que lo haya producido labolsa mágica.

-Exactamente, no -contestó ella-; esta vez fueuna ola blanca y oportuna, que lo arrojó a tierra.

Pero ya reclamaba mi atención el tentador aro-ma de la tortuga. Poco después, todos rendíamoshonores a tan sabroso manjar.

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CAPITULO 15OTRO VIAJE A LOS RESTOS

DEL NAUFRAGIO

Antes de que amaneciera me levanté para ir a lacosta e inspeccionar nuestras dos embarcaciones.Bajé la escalera despacio, sin despertar a mi familia.Desperté y enjaecé con rapidez al asno, y los perrosme siguieron sin que se lo indicara.

Al acercarme a la orilla, no tardé en advertir quela embarcación y la armadía hablan resistido la ma-rea, aunque ésta los había volcado parcialmente.Subí con rapidez a la armadía, retiré una pequeñacarga y volví al "Arroyo del Halcón" a tiempo parael desayuno.

Concluido éste, volvimos a la costa para termi-nar de descargar la armadía, de modo que estuvieralista para navegar en marca baja. No tardamos en

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llevar al "Arroyo del Halcón" dos cargamentos. Ennuestro último viaje, el agua ya casi llegaba a la ar-madía. Envié de vuelta a mi esposa con los mucha-chos, y me quedé con Fritz hasta que estuvimos aflote. Al notar que Jack permanecía aún cerca, adi-viné su deseo, y consentí a que se embarcara connosotros.

Poco después la altura de la marea nos permitíaalejarnos remando. En vez de conducir hacia la"Bahía de la Salvación" para amarrar allí nuestrosnavíos, una fresca brisa marina me tentó a dirigirmede nuevo hacia la nave encallada, pero ya era tarde yno quería causar inquietud a mi querida compañeraquedándome a bordo otra noche. Por consiguiente,resolví que trajéramos solamente lo que pudiéramosobtener con facilidad y rapidez. De prisa, recorri-mos la nave en busca de cualesquiera objetos quepudieran ser retirados con facilidad. Jack andaba deun lado a otro sin saber qué elegir; cuando volví averlo, arrastraba una carretilla anunciando que habíahallado un vehículo para transportar nuestras papas.

Pero Fritz no tardó en traer una noticia aún me-jor: que detrás del mamparo había descubierto unapinaza (vale decir, un bote pequeño de proa cuadra-

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da) desarmada, con todos sus avíos, incluyendo doscañoncitos para su defensa.

Tanto deleite me causó saberlo, que abandonétodo lo demás para correr al mamparo, donde meconvencí de la exactitud de lo que afirmaba mi hijo.Pero no tardé en comprobar que armarla y botarlasería una tarea hercúlea. Recogí varios utensilios; uncaldero de cobre, varios platos de hierro, ralladorespara tabaco, dos piedras de amolar, un barrilito depólvora y otro lleno de pedernales. No olvidamos lacarretilla de Jack; encontramos y agregamos dosmás, con sus correspondientes correas.

Como el sol declinaba y no creíamos poder con-cluir antes de que anocheciera, cada uno de noso-tros llenó una carretilla para llevarse algo a casa. Yopedí que los ralladores para tabaco y los platos dehierro fueran incluidos en el primer cargamento.

Llegados al "Arroyo del Halcón", mi esposa memostró una buena provisión de papas, que había re-cogido durante nuestra ausencia, y una cantidad delas raíces que, tal como yo había supuesto, eran demandioca.

-Pero ahora, a comer algo y descansar -anuncié-,y si mañana mis pequeños ayudantes tienen ganas

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de trabajar, los recompensaré con la novedad de unnuevo oficio a aprender.

Esto no dejó de suscitar la curiosidad de todos,pero yo cumplí mi palabra y los hice esperar hasta eldía siguiente la explicación que debía dar.

Desperté muy temprano a los niños, recordán-doles que había prometido enseñarles un oficionuevo.

-¿Qué es, qué es, -exclamaron todos al mismotiempo, mientras abandonaban con rapidez sus le-chos y se vestían.

-Es el arte de la panadería, muchachos. Alcán-cenme esos platos de hierro que trajimos ayer delbarco, y también los ralladores para tabaco, y hare-mos nuestro experimento. Ernest, trae las raíces ha-lladas bajo tierra; pero antes, querida, te pediré queme hagas una bolsita con un trozo de tela gruesa.

Mi esposa puso inmediatamente manos a laobra para complacerme; pero antes, como no con-fiaba mucho en mis talentos para preparar pan nitortas, llenó de papas una olla de cobre, que puso alfuego, de modo que no nos faltara algo que comer ala hora del almuerzo. Mientras tanto yo tendía en elsuelo un trozo de lienzo tosco y reuní a mi alrede-dor a mis hijos; di a cada uno un rallador y les indi-

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qué al mismo tiempo cómo apoyarlo en el lienzo yrallar las raíces de mandioca. En poco tiempo, cadauno había acumulado un buen montón de esa sus-tancia, semejante al salvado.

Mi esposa ya había terminado la bolsa. La hicellenar bien con lo que llamé nuestro salvado, y ellala cerró bien cosiendo la punta. Me faltaba fabricaruna especie de prensa: de un árbol cercano cortéuna lama larga, recta y resistente, que descortecé;luego coloqué una tabla sobre la mesa que instalá-ramos entre las raíces de nuestro árbol, y que teníala altura exacta para mis necesidades, y encima deaquélla puse la bolsa. Sobre ésta coloqué, a su vez,otras tablas, cubriendo todo con la rama grande,cuya punta más gruesa introduje bajo el arco de unaraíz, mientras de la otra, que sobresalía por debajode las tablas, colgué toda clase de sustancias pesa-das, como plomo, nuestros mas grandes martillos ybarras de hierro, que obrando con gran fuerza comoprensa sobre la bolsa de mandioca hizo que la saviaque ésta contenía brotara a chorros.

Abrimos entonces la bolsa y sacamos una pe-queña cantidad del salvado, que va estaba bastanteseco; revolvimos el resto con un palo y volvimos acolocarlo bajo la prensa. Hecho esto, debimos colo-

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car uno de nuestros platos de hierro, redondo y untanto hueco, apoyado en dos bloques de piedra algoseparados; encendimos debajo un gran fuego ycuando el plato estuvo bien caliente, colocamos enél, con una pala de madera, una porción de esa ma-sa. En cuanto la torta comenzó a tostarse por de-bajo, la dimos vuelta para que el otro lado se cocieratambién.

Cuando se enfrió la torta, desmigajamos unaparte, que distribuimos entre las aves, y dimos unpedazo más grande al mono, que la mordisqueó en-cantado.

Después de cenar, lo primero era visitar a nues-tras aves. Las que habían comido la mandioca sehallaban en excelente estado, y lo mismo el mono.

-Bueno, pues, jovencitos, a la panadería, lo másrápido que puedan -ordené.

Pronto fue retirada de la bolsa la mandioca ra-llada; rápidamente quedó encendido un fuego. En-tonces coloqué a los muchachos en el sitio donde sehabía preparado para ellos una superficie plana y dia cada uno un plato de hierro y la cantidad de uncoco lleno para que prepararan una torta por cabe-za.

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El resultado no fue desalentador, por tratarse deun primer experimento, aunque hay que confesarque de vez en cuando tuvimos la mala suerte dequemar una torta. Mis pilluelos no pudieron resistirla tentación de probar con frecuencia su torta, de aun pedacito por vez. Por fin quedó concluida la ta-rea; cada persona recibió un plato con una torta,junto con una buena porción de leche, que juntasnos proporcionaron una excelente comida.

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CAPITULO 16EL PETARDO Y LA PINAZA

Desde el momento en que descubrí la pinaza, mideseo de regresar a la nave se hacía más irresistiblepor momentos. Advertí, sin embargo, que sería ne-cesario recurrir a todos mis ayudantes para sacarlade la situación en que la habíamos hallado. Pensé,por consiguiente, llevarme a los tres muchachos.

Llegamos a la "Bahía de la Salvación" sin quetuviera lugar ningún acontecimiento notable; arro-jamos alimento para los gansos y patos que allí mo-raban, y poco después abordamos alegrementenuestra embarcación de tinas, no sin atar la nuevaarmadía a la popa con una soga, para poder remol-carla. Nos dirigimos a la corriente, aunque con mu-cho temor de encontrarnos con que los restos delnaufragio habían desaparecido. Sin embargo, no

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tardamos en comprobar que aun seguía firme entrelas rocas. Una vez a bordo, todos nos encaminamoshacia la parte del navío denominada mamparo, quecontenía la pinaza. Un examen más minucioso meconvenció de que el plan que habíamos ideadoadolecía, por lo menos, de dos inconvenientes alar-mantes: uno, la ubicación de la pinaza en el navío; elotro, el tamaño y peso que necesariamente adquiriríauna vez armada. Las distintas partes de la pinazaeran demasiado pesadas para que pudiéramos reti-rarlas.

El armario que contenía la pinaza recibía luzpor varias pequeñas grietas entre las tablas, de mo-do que al cabo de unos minutos de permanencia enel sitio era posible distinguir objetos. Complacidodescubrí que todas las partes que la componían es-taban dispuestas y numeradas con tal exactitud, queno dudaba de poder reunirlas y armarlas. Pese a to-dos los inconvenientes, decidí por lo tanto intentarla tarea, que emprendimos inmediatamente.

Pero el anochecer se aproximaba con rapidezsin que hubiéramos adelantado mucho, de modoque, aunque de mala gana, abandonamos nuestraocupación nos reembarcamos.

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Una semana entera pasamos en está ardua tareacon la pinaza. Cada mañana me embarcaba con mistres hilos, y volvíamos todas las noches, no sin al-gún pequeño agregado a nuestras provisiones.

Al fin quedó completada la pinaza y en condi-ciones de ser botada; ahora la cuestión era cómosolucionar esta dificultad. Era una barca elegante,perfecta en todos sus detalles, con una cubierta pe-queña y ordenada, y mástil y velas no menos exactosy perfectos que los de un bergantín, Habíamos em-breado y estirado todas las costuras para que nadafaltara en su completa apariencia; nos tomamos in-cluso el trabajo de embellecerla más montando encubierta dos pequeños cañones, sujetos con cade-nas.

Aun persistía la gran dificultad: esa pequeña na-ve tan bella y espaciosa seguía encerrada entre cua-tro paredes, de donde no se me ocurría cómosacarla. Abrir paso a través del lado exterior delbarco mediante nuestro empleo conjunto de losutensilios con que contábamos parecía presentaruna perspectiva de esfuerzos que sobrepasaban elalcance humano. Yo había encontrado a bordo unresistente mortero de hierro, como el que se utilizaen las cocinas. Eché mano a una gruesa tabla de ro-

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ble, donde clavé en distintas partes unos grandesganchos de hierro; con un cuchillo abrí un surcopor el medio de la tabla. Envié a los muchachos a labodega en busca de un poco de madera para hacerfósforos, de donde corté un trozo lo bastante largocomo para seguir ardiendo por lo menos dos horas.

Coloqué esta mecha en el surco de la tabla; llenéel mortero con pólvora y sobre él, después de sacu-dirlo, puse la tabla así preparada. Por último, sujetétodo en su sitio con fuertes cadenas.

De tal modo construí una especie de petardo,del cual esperaba un feliz resultado. Colgué esta má-quina infernal del lado del mamparo que daba almar, una vez elegido un sitio en el cual su acción nopudiera dañar a la pinaza. Cuando todo estuvo pre-parado, encendí el fósforo, cuya punta sobresalía dela tabla lo suficiente como para darnos tiempo paraescapar. Entonces me apresuré a subir a la armadía,a la cual había enviado a mis hijos antes de encen-der el fósforo. Estos, aunque me habían ayudado afabricar el petardo, no sospechaban a qué uso esta-ba destinado.

Confieso que evité intencionalmente explicarlesla verdad, por temor a que todo mi proyecto fraca-sara, o de que en consecuencia, la nave, la pinaza y

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cuanto contenía volaran por el aire en cualquiermomento.

Llegamos a "La Carpa", me apresuré a situar laarmadía de modo que estuviera lista para regresarcon rapidez a la nave encallada, cuando el estallidodel petardo me informara que mi plan había dadoresultado. Nos ocupábamos en descargarla cuandoasaltó nuestros oídos una explosión tan violenta,que mi esposa e hijos, quienes ignoraban su causa,se alarmaron al punto de abandonar su tarea ins-tantáneamente.

-¿Qué será? ¿Qué ocurre? ¿Qué puede haber pa-sado? -exclamaron todos al mismo tiempo.

Fortalecidos por la curiosidad, salimos de la ba-hía remando con más rapidez que en cualquier oca-sión anterior. Al divisar la nave, observécomplacido que no había tenido lugar cambio algu-no en la parte que daba hacia "La Carpa", y que noaparecían señales de humo. Por consiguiente avan-zamos de excelente humor, pero en vez de remar,como de costumbre, derecho hacia la grieta, dimosla vuelta por el costado, en cuyo interior habíamoscolocado el petardo.

Entonces se presentó a nuestra vista la horribleescena de devastación que habíamos causado. La

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mayor parte del barco estaba hecha trizas; innume-rables astillas cubrían la superficie del agua, y entodo se presentaba una escena de terrible destruc-ción, en medio de la cual se alzaba nuestra elegantepinaza, totalmente indemne. No pude contener viví-simas exclamaciones de júbilo, que suscitaron lasorpresa de mis hijos.

-¡Ahora sí que es nuestra! -grité-. La hermosapinaza es nuestra, ya que ahora botarla será lo másfácil. Vamos, muchachos, salten a bordo, y veamoscuanto tardamos en hacerla a la mar.

Penetramos por la nueva abertura, y prontocomprobamos que la pinaza no había sufrido dañoalguno y el fuego se hallaba totalmente extinguido.Sin embargo, el mortero y trozos de la cadena sehabían introducido con violencia en el lado del re-cinto. Ya con todas las razones para estar satisfechoy tranquilo, expliqué a los muchachos la índole deun petardo, cómo funcionaba y el importante servi-cio que debíamos al viejo mortero.

Luego examiné la hendidura así practicada, ydespués la pinaza. Comprobé que, con ayuda de laalzaprima y la palanca, sería fácil bajarla al agua. Alarmarla había tomado la precaución de apoyar suquilla sobre rodillos para evitar la dificultad que ha-

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bíamos tenido antes al botar nuestra balsa de tinas.Pero antes de soltarla le até a la proa una soga grue-sa y la otra punta a la parte más sólida de los des-pojos, por temor de que fuera arrastrada demasiadolejos.

Poniendo en esta tarea todo nuestro ingenio yvigor, no tardamos en gozar del placer de ver cómonuestra linda pinaza descendía graciosamente almar. La soga la mantenía lo bastante cerca y nospermitía acercarla al sitio en que yo cargaba la em-barcación de tinas, y donde yo había colocado a talfin una roldana en una viga que sobresalía, lo cualme permitía asimismo ir completando los mástiles yvelas necesarios para nuestra barcaza.

Como la noche nos sorprendió antes de finali-zar nuestra tarea, preparamos nuestro regreso a "LaCarpa" después de arrimar la pinaza al costado delbarco. Llegamos sanos y salvos, con cuidado, comoya habíamos acordado, de no mencionar a la buenamamá nuestra nueva e invalorable adquisición hastaque pudiéramos sorprenderla mostrándosela entera.Por consiguiente, contestamos a sus preguntas acer-ca del estruendo que había oído que un barril depólvora se había incendiado destrozando una pe-queña parte de la nave.

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Pasamos dos días más equipando y cargandocompletamente la bella embarcación obtenida.Cuando estuvo lista para zarpar, me fue imposibleresistir la insistencia de mis hijos, quienes me pe-dían, como recompensa por la discreción y laborio-sidad demostradas, permiso para saludar a sumadre, al acercarse a "La Casa", con dos descargasde cañón. Estos, por consiguiente, fueron cargados,y los dos más pequeños se situaron junto a la me-cha, fósforo en mano.

Nuestra antigua amiga, la balsa de tinas, biencargada y amarrada a la pinaza, la seguía ahora co-mo embarcación acompañante de otra superior. Encuanto llegamos a la entrada de la "Bahía de la Sal-vación", arriamos nuestra vela grande, para poderconducir la pinaza con comodidad, y pronto arria-mos una por una las más pequeñas, para así evitar elser arrojados con violencia contra las rocas quetanto abundaban en la costa. De tal modo, avanzan-do a menor velocidad, nos resultó fácil efectuar lospreparativos para el importante asunto de descargarel cañón.

Cuando llegamos a cierta distancia, el coman-dante Fritz gritó "¡Fuego!". Detrás de "La Carpa",las rocas devolvieron el sonido. "¡Fuego!", volvió a

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ordenar Fritz. Ernest y Jack obedecieron, y de nue-vo los ecos dieron su majestuosa respuesta. En elmismo instante, Fritz descargó sus dos pistolas, y enseguida se unieron todos en tres sonoros vítores.

-¡Bienvenidos, queridos míos! ¡Bienvenidos! -fuela respuesta de la ansiosa madre, casi sin aliento porel júbilo y el asombro-. ¡Ah farsantes! Qué susto medieron con su cañón y su barquito... Al verlo avan-zar rápidamente hacia nosotros, no lograba expli-carme de dónde vendría, ni qué llevaría a bordo.

Entonces Fritz Invitó a su madre a subir a cu-bierta, ayudándola. Una vez que se hallaron todosallí, pidieron permiso para lanzar una nueva salva ybautizar la pinaza con el nombre de su madre: la"Elizabeth".

Especialmente complacida por estas recientesaventuras nuestras, mi esposa aplaudió nuestra ha-bilidad y perseverancia, agregando:

-Pero no imaginen que los elogio tanto sin espe-rar algo a cambio... Al contrario, me toca a mí pedirel mismo tipo de agradable recompensa para el pe-queño Francis y yo. Pero esperen un poco, amigosmíos, que pronto les presentaré nuestras pruebas enalgunos platos de excelentes vegetales. De ustedesdepende acompañarme y ver qué hicimos.

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Accedimos sin vacilar, saltando para ello de lapinaza. Ella abrió la marcha llevando de la mano asu pequeño Francis, mientras nosotros la seguíamoscon la mayor alegría imaginable. Nos condujo poruna subida a una de nuestras rocas, y deteniéndosedonde se forma la cascada del “Arroyo del Chacal”,exhibió ante nuestra mirada atónita un hermosohuerto, adecuadamente ordenado en canteros y ve-redas.

-Esto es lo que estuvimos haciendo -explicó-.En este sitio la tierra es tan liviana, ya que la compo-nen especialmente hojas muertas, que a Francis y amí no nos resultó difícil prepararla y dividirla luegoen diversos compartimentos: uno para papas, otropara mandioca, y otros más pequeños para variasclases de verduras, sin olvidarnos de dejar una pro-porción adecuada para recibir algunas plantas decaña de azúcar.

Me quedé arrobado ante una muestra tan per-fecta del bondadoso empeño y perseverante labo-riosidad de aquella mujer tan merecedora de cariño.Ella, al cabo de una breve pausa, continuó:

-Pero casi olvidaba un pequeño reproche quedebo hacerte: tus viajes al barco te han hecho olvi-dar el atado de valiosos retoños de árboles frutales

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que dejamos en el "Arroyo del Halcón". . . Temoque estén muriéndose por no haber sido plantados,pese a que tomé la precaución de regarlos y cubrir-los con ramas. Vamos a verlos.

Acepté sin vacilar, pues muchos otros asuntosrequerían nuestra presencia en el "Arroyo del Hal-cón". Ya teníamos en nuestro poder la mayor partedel cargamento del barco, pero en ese momento casitodos nuestros tesoros se hallaban al aire libre, ex-puestos a que los perjudicaran tanto el sol como lalluvia.

Mi esposa preparó nuestro paseo con gran ani-mación. Nos dimos prisa para descargar la embar-cación y colocar el cargamento a salvo y protegido,junto al resto de nuestras provisiones.

La pinaza quedó anclada en la costa, sujeta auna estaca con una soga. Una vez acomodadas asítodas nuestras pertenencias, iniciamos la caminatahacia el “Arroyo del Halcón", aunque no con lasmanos vacías, ya que nos llevábamos cuanto parecíaabsolutamente necesario para nuestra comodidad, yque una vez reunido, resultó ser tanto que no nosfue fácil transportarlo, a nosotros y a nuestras bes-tias de carga.

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CAPITULO 17DIVERSOS DESCUBRIMIENTOS:ANIMALES SINGULARES, ETC.

La noche anterior había prometido a los mu-chachos que iríamos todos juntos al bosque de cala-bazas a fin de proveernos de recipientes de diversostamaños para guardar en ellos nuestras provisiones.La idea les encantó, pero yo les pedí que antes meayudaran a plantar todos los árboles, tarea que fueiniciada sin tardanza.

Cuando concluimos, ya había anochecido dema-siado para hacer un viaje tan largo. Al día siguiente,todos estaban en pie apenas amaneció. Uncido altrineo, el asno representaba el papel principal: teníapor misión transportar nuestras meriendas, una bo-tella de vino de Canarias y un poco de pólvora ymuniciones, así como traer a. casa nuestra vajilla de

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calabazas vacías. Según la costumbre, Turco abría lamarcha corno guardia de avanzada; lo seguían mistres hijos mayores, equipados para deportes; trasellos, su tierna madre que conducía al más pequeño,y cerraba la marcha Flora, llevando de jinete al mo-no, al cual los niños habían bautizado Knips.

Así partimos del "Arroyo del Halcón", animo-sos y de buen humor. Dando la vuelta al "Pantanodel Flamenco", no tardamos en llegar al agradablesitio que antes tanto nos deleitara. Fritz tomó unadirección un poco más alejada de la costa; envió aTurco entre los altos pastos y lo siguió, desapare-ciendo ambos. No tardamos en oír que Turco la-draba; se elevó un ave grande, casi en el mismoinstante derribada por un disparo de Fritz. Peroaunque herida, no estaba muerta; se levantó y huyócon increíble rapidez, no volando, sino corriendo.Persiguiéndola, Turco la apreso y sujetó hasta lallegada de Fritz.

Entonces tuvo lugar una escena diferente a laocurrida en ocasión de la captura del flamenco. Consus patas largas y débiles, dicha ave no puede ofre-cer sino una débil resistencia. El nuevo cautivo eragrande y fuerte, y pataleaba con tal vigor que Fritzno se atrevió a acercársele. Por fortuna, llegué a

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tiempo para prestar ayuda, y comprobé satisfechoque era una avutarda hembra de las más grandes.Hacía tiempo que ansiaba capturar y domesticar unave de esa especie para nuestro corral.

Para sujetar al ave sin lastimarla, le cubrí la ca-beza con mi pañuelo. Como no podía verme, pudeacercarme a ella y pasarle sobre las patas una cuerdacon nudo corredizo, que por el momento ajusté afin de evitar inconvenientes. Con suavidad libré suala de los dientes de Turco y la até, y en un estadotal que prometía su conservación una vez que la hu-biéramos trasladado al "Arroyo del Halcón" y pu-diéramos administrarle el cuidado y bondad quecompensaran el mal trato recibido a nuestras ma-nos.

Luego instalé la avutarda en el trineo, en la posi-ción más favorable para su comodidad. Al seguirnuestro avance, nos vimos obligados aún a abrirnospaso por entre densos matorrales, hasta que por fin,llegamos al bosque de calabazas, poco tardamos enhallar el sitio donde Fritz y yo habíamos descansadoen otra oportunidad.

Jack y Ernest se dedicaron a recoger ramas se-cas y pedernales, mientras su madre se ocupaba enatender a la pobre avutarda. Yo, para complacerla, le

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quité el pañuelo que la cubría y aflojé la cuerda so-bre sus patas, aunque dejándola todavía como pro-tección para que no escapara. Mediante una cuerdalarga, la até al tronco del árbol, de modo que pudie-se aliviarse paseando.

Entonces mi esposa anunció que necesitaría al-gunos recipientes para poner en ellos leche, una cu-chara larga y plana para cortar manteca en pedazos,y por último, algunos lindos platos para servirla enla mesa, hechos con cáscaras de calabaza.

Yo: -Querida esposa, tus pedidos son perfecta-mente razonables. Por mi parte, necesito nidos paralas palomas, cestas para los huevos y colmenas paraabejas.

Todos: -Ah, sí, hay que hacer todo eso; nos pon-dremos a la tarea sin tardanza.

Hice que recogieran o juntaran calabazas hastaque las tuvimos en cantidad suficiente. Hecho esto,iniciamos nuestra labor: unos debían cortar, otrosaserrar, ahuecar y modelar en formas adecuadas.

Fritz y Jack se dedicaron a fabricar colmenaspara las abejas, y nidos para las palomas y gallinas.Para este último fin tomaron las calabazas másgrandes, en cuya parte delantera practicaron unagujero del tamaño del animal a cuyo uso estaba

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destinada. Una vez terminados, su aspecto fue tanbonito, que el pequeño Francis casi lloró por no serlo bastante pequeño como para entrar y habitar enuno de ellos. Los nidos de paloma debían ser atadosa las ramas de nuestro árbol; los de gallinas, gansosy patos, colocados entre las raíces o en la costa, re-presentando una especie de gallinero.

Apenas habíamos terminado cuando mi esposame instó a que iniciáramos el regreso a casa. Dadoque el anochecer estaba tan avanzado, me parecióprudente volver esta vez sin el trineo, tan pesada-mente cargado que el asno sólo podría haberloarrastrado con lentitud. Decidí, por lo tanto, dejarloallí hasta el día siguiente, cuando pudiera volver ensu busca, contentándome por el momento con car-gar sobre el asno las bolsas que contenían nuestrosnuevos juegos de porcelana y al pequeño Francis,que empezaba a quejarse de cansancio. Yo mismome ocupé de esos preparativos, mientras dejaba ami esposa y a Fritz el cuidado de sujetar la avutardade modo tal que pudiera caminar por delante denosotros sin riesgo de que escapara.

Una vez finalizados estos preparativos, se pusoen movimiento nuestra caravana, tomando la direc-

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ción de una línea recta hacia el "Arroyo del Hal-cón".

Llegamos poco después y tuvimos tiempo deemplearnos en algunos arreglos de poca importan-cia antes de que oscureciera del todo.

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CAPITULO 18UNA EXCURSION POR PARAJES

DESCONOCIDOS

Lo primero en que pensé al día siguiente fue enir al bosque en busca del trinco. Lo había dejado allípor un doble motivo, que omití explicar a mi espo-sa para no intranquilizarla. Deseaba internarme unpoco más en el territorio, para comprobar si se pre-sentaba algo útil más allá de la muralla de rocas.Además ansiaba conocer mejor la extensión, formay producciones generales de nuestra isla. Quise quesólo me acompañaran Fritz, más fuerte y valerosoque sus hermanos, y Turco. Nos pusimos en marchabien temprano, arreando al asno para traer a casa eltrineo.

Penetramos en un lindo bosquecillo, cuyos ár-boles nos eran desconocidos. De sus ramas pendían

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grandes cantidades de bayas de índole extraordina-ria, ya que las cubría por entero una cera que se nospegaba a los dedos cuando intentamos juntarlas.

Yo tenía noticias de un tipo de arbusto que pro-ducía la cera y crecía en América, llamado por losbotánicos Myrica Cerífera. No tuve dudas de que eraaquella planta.

-Detengámonos aquí -dije a Fritz- nada serámejor que recoger una buena cantidad de estas ba-yas como útil regalo para tu madre.

Mientras los examinábamos con atención, ad-vertimos que una especie de loro muy pequeño re-voloteaba a nuestro alrededor. Fritz, bien adiestradoen el arte de trepar árboles, quiso verlos más de cer-ca y, de ser posible, atrapar algunos ejemplares.

Despojándose de su carga, trepó hasta el nido;allí procuró introducir la mano en una de las abertu-ras, para apoderarse de cualquier ser vivo que pu-diera alcanzar. Lo que más deseaba era hallar unahembra empollando para llevársela junto con loshuevos. Varias celdas estaban vacías pero perseve-rando encontró una como quería. Pero tan violentopicotazo recibió de un ave invisible, que no pensósino en sacar la mano. No obstante, poco despuésse aventuró por segunda vez a introducir la mano

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en el nido y logró atrapar su presa, pasarla por laabertura pese a su resistencia Y aprisionarla en elbolsillo de su chaqueta, que abotonó bien antes debajar del árbol.

Las señales de alarma que lanzaba el prisionerohicieron salir de sus celdas a una multitud de pája-ros, todos los cuales rodearon a Fritz emitiendoagudos gritos y atacándolo con sus picos hasta quelogró escapar. Cuando entonces soltó al prisionero,descubrimos que era un hermoso lorito verde, queFritz pidió conservar para regalarlo a sus hermanos,quienes harían una jaula donde encerrarlo y lo do-mesticarían, enseñándole a hablar.

Nos pusimos entonces a considerar hasta dóndeiríamos. Las densas matas de bambú, imposibles deatravesar, parecían ofrecer una conclusión natural anuestro trayecto. Por consiguiente, no pudimos de-terminar si habríamos hallado o no un paso que nospermitiera llegar del otro lado de las rocas, y no nosquedó mejor recurso que tomar a la izquierda, haciael "Cabo Desengaño", donde entonces volvieron aatraer nuestra atención las lujuriosas plantaciones decaña de azúcar.

Para no volver al "Arroyo del Halcón" con lasmanos vacías y ser perdonados por tan larga ausen-

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cia, cada uno de nosotros se tomó el trabajo de cor-tar un gran atado de cañas, que cargamos a lomo delasno, sin olvidar la ceremonia de reservarnos unapara reponernos durante el trayecto.

Llegamos al "Arroyo del Halcón" sin más inci-dentes. Al principio recibimos algunas amables re-primendas; luego fuimos interrogados y por últimoagradecidos cuando presentamos nuestros diversostesoros, en especial las cañas de azúcar. Pero cuan-do Fritz sacó del bolsillo el lorito verde vivo, el éx-tasis de todos no tuvo límites.

Poco después de caer la noche, saboreamos unaopípara cena, y como estábamos muy fatigados, nosfuimos a descansar más temprano que de costum-bre, después de retirar cuidadosamente la escalera,nos sumimos en profundo tranquilo sueño.

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CAPITULO 19EL FIN DEL BARCO

Habiendo ya casi agotado nuestro surtido deropas, nos vimos una vez mas obligados a recurrir ala nave, en la cual, según sabíamos había aún algu-nos cofres adecuados para el uso. Agregamos a estemotivo un profundo deseo de verla de nuevo y, deser posible, traer algunos cañones que pudiéramosinstalar en los nuevos bastiones de "La Carpa",quedando así preparados para lo peor.

El primer día bueno reuní a mis tres hijos mayo-res y puse en ejecución mi proyecto. Llegamos a losrestos de la nave sin que ocurriera ningún incidentenotable, y la hallamos todavía sujeta entre las rocas,aunque un tanto más destrozada que la última vezque la viéramos. Retiramos los cofres con ropa y loque restaba en cuanto a provisiones de munición:

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pólvora, proyectiles y hasta los cañones que pudi-mos trasladar, en tanto a los que eran demasiadopesados les quitábamos las ruedas, que podían sersumamente útiles.

Pero para cumplir nuestro propósito tuvimosque pasar varios días visitando el barco, de donderegresábamos siempre al anochecer enriquecidoscon todo lo portátil que contuviera aquél: puertas,cerraduras, cerrojos; nada se nos escapaba, de modoque la nave quedó ahora totalmente vacía.

Una vez tomadas estas medidas, resolví hacervolar los restos mediante un procedimiento simularal que tan buen resultado diera con la pinaza. Porconsiguiente preparamos un barril de pólvora, que atal objeto dejamos a bordo. Lo hicimos rodar hastael sitio más favorable para nuestros fines; practica-mos en su costado una pequeña abertura y en elmomento de abandonar la nave, introducimos untrozo de madera de fósforo, que encendimos, comola vez anterior, a último momento. Hecho esto, par-timos lo más rápido posible hacia la "Bahía de laSalvación", donde no tardamos en llegar.

Al caer la noche, un estruendo majestuoso, se-mejante a un trueno, acompañado por una columnade fuego y humo, anunció que el barco que nos

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condujera hasta nuestra actual morada en el desier-to, proporcionándonos allí abundantes provisionespara nuestra comodidad general, quedaba en eseinstante aniquilado y quitado para siempre de lavista del hombre.

El descanso nocturno alivió en cierta medida lamelancolía de la noche anterior. Por la mañanatemprano, fui con los muchachos a efectuar nuevasobservaciones sobre los efectos de aquel notablesuceso. En el agua y a lo largo de la costa divisamosabundantes vestigios de la nave desaparecida; y en-tre el resto, a cierta distancia, los barriles vacíos,calderos y cañones, atados todos juntos y flotandoen el agua en una gran masa.

Al instante saltamos a la pinaza, con la balsa detinas sujeta a ella, y nos abrimos paso entre los innu-merables trozos de madera y demás que nos loobstruían, hasta llegar al objeto de nuestra búsquedaque, debido a su gran peso, se movía con lentitudsobre las ollas. Listo como de costumbre, Fritzarrojó una soga sobre dos barriles que logró sujetara nuestra barcaza. Luego se apoderó también de unaenorme cantidad de postes, listones y otros objetosútiles. Con ese abundante botín regresamos a tierra.

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Efectuamos otros tres viajes con el fin de traer-nos más cañones. Calderos, fragmentos de mástiles,etc., todo lo cuál depositamos por el momento en la"Bahía de la Salvación". Entonces comenzaronnuestras más fatigosas actividades: las de trasladartan numerosos y pesados pertrechos de las embar-caciones a "La Carpa". Separamos cañón y calderosde la balsa entre sí, dejándolos en un sitio accesiblepara el trineo y las bestias de carga. Con ayuda de laalzaprima, logramos subir al trineo los calderos, ycolocar de nuevo las cuatro ruedas que antes retirá-ramos del cañón; entonces nos resultó fácil lograrque la vaca y el asno los arrastraran.

Los calderos o calderas de bronce más grandesnos resultaron del uso más esencial. Sacando todosnuestros barriles de pólvora, los colocamos todosdados vuelta en tres grupos separados, a corta dis-tancia de nuestra carpa: cavamos alrededor una pe-queña zanja destinada a atraer la humedad del sueloy luego pusimos uno de los calderos boca abajo so-bre cada uno, lo cual respondía totalmente al pro-pósito de una letrina. Los cañones quedaroncubiertos con lona, sobre la cual tendimos pesadasramas de árboles; retiramos prudentemente los ba-rriles de pólvora más grandes bajo una saliente ro-

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cosa, y los cubrimos con tablas hasta que tuviéra-mos ocasión de ejecutar el plan de construir un de-pósito de municiones, proyecto que todos tomamosmuy en serio.

Al inspeccionar nuestras tareas, mi esposa tuvola alegría de descubrir que dos de nuestros patos yuno de los gansos hablan estado empollando bajoun arbusto, y que en ese momento conducían susfamilias hacia el agua. La novedad ocasionó generalregocijo, y el espectáculo de los pequeños seres noshizo recordar con tal intensidad el "Arroyo del Hal-cón", que todos concebimos el ansia de regresarjunto a los numerosos amigos que allí dejáramos.Por consiguiente, establecimos el día siguiente parapartir.

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CAPITULO 20UN NUEVO DOMINIO - LA MANADADE BUFALOS – EL HEROE VENCIDO

Personalmente, mucho anhelaba explorar conmayor minuciosidad esa parte de la isla. Por lo tan-to, hice algunos preparativos para dormir, por si eldía nos resultara demasiado corto para todo lo quequizá deberíamos realizar: en lugar del trineo, llevéel carro, donde acomodé algunas tablas para que sesentaran Francis y su madre.

Una vez colocado todo en el carro que había-mos fabricado, uncí a él tanto el asno como a la va-ca, previendo que a nuestro regreso la carga habríaaumentado. Así partimos, tomando el camino de lasplantaciones de papa y mandioca.

Con tanta exactitud fijamos nuestra ruta, que altrasponer los bordes del bosque nos encontramos

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en una llanura abierta, a nuestra derecha los bam-búes, intercalados con diversas clases de palmeras, ydelante la magnifica bahía formada por el "CaboDesengaño".

Como ya anochecía y habíamos resuelto per-noctar en aquel sitio cautivador, comenzamos apensar en construir con algunas ramas grandes unaespecie de choza, como las que suelen hacer los ca-zadores americanos, para protegernos del rocío y lafrialdad del aire. En esto nos ocupábamos cuandode pronto nos alarmaron los sonoros rebuznos delasno, al cual habíamos dejado poco antes pastandocerca de allí. Al acercarnos lo vimos levantar la ca-beza al aire, cocear y hacer cabriolas, y mientras nospreguntábamos qué podía ocurrirle, partió a galopetendido.

Fatigado y disgustado por la pérdida de tan útilanimal, entré en la choza, que encontré completa,pues mis hijos la habían cubierto con lona y espar-cido ramas en tierra para dormir, antes de recogeralgunas cañas para hacer una hoguera, cosa agrada-ble para todos dado el frescor del aire vespertino.También nos sirvió para preparar la comida. Cuan-do todo estuvo listo, yo, vigilé y alimenté el fuegohasta la medianoche, luego de lo cual, ocupé el rin-

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concito que me asignaron mis durmientes acompa-ñantes.

A la mañana siguiente, nos desayunamos con unpoco de leche de la vaca, unas papas hervidas y unapequeña porción de queso holandés. Mientras co-míamos, trazamos los planes para nuestras tareasdel día. Se decidió que uno de los muchachos y yo,con ayuda de los dos perros, buscaríamos al asnopor la plantación de bambú. Resolví llevarme al ágilJack.

No tardamos en llegar a la plantación de bambú,por cuya intrincada vegetación logramos abrirnospaso. A cabo de muchos esfuerzos, descubrimoshuellas de los cascos del asno, que nos infundieronun renovado ardor en la búsqueda. Después de otrahora de intentos, al llegar a los bordes de la planta-ción divisamos a la distancia el mar, y poco despuésnos encontramos en un espacio abierto, que lindabacon la gran bahía.

Seguimos avanzando hasta llegar a un arroyoque surgía, espumante, de una gran masa rocosa,para caer al río en cascada. Tan profundo era el le-cho de esta corriente, y tan rápido su curso, que tar-damos mucho en hallar un sitio por donde cruzar.Llegados al otro lado, comprobamos que el suelo

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era de nuevo arenoso y mezclado con una tierra detipo fértil. Allí ya no vimos roca desnuda, pero en elsuelo volvieron a ser visibles las huellas del asno.

Observando con atención, advertimos atónitoshuellas de las patas de otros animales, mucho másgrandes y, en muchos aspectos, diferentes de las delasno. Esto incitó nuestra curiosidad a tal punto, queresolvimos seguir los rastros, los cuales nos condu-jeron a gran distancia hasta una llanura, que antenuestros ojos maravillados semejaba un paraíso te-rrestre.

Esforzando nuestra vista, creíamos percibir a lolejos, sobre la tierra, unas manchas que parecíanmoverse. Hacia allá nos encaminamos, y al llegarcerca divisamos un grupo de animales que presen-taba un perfil semejante al de una manada de caba-llos o vacas.

Acercándonos más, advertimos que se tratabade búfalos salvajes. Por suerte los perros nos se-guían de lejos, de modo que los búfalos no dieronseñales de temor ni disgusto ante nuestra llegada.Permanecieron perfectamente inmóviles, fijando ennosotros sus grandes ojos redondos y sorprendidos.Los que estaban echados se levantaron con lentitud,pero ninguno de ellos evidenció ninguna predispo-

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sición hostil hacia nosotros. Es probable que en estaocasión nos haya salvado la ausencia de los perros.El caso es que tuvimos tiempo de retroceder contranquilidad y preparar nuestras armas de fuego. Sinembargo, no era mi intención utilizarlas de maneraalguna, como no fuera para defensa. Sólo pensé enretirarme, eso hacía con mi pobre Jack, por quienme sentía más alarmado que por mí mismo, cuandodesgraciadamente Turco y Flora llegaron corriendoa nuestro lado y, como pudimos ver, fueron adver-tidos por los búfalos.

Al instante los animales comenzaron a bramarde un modo que nos hizo temblar los nervios, gol-peando con sus cuernos y cascos el suelo, del cualarrancaban pedazos que lanzaban al aire. Anticipécon horror el momento en que, confundiéndonoscon los perros, a los cuales sin duda tomaban porchacales, nos alcanzaran e hicieran pedazos. Pese anuestros esfuerzos nuestros valientes Turco y Flora,que no temían al peligro, corrieron hacia ellos y,siguiendo su manera de atacar habitual, se tomaronde las orejas de un búfalo joven que se hallaba unpoco más cerca de nosotros que losas demás; y pesea los tremendos bramidos y movimientos del ani-mal, no lo soltaron.

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Así comenzaron las hostilidades, y a menos queresolviéramos abandonar la causa de nuestros bra-vos defensores, nos velamos ahora obligados a ini-ciar una guerra abierta, la cual, teniendo en cuenta lafuerza y cantidad del enemigo, presentaba un peli-gro muy apremiante e inevitable. Ahora toda nuestraesperanza parecía residir en la posibilidad de que elestrépito de nuestras descargas, oído acaso por pri-mera vez por los búfalos, los aterrara e impulsara ahuir. Fue, lo confieso, con el corazón palpitante Ylas manos temblorosas que ambos hicimos fuego almismo tiempo; los búfalos, aterrorizados por el rui-do y el humo, permanecieron inmóviles un instante,como alcanzados por un rayo; luego emprendieronla fuga todos a un tiempo, con rapidez tan increíbleque no tardaron en perderse de vista.

Desde gran distancia oímos sus sonoros brami-dos, que poco a poco dieron lugar al silencio, y asíquedamos en la cercanía de un representante de suaterradora especie. Este, una hembra, era sin duda lamadre del búfalo joven que los perros manteníantodavía prisionero. Al oír sus bramidos, se habíaacercado, y nuestras armas la habían herido, pero nomatado. Tras un momento de pausa la bestia, enfu-recida, arremetió contra los perros, y con la cabeza

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junto al suelo, como para guiarse por el olfato,avanzaba colérica y los habría hecho pedazos si yono se lo hubiera impedido disparándole con mi es-copeta y poniendo así fin a su existencia.

El joven búfalo seguía aún prisionero con lasorejas en las bocas de ambos perros, y el dolor loenfurecía a tal punto que temí que los lastimara. Porconsiguiente, decidí adelantarme y socorrerlos comopudiera, aunque apenas si sabia cómo hacerlo. Elbúfalo aunque joven, era lo bastante fuerte comopara vengarse si yo ordenaba a los perros que lesoltaran las orejas.

Yo podía matarlo de un tiro, pero anhelabamantenerlo con vida para domesticarlo de modoque sustituyera al asno, al cual pocas esperanzas te-níamos de recobrar.

De pronto Jack intervino con un medio eficazpara cumplir mis deseos. Sacando de prisa del bol-sillo su soga con bolas, retrocedió unos pasos y laarrojó con tal destreza que el búfalo cayó comple-tamente enredado. Pude entonces acercármele sinpeligro y atarle las patas de a dos con una soga muyresistente; los perros le soltaron las orejas y desdeese momento consideramos que el búfalo era nues-tro.

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Ahora la cuestión era cómo llevarlo a casa.Después de reflexionar decidí que la mejor manerasería atar juntas sus dos patas delanteras, apretadasde modo que no pudiera correr, pero si caminar.

-Luego -continué- adoptaremos el métodopracticado en Italia. Lo considerarás algo cruel, perosu éxito es seguro, y después nos ocuparemos decompensarlo con el mejor cuidado y trato. Sujetacon todas tus fuerzas la soga que le ata las patas, demodo que no pueda moverse.

Llamé entonces a Turco y Flora, haciendo quecada uno sujetara al animal por las orejas; saqué delbolsillo una puntiaguda navaja y, tomándolo por elhocico, le hice en la fosa nasal un agujero dondeintroduje rápidamente la cuerda, que até inmediata-mente a un árbol de modo que el animal quedó im-pedido de mover la cabeza, ya que con eso habríainflamado la herida y aumentado el dolor.

En cuanto esta operación quedó concluida, alejéa los perros. Enfurecido, el animal habría queridohuir, pero las patas sujetas y el dolor del hocico selo impedían.

Como no estábamos dispuestos a irnos de prisa,pedí a Jack que echara mano al serrucho y cortara

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una pequeña cantidad de aquellas cañas, que por sutamaño enorme podrían sernos útiles.

Teníamos que trasladar tantos y tan pesadosobjetos que por ese día abandoné toda idea de se-guir buscando al asno. Pensé entonces en desatar albúfalo, y al acercarme a él comprobé complacidoque dormía, lo cual probaba que su herida no eradolorosa en exceso. Cuando comencé a tironearlosuavemente de la soga, se sobresaltó, pero luego mesiguió sin resistencia, a sus cuernos otra soga yuniéndolas lo conduje.

El cumplió el trayecto con docilidad tan inespe-rada que, para aliviarnos de una parte de nuestracarga, nos aventuramos incluso a sujetarle al lomolos atados de cañas, sobre los cuales tendimos lostrozos de búfalo salado.

Volvimos a cruzar el río sin inconvenientes, yacompañados por los acogedores sonidos de suscascadas, llegamos de vuelta al angosto paso situadodetrás de las rocas. Avanzamos con cautela y, unavez a salvo del otro lado, pensamos apresurar lamarcha para llegar antes a la choza.

Una vez respondidas las preguntas iniciales so-bre nuestra salud y seguridad, iniciamos el relato denuestras aventuras. Todos coincidieron en que

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nuestro éxito con el búfalo era la hazaña más ex-traordinaria; todos anhelaron la llegada de la maña-na, cuando podrían contemplar a satisfacción albrioso animal que habíamos traído. El día concluyócon la cena y un profundo descanso.

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CAPITULO 21EL AGUILA DE MALABAR – ABEJAS

Al día siguiente, mi esposa inició la conversa-ción contándome que los niños habían sido buenosy diligentes: que habían ascendido con ella al "CaboDesengaño" y recogido leña.

También Fritz estaba muy animado, por otromotivo: en la muñeca traía una joven ave de presade bellísimo plumaje, hallada por él en su nido, enuno de los peñascos cercanos al "Cabo Desengaño".Pese a su juventud, el ave ya tenía todo su plumaje,aunque éste no lucía aún pleno colorido. Respondíaa la descripción de la hermosa Aguila de Malabar, yyo observé con admiración que merecía ese titulo.Se considera que encontrar una de estas aves esbuen augurio. El joven búfalo comenzaba a pastar:le dimos también un poco de leche de la vaca, y po-

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cos días después lo alimentamos con un montón depapas cortadas, que devoró con voracidad.

Desde hacía un tiempo daba forma a la idea deconstruir, dentro del inmenso tronco del árbol, unaescalera de caracol, si resultaba ser hueco o yo lo-graba ahuecarlo. Como había nido hablar a los mu-chachos de un agujero en nuestro árbol, y de unenjambre de abejas que salía de él, fui a examinar siesa cavidad llegaba hasta las raíces.

Mis hijos se incorporaron y treparon como ar-dillas a lo alto de las raíces, a fin de golpear el tron-co con hachas y deducir por el sonido hasta dóndeera hueco. Pero no tardaron en pagar caro su in-tento. Todo el enjambre de abejas salió zumbandofurioso, atacó a los pequeños revoltosos y comenzóa picarlos, pegándose a sus cabellos y ropas y po-niéndolos pronto en fuga entre lastimeros gritos. Ami esposa y a mi nos costó acallarlos y cubrir suspequeñas heridas con tierra fresca para aliviar lapicazón.

Cuando mejoraron un poco, no pensaron sinoen vengarse de los insectos que tan mal los trataran,e insistieron en que yo apresurara las medidas desti-nadas a obtener posesión de su miel. Mientras tanto,las abejas seguían zumbando furiosas alrededor del

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árbol, Yo preparé tabaco, una pipa, un poco de ar-cilla, cortafríos, martillos y demás. Tomé la calabazagrande, destinada a colmena desde hacía tiempo, yle preparé un sitio clavando un trozo de maderasobre una rama del árbol. Hice un techo de paja quela protegiera del sol y la lluvia, y como todo estoocupó más tiempo del previsto, diferimos el ataquea la fortaleza hasta el día siguiente y nos dispusimosal descanso.

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CAPITULO 22EL ATAQUE A LAS ABEJAS - ESCALERA -

ADIESTRAMIENTO DE DIVERSOSANIMALES, ETC.

Por la mañana siguiente, todos se levantaron yse pusieron en movimiento casi antes de amanecer;las abejas había regresado a sus celdillas, y yo tapélas aberturas con arcilla, dejando apenas espaciosuficiente para la boquilla de mi pipa. Entoncesarrojé el humo necesario para adormecer a los pe-queños y belicosos seres, sin matarlos. Como notenía gorra con mascara, como las que suelen utili-zar los cazadores de abejas, ni siquiera guantes, talprecaución era necesaria. Al principio se oyó en elhueco del árbol un zumbido, y un rumor cómo el deuna tormenta en ciernes, que fue apagándose gra-

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dualmente. Cuando todo quedó en calma, retiré miboquilla sin que apareciera una sola abeja.

Junto con Fritz, que trepó a mi lado, nos pusi-mos entonces a cortar del árbol, bajo el agujero deentrada de las abejas, un trozo de un metro cuadra-do. Antes de separarlo por completo, repetí la fumi-gación. En cuanto supuse de nuevo adormecidas alas abejas, separé del tronco el trozo que había re-cortado, produciendo, podría decirse, el aspecto deuna ventana, por la cual podía verse el interior delárbol. Nos llenó de júbilo y asombro al mismotiempo el contemplar la obra inmensa y maravillosade aquella colonia de insectos.

Tan abundante era la provisión de cera y miel,que temimos que nuestros recipientes no alcanzarana contenerla. Todo el interior del árbol se hallabaforrado de panales perfectos, que arranqué con cui-dado y coloqué en las calabazas que mis hijos mealcanzaban sin cesar. Una vez que hube despejadoun poco la cavidad, puse las celdillas superiores,donde se habían amontonado las abejas, dentro dela calabaza que haría las veces de colmena, que co-loqué en la tabla ya instalada con anterioridad. Lue-go bajé llevando el resto de los panales, con lo quellené un pequeño barril, bien lavado previamente en

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el arroyo. Guardé alguno para regalarme durante lacena, y cubrí cuidadosamente el barril con telas ytablas, de modo que las abejas, al ser atraídas por elolor, no pudieran llegar a él.

Reunidos alrededor de la mesa, nos regalamosen abundancia con la deliciosa golosina. Después miesposa guardó el resto y yo propuse a mis hijos quevolviéramos al árbol, para impedir que las abejasvolaran al salir de su estupor, como habrían hechosin duda a no ser por la precaución que adopté decolocar en la abertura una tabla y quemar en ellaunos puñados de tabaco, cuyo humo y olor las obli-gaba a retroceder cada vez que intentaban volver.

Por fin desistieron y se adaptaron gradualmentea su nueva residencia, donde sin duda se había ins-talado su reina. Vaciamos el barril de miel en unaolla, salvo unas cuantas celdillas escogidas que con-servamos para consumo diario. El resto, mezcladocon un poco de agua, fue colocado sobre un suavefuego y reducido a una liquida consistencia, expri-mido y estrujado a través de una bolsa, y luego ver-tido de nuevo en el barril, que dejamos toda lanoche vertical y destapado para que se enfriara. Porla mañana la cera ya estaba totalmente separada, y sehabía elevado a la superficie en un bollo compacto

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que fue fácil retirar. Debajo quedaba la miel máspura, hermosa y delicada que se pueda imaginar;entonces el barril fue vuelto a tapar con cuidado ycolocado en suelo fresco, cerca de nuestros reci-pientes de vino.

Poco después de estas operaciones nos dedicar-nos a examinar -el interior del árbol. Yo lo sondeécon un palo desde el orificio que había practicado, yuna piedra atada a una cuerda nos sirvió para son-dear el fondo, calculando así la altura y profundidadde la cavidad. Para mi gran sorpresa, el palo penetrósin resistencia alguna a las ramas donde reposabanuestra morada, mientras que la piedra descendióhasta el fondo. Al parecer el tronco había perdidopor entero su médula, e internamente la mayor partede la madera.

Resolví iniciar ese mismo día nuestra construc-ción en su espacioso hueco. Al principio la tareapareció exceder nuestras facultades, pero con inteli-gencia, paciencia tiempo y una firme decisión, do-minamos todos los obstáculos.

Comenzamos a cortar en el costado del árbol,hacia el mar, un vano de dimensiones iguales a lapuerta del camarote del capitán, que habíamos reti-rado con todo su marco y ventanillas. Luego des-

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pejamos la cavidad de toda la madera podrida, ali-sando y emparejando el interior y dejando grosorsuficiente para recortar apoyaderos para la escalera,sin perjudicar la corteza. Hecho esto, instalé en elcentro el tronco de un árbol totalmente despojadode sus ramas, a fin de montar a su alrededor la es-calera de caracol. Del lado exterior de este tronco yel interior de la cavidad de nuestro propio árbolpracticamos surcos, calculados de modo que co-rrespondieran a la separación de las tablas que ha-rían de escalones. Los continué hasta llegar a laaltura del tronco a cuyo alrededor giraban. Efectué adistancia adecuada dos aberturas más, proporcio-nando así luz a toda la subida.

Practiqué asimismo una abertura cerca de nues-tra habitación que me permitirla concluir de maneramás conveniente la parte superior de la escalera.Coloqué sobre el primer tronco otro, firmementesostenido con tuercas y vigas transversales. Este,como el anterior, estaba rodeado por escalonescortados en declive; así llevamos a buen término laestupenda tarea de conducirlo hasta el nivel denuestro dormitorio. Aquí hice otra puerta que dabadirectamente a él. Para mayor solidez y mejor as-pecto, cerré con tablas el espacio entre las escaleras.

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Luego ajusté dos sogas fuertes, una que bajaba a lolargo del tronco central, la otra por el interior denuestro árbol, para tomarnos de ellas si resbalába-mos.

Después de la escalera de caracol, me ocupé so-bretodo del joven búfalo, cuya herida en el hocicoestaba ya curada, de modo que podía conducirlo avoluntad pasando por el orificio una soga o palo,como hacen los cafres. Preferí el palo, que cumplíael papel de papel de bocado, y resolví domesticar albrioso animal tanto para montar como para tiro. Yaestaba acostumbrado a los fustes, y era muy dócil enellos; pero me costó más habituarlo al jinete y so-portar la cincha que le había confeccionado con elcuero del búfalo viejo.

Hice con lona una especie de montura, que cosía la cincha, y coloqué sobre una carga que fui au-mentando gradualmente. Fui infatigable en el entre-namiento del animal, que no tardó en cargarpacientemente grandes bolsas de papas, sal y otrosobjetos.

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CAPITULO 23ASNO SALVAJE - DIFICULTADES

PARA DOMESTICARLO

Acabábamos de levantarnos una mañana cuan-do olmos a distancia dos extrañas voces, semejantesa los aullidos de bestias salvajes, mezcladas con si-seos y sonidos proferidos por algún ser a punto deexhalar el último aliento.

Consideramos prudente ponernos en situacióndefensiva: cargamos nuestras escopetas y pistolas,que colocamos dentro de nuestro castillo arbóreo, ynos preparamos a repeler vigorosamente todo ata-que hostil proveniente de ese sector. Como los au-llidos se interrumpieron un momento, descendí denuestra ciudadela bien armado y coloqué a nuestrosdos fieles guardianes sus collares con púas y susprotectores laterales.

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En ese instante se reanudaron los aullidos, casijunto a nosotros. Fritz se acercó al sitio lo más po-sible, después de escuchar con atención y expresiónansiosa, arrojó al suelo su escopeta al tiempo queestallaba en sonoras carcajadas.

-Papá ¡es nuestro asno! El desertor vuelve a no-sotros.

Poco después tuvimos la satisfacción de ver en-tre los árboles a nuestro antiguo amigo Grizzle, quese nos acercaba tranquilamente, deteniéndose devez en cuando a pastar. Pero, para nuestra gran ale-gría, lo acompañaba uno de su propia especie, debelleza muy superior, y que según advertí cuandoestuvo cerca, era un hermoso onagro, o asno salva-je, del cual ansié apoderarme.

Preparé una larga soga con nudo corredizo, unapunta de la cual até bien a la raíz de un árbol, y cuyonudo mantuve abierto mediante un palito levementeapoyado en la abertura de modo que cayera solo alser echada la soga alrededor del pescuezo del ani-mal, cuyos intentos de fuga estrecharían el nudo.También preparé un trozo de bambú de unos se-senta centímetros de largo, que partí en una punta yaté bien en la otra de modo que sirviera como pinza.

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Los dos asnos se aproximaron a nosotros. Conel nudo abierto en la mano, Fritz abandonó sigilosoel árbol tras el cual nos ocultábamos, y avanzó tantocomo se lo permitía la longitud de la soga. Al perci-bir una forma humana, el onagro se sobresaltó; re-trocedió de un salto y se detuvo luego como paraobservar al desconocido, pero como Fritz permane-ció entonces bien quieto, el animal recobró la calmay siguió pastando. Poco después, mi hijo se acercóal asno viejo esperando que la confianza que éste ledemostraría provocara un sentimiento similar en elrecién llegado.

Para ello ofreció un puñado de avena mezcladacon sal; nuestro asno corrió al instante en procurade su alimento favorito, que devoró golosamente. Elotro, que no tardó en advertirlo, se acercó levantan-do la cabeza y resoplando con vigor, aproximándo-se tanto que Fritz aprovechó la oportunidad y logrórodearle el pescuezo con la soga. Pero el movi-miento y el golpe asustaron tanto a la bestia, que sealejó inmediatamente de un brinco. Enseguida locontuvo la soga, que le oprimió el cuello de modotal que casi le cortó el aliento. No logró ir más allá y,al cabo de agotadores esfuerzos, se dejó caer alsuelo, jadeante.

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Me apresuré a aflojar la soga, impidiendo asíque el animal fuera estrangulado. Luego le pasé conrapidez sobre la cabeza el ronzal, y sujeté al nudo ami caña partida, que ajusté en la punta con braman-te. Así logré calmar la alarma inicial de aquel animalsalvaje, tal como los herradores ponen herraduras aun caballo por primera vez. Quité por entero el nu-do que parecía poner en peligrosa situación al ani-mal; con dos largas sogas, sujeté el ronzal a dosraíces cercanas a derecha e izquierda, y dejé que elonagro se recobrara.

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CAPITULO 24PRIMAVERA DESPUES DE LA ESTACION

LLUVIOSA - MINA DE SAL

Apenas logro describir nuestra alegría cuando,al cabo de muchas semanas tediosas y melancólicasde lluvia, el cielo comenzó a despejarse.

Nuestra primera visita fue a "La Carpa", dondecomprobamos que los estragos del invierno eranmás considerables aún que en el "Arroyo del Hal-cón". La tempestad y la lluvia hablan derribado lacarpa, arrastrando una parte de la lona y causandotales destrozos entre nuestras provisiones, que unagran mayoría estaba manchada de moho.

Al examinar nuestros pertrechos, nos descon-soló descubrir que la pólvora, de la cual dejara tresbarriles en la carpa, era la más perjudicada. El con-tenido de uno había quedado totalmente inutilizado.

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Me consideré afortunado de hallar el restante encondición tolerable, y de esta pérdida grande e irre-parable extraje un motivo coherente para prepararun refugio invernal donde nuestras provisiones,nuestra única riqueza, no quedara expuesta a tancruel dilapidación.

Aunque Fritz y Jack insistieron en tratar de con-vencerme para que emprendiera una excavación enla roca, no esperaba tener éxito en ella. Sin embargo,el ansia profunda de contar con una habitación mássólida que nos defendiera de los elementos me des-concertaba sin cesar, de modo que decidí por lo,menos intentar abrir un refugio.

Así, pues, partí un día acompañado por mis dos,hijos mayores, cuya madre quedaba hilando conErnest y Francis. Llevábamos zapapicos, cortafríos,martillos y palancas de hierro a fin de probar el re-sultado que obtendríamos en la roca. Elegí unaparte casi perpendicular, y mucho mejor situada quenuestra carpa. Desde allí el panorama era cautiva-dor, ya que abarcaba toda la extensión de la "Bahíade la Salvación”, las riberas del "Arroyo del Chacal"y el "Puente de la Familia". Marqué con carbón laabertura que deseábamos hacer e iniciamos la pesa-da tarea de perforar la cantera.

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Tan poco avanzamos el primer día que nos vi-mos tentados de abandonar el intento. Sin embargo,perseveramos, y mis esperanzas se reanimaron untanto cuando advertí que, al penetrar a mayor pro-fundidad, la piedra era de una textura más suave.

Al cabo de unos días de asidua labor, medimosla abertura, comprobando que ya habíamos avanza-do dos metros y medio en la roca. Yo apliqué misesfuerzos a la parte superior, a fin de agrandar laabertura. Jack, el más pequeño de los tres, pudo pe-netrar y cortar por debajo. Para ello utilizaba unalarga barra de hierro, aguzada en la punta, que im-pulsaba con un martillo para soltar de a un pedazopor vez. De pronto gritó:

-¡Está perforada, papá!Pensando que el incidente merecía atención, me

aproximé. Así la barra que seguía clavada en la roca,y moviéndola hice una abertura suficiente para per-mitir el paso de uno de mis hijos. Observé entoncesque, en efecto, los escombros caían dentro de la ca-vidad, que según calculé por la caída de las piedras,no era mucho más profunda que el sitio donde nosencontrábamos. Mis dos hijos se ofrecieron a entrary examinarla, pero lo prohibí, y hasta los hice apar-tarse de la abertura, al aspirar el aire fétido que sur-

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gía de adentro en abundancia y comenzar a sentirmeyo mismo marcado por haberme acercado en dema-sía.

-Cuidado con entrar en tales sitios -exclamé ate-rrado-, pues podrían perder la vida como conse-cuencia. Debemos encender en este hueco una ho-guera lo bastante vigorosa como para purificar elaire interior, haciéndolo apto para respirar.

Recordé entonces que habíamos traído de la na-ve un cofre lleno de granadas, cohetes y otros fue-gos artificiales. Me apresuré a buscarlo y sacar de élalgunos, junto con un mortero de hierro para arro-jarlos. Fuera de éste extendí un reguero de pólvora,cuyo extremo encendí.

Tuvo lugar una explosión generalizada, cuyo te-rrible estallido repercutió en los oscuros recovecos.Las granadas encendidas volaron por todos ladoscomo brillantes meteoros, que rebotaban y estalla-ban como brillantes meteoros, que rebotaban y es-tallaban con tremendo estrépito.

Una vez agotados nuestros fuegos artificiales,probé con paja encendida. Para nuestra gran satis-facción, los manojos que arrojamos adentro queda-ron consumidos por entero; podíamos, pues, prever

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razonablemente que nada hubiera que temer del ai-re.

Envié a Jack al "Arroyo del Halcón”, montadoen el búfalo, para que anunciara nuestro descubri-miento a su madre y hermanos, con instrucciones deregresar con ellos y trayendo todas las velillas quequedaron. Mi intención era atarlas unidas a la puntade un palo, y encendiéndolas, examinar la cavidad.

Tres o cuatro horas más tarde los vimos llegaren nuestro carro, arrastrado ahora por la vaca y elasno y conducido por Ernest. Montado sobre subúfalo, Jack iba delante, haciendo cabriolas, y so-plando a través de la mano entrecerrada para imitarun cuerno de caza.

Inmediatamente encendí algunas velillas, aunqueno juntas, como había pensado. Preferí quemara unaen su mano derecha, un útil en la izquierda, otra velaen el bolsillo, pedernal y acero; de este modo en-tramos en la roca en solemne procesión. Yo abría lamarcha, me seguían mis hijos, y la madre, con elmás pequeño, cubría la retaguardia.

Pero apenas si habíamos avanzado cuatro pasosen el interior de la gruta, cuando todo se convirtióen mas que admiración y sorpresa. Se presentabaante nosotros el más bello y magnífico espectáculo.

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Los costados de la caverna resplandecían comodiamantes; la luz de nuestras seis velas se reflejabapor todas partes y ejercía el efecto de una grandiosailuminación.

Pendían de lo alto de la bóveda innumerablescristales de toda forma y tamaño que, junto con losde los costados, formaban pilares, altares, cornisa-mentos y toda clase de figuras más.

De tan grande, el asombro de mi familia fue casiabsurdo. El fondo era plano, cubierto y una arenablanca y muy fina, y tan seco, que no pude ver enparte alguna la menor señal de humedad. Todo estome hizo esperar que el sitio fuera saludable, conve-niente y adecuado para nuestra futura residencia.

Formulé entonces una conjetura en cuanto a laíndole de las cristalizaciones que brotaban de todaspartes, y especialmente del techo. Al romper unaparte de una de ellas, comprobé con gran alegría queme hallaba en una gruta de sal fosilizada o rocosa.

A medida que avanzábamos por la gruta, se pre-sentaban notables figuras, formadas en todas partespor la materia salina: columnas que llegaban desdeel fondo hasta lo alto de la bóveda parecían soste-nerla, y algunas tenían hasta cornisas y capiteles;

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aquí y allá, masas ondulantes, que desde cierta dis-tancia se parecían al mar.

Muchos planes trazamos para convertir aquellamagnífica gruta en una mansión adecuada y acoge-dora donde morar. Algunos votaron porque nosestableciéramos inmediatamente allí, pero se lesopusieron opiniones más sagaces, resolviéndose queel "Arroyo del Halcón" seguiría siendo nuestra vi-vienda hasta fin de año.

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CAPITULO 25UNA CASA EN LA ROCA SALINA

El feliz descubrimiento de una caverna ya exis-tente en la roca había facilitado sobremanera nues-tra labor. Ya no era necesario excavar; disponía demás espacio que el requerido para construir nuestravivienda; el objetivo actual era hacerlo habitable. Elestrato superior de la roca, frente a la caverna, erablando, lo cual permitiría trabajarlo con moderadoesfuerzo. Esperaba asimismo que expuesto ahora alaire y al calor del sol, se volvería poco a poco tanduro y compacto como la primera capa, que tantotrabajo me diera.

Teniendo esto en cuenta, y mientras aún estabablando, comencé a practicar aberturas para laspuertas y ventanas delanteras. Destinado en el futu-ro el "Nido de Halcón" a refugio rural para los días

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más calurosos del verano, las ventanas de la escalerase volvían innecesarias; en cuanto a la puerta, preferífabricar una de corteza, similar a la del árbol, ya queocultaría mejor nuestra morada si en algún mo-mento éramos invadidos por salvajes. Por consi-guiente llevamos la puerta y ventanas a "La Carpa",para fijarlas de allí en adelante en la roca.

Cuando pude entrar libremente en la cavernapor un buen portal, y las ventanas le proporciona-ron iluminación suficiente, erigí un tabique paradistribuir nuestras habitaciones y otras comodida-des. La extensión del lugar ofrecía espacio de sobrapara mis fines, permitiéndome incluso dejar variossitios para depositar sal y otros artículos. Tuve cui-dado de dañar lo menos posible los adornos natu-rales de la nueva mansión familiar.

Dispuse el interior de la manera siguiente: Pri-mero distribuí un vasto espacio en dos divisiones; lade la derecha fue destinada a nuestra residencia,mientras que la de la izquierda debía contener lacocina, establos y sala de trabajo. Al fondo de lasegunda división, donde no podían colocarse ven-tanas, habría que formar la bodega y el depósito;todo separado mediante tabiques con puertas decomunicación, proporcionándonos, así, una vivien-

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da cómoda y muy agradable. El lado que destinamosa habitación quedó dividido en tres secciones: laprimera, junto a la puerta, era el dormitorio para miesposa y yo; la segunda, un comedor, y la tercera, undormitorio para los muchachos.

Dimos a la sala de trabajo, cercana a la cocina,dimensiones suficientes para emprender tareas decierta magnitud. Servía, además, para guardar nues-tro carro y trineo. Por último, los establos, divididosen cuatro compartimentos para separar las distintasclases de animales, ocupaban todo el fondo de lacaverna de ese lado. Del otro se hallaban la bodegay el polvorín.

Fácil resulta imaginar que semejante plan nopodía ser cumplido como por encanto, y que enprimera instancia nos contentamos por hacer lo másurgente, reservando lo demás para el verano. Sinembargo, la tarea avanzaba cada día sin que nos dié-ramos cuenta de ello.

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CAPITULO 26TERMINACION DE DOS CORTIJOS

UNA EMBARCACION

En su mayor parte, los árboles por mi elegidospara construir las mejoras a la granja tenían treinta ycinco centímetros de diámetro en el tronco. En és-tos tallé pequeños espacios huecos o muescas, adistancia de tres metros y medio uno sobre el otro,formando dos pisos. Hice al de arriba unos pocoscentímetros más por delante que por detrás, de mo-do que el techo sirviera en cierta medida de estante-ría. Luego introduje en las muescas vigas de diezcentímetros de diámetro respectivamente, y de esemodo formé el esqueleto de mi edificio.

Hecho esto, clavamos algunos listones de un la-do a otro, a distancias iguales entre sí, para formar eltecho; y sobre ellos colocamos, en orden matemáti-

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co, una cobertura compuesta par trozos de cortezade árbol cortados en forma de tejas y situados endeclive, para que la lluvia corriera.

Después de nuestra comida siguiente reanuda-mos con ardor la preparación de la granja, que con-tinuamos sin interrupción durante varios días.Hicimos las paredes con cañas entretejidas con lis-tones flexibles hasta dos metros de altura; el espaciorestante hasta el techo fue rodeado por un simpleenrejado, de modo que pasaran la luz y el aire. Enmedio de la fachada instalamos una puerta. Luegoordenamos el interior con toda la comodidad per-mitida por nuestro escaso tiempo nuestra renuenciaa utilizar toda nuestra madera. En la mitad de sualtura, lo dividimos por medio de un tabique en dospartes desiguales; la más grande, destinada a ovejasy cabras; la más pequeña, a nosotros mismos, cuan-do quisiéramos pasar allí algunos días. En el extre-mo opuesto del establo instalamos una casa para lasaves de corral, y sobre ella una especie de henil parael forraje. Ante la entrada colocamos dos bancospara poder descansar a la sombra de los árboles.

Nos proponíamos contentarnos por el mo-mento con esas leves insinuaciones de vivienda,examinando luego qué agregados efectuar. Ahora,

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cuanto ansiábamos era proveer refugio para nues-tros animales, favoreciendo en ellos el hábito dereunirse todas las noches en un solo sitio.

Había imaginado poder lograr lo que deseába-mos en tres o cuatro días, pero al experimentar des-cubrimos que era necesaria una semana entera.

Al día siguiente nos despedimos en silencio denuestros animales, encaminándonos hacia la emi-nencia cercana al "Cabo Desengaño". Ascendimos aella y la encontramos adecuada a nuestros deseos entodos los aspectos. Desde allí dominábamos, en unadirección, un panorama del territorio que rodeaba al"Arroyo del Halcón", y en otra, un paisaje suma-mente diversificado, que abarcaba mar, tierra y ro-cas. A una sola voz concordamos en que allídebíamos construir nuestra segunda cabaña. Cercade la cima brotaba del suelo un manantial de aguapurísima, que al fluir por su cuesta formaba en surápido curso acogedoras cascadas.

-Construyamos aquí, y bauticemos- "Arcadia"este sitio -exclamé.

Sin perder tiempo, pusimos de nuevo manos ala obra. Nuestra experiencia en la granja nos permi-tía adelantar con increíble rapidez, con un éxito máscompleto en todos sus aspectos. El edificio contenía

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un comedor, dos dormitorios, dos establos y undepósito destinado a preservar toda clase de provi-siones para hombres y animales. Hicimos el techocuadrado, con cuatro lados en declive, y todo quedóconcluido en el corto lapso de seis días, quedandorealmente con la apariencia de una casa de campoeuropea. Quedaba ahora elegir un árbol adecuadopara mi proyecto: un bote. Después de muchas bús-quedas hallé por fin uno de tamaño prodigioso,adecuado para mis fines en la mayoría de los as-pectos.

No era, sin embargo muy alentadora la perspec-tiva que se me presentaba: arrancar un trozo de lacorteza que tuviera seis metros de largo y uno y me-dio de diámetro. Entonces mi escalera de sogas meresultó muy útil. La fijamos por un extremo a lasramas más cercanas lo cual nos permitía utilizar elserrucho cuando fuera necesario a cualquier alturadel suelo. Cortamos por consiguiente el tronco enredondo en dos sitios tras lo cual quitamos un trozoperpendicular a todo lo largo entré los círculos; estonos permitiría introducir los utensilios adecuadospara levantar el resto gradualmente, hasta separarlopor entero. Una vez que aflojamos más o menos lamitad, lo sostuvimos mediante sogas y roldanas, y

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cuando por fin quedó todo despegado, lo bajamoscon suavidad, y jubilosos lo contemplamos a salvoen el suelo. Nos quedaba moldear la sustancia deacuerdo con nuestros fines, mientras siguiera siendohúmeda y flexible.

Los muchachos observaron que nos bastabaahora con clavar una tabla en cada extremo, pero yono podía satisfacerme con un bote que no era sinoun mero rollo de corteza.

Hice que me ayudaran a serrar la corteza en me-dio de ambos extremos, hasta unos metros de lon-gitud. Plegué luego estas dos partes hasta queconcluyeron en punta; les mantuve esta forma pormedio de la sólida cola que ya había preparado conriñones de solí pescado, y trozos de madera bienclavados encima. Esta operación tendió a ensancharel bote en el medio, pero contrarrestamos estoapretándole alrededor una soga, que volvió a redu-cirlo a su proporción adecuada. Así lo pusimos aendurecer y fijarse al sol. Envié a los niños a "LaCarpa" en busca del trinco, con el fin de trasladar laembarcación allí para concluirla con más comodi-dad.

En cuanto dimos cuenta de algunos asuntos ur-gentes, reanudamos la terminación del bote. En dos

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días éste recibió el agregado de una quilla, un pulcroforro de madera, un pequeño piso plano, bancos, unmástil y su vela triangular, un timón y una gruesacapa de pez por fuera.

Faltaban todavía dos meses para la estación llu-viosa, y los empleamos en completar nuestra mora-da en la gruta. Hicimos con tablas las divisionesinternas, y con piedra la que nos separaba de losestablos, para protegernos del ofensivo olor quedespedían los animales.

Enyesamos la pared de las principales seccionesde cada lado con sumo cuidado, terminándolas conla presión de una tabla lisa y chata, y por último conun gran lavado al estilo de los yeseros europeos.

Después de cenar reanudamos nuestra laborhasta medianoche, cuando encendimos velas, y co-mo sólo costaron nuestro trabajo para reunir y fa-bricar los materiales, no nos negamos el placer deutilizar muchas por vez, a fin de admirar su luz es-pléndidamente reflejada por los cristales que pen-dían en todas partes.

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CAPITULO 27EL BOTE A HELICE 0 LA MAQUINA DEREMAR - LA CAZA DE LA TORTUGA –

LA ALARMA - EL VISITANTE PELIGROSO

El final del mes de agosto fue marcado por unretorno del mal tiempo. Lluvia, vientos y truenosredoblaron con renovada furia. ¡Qué contentos esta-bamos en la vivienda que nos habíamos fabricado!Pero por fin el tiempo se asentó, se disiparon lasnubes, cesaron las lluvias y pudimos aventurarnos asalir de nuestra gruta.

Nos paseamos por el cinturón rocoso que seextendía a todo lo largo de la costa, y como necesi-tábamos libertad y ejercicio, nos complacimos enescalar los más altos picos, y en contemplar la llanu-ra que se extendía por debajo. Fritz, siempre audaz,y cuya mirada rivalizaba casi con la de su águila, se

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hallaba de pie sobre el pico cuando divisó en la is-lita de la "Bahía del Flamenco" una mancha negra,cuya índole y forma no logró determinar, pero quesupuso sería un barco hundido. Ernest, que subiótras él, lo tomó por un halcón marino. Decidí en-tonces ir a inspeccionar por mi cuenta. Nos dirigi-mos entonces a la costa, vaciamos la canoa del aguade lluvia y partimos todos, con excepción de Francisy mi esposa.

Cuanto más nos acercábamos, con mayor rapi-dez una conjetura sucedía a otra. Por fin, cuandonos hallábamos lo bastante cerca como para distin-guirla, grande fue nuestra sorpresa al ver una ballenaenorme que yacía de costado sobre la playa.

Como ignoraba si estaba muerta o dormida, nome pareció prudente acercarnos a ella sin tomarprecauciones. Por consiguiente, viramos en redondodirigiéndonos al otro lado de la isla, que no era sinoun banco de arena elevado por sobre las olas, perocubierto de hierbas y plantas salvajes donde mora-ban muchísimas aves marinas, cuyos nidos y huevoshallamos en abundancia.

La noche siguiente, mi esposa me hizo una pro-puesta que tuvo mi entusiasta aprobación: la de es-tablecer una nueva colonia en la isla de la ballena.

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-Instalaremos allí algunas aves de corral -agre-gó-; allí estarán a salvo de sus grandes azotes, losmonos y los chacales.

El proyecto de mi esposa me agradó sobrema-nera, y los niños se entusiasmaron tanto que quisie-ron partir inmediatamente a ponerlo en práctica.Pero como ya era demasiado tarde, calmé su ardormencionando un plan que proyectaba para facilitarla marcha de nuestra canoa sin necesidad de remar.

En seguida puse manos a la obra, sin otros ma-teriales que la rueda de un asador y un eje condientes de hierro sobre el cual giraba.

La máquina que construí no fue una obra maes-tra de ejecución, pero respondía muy bien a su pro-pósito. Un mango unido a la rueda ponía enmovimiento la máquina, y dos grandes trozos cha-tos de hueso de ballena, clavados en forma de cruzy fijados a cada punta del eje, semejaban las ruedasde un barco de vapor. Al dar vuelta a la manija, lasaletas del hueso de ballena golpeaban la superficiedel agua, impulsando hacia adelante la canoa. Suvelocidad era proporcional a la potencia que se im-primiera a la rueda.

Mis hijos palmotearon y brincaron de alegría alver cómo Fritz y yo poníamos a prueba nuestro in-

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vento. Yo mismo quedé atónito ante la rapidez denuestro avance. Apenas tocamos tierra cuando to-dos subieron al bote, rogándome que hiciéramosuna excursión a la isla de la ballena. Pero el día esta-ba demasiado avanzado para aceptar tal cosa, demodo que les prometí, para el día siguiente, probarnuestra embarcación con una excursión por marhasta el cortijo, de la "Colina de la Exploración",con el fin de inspeccionar nuestra colonia.

Al amanecer del día siguiente, todos estabanpreparados.

Con alegría abandonamos la costa, y la fuertecorriente del "Río del Chacal" no tardó en condu-cirnos al mar. La brisa era buena y todo prometíanavegación favorable. Pronto divisamos la "Isla delTiburón", el banco de arena donde había quedadoencallada la ballena, y tan bien funcionó nuestramáquina, que poco después nos encontramos a lavista de la "Colina de la Exploración".

Todo estaba en orden, pero lo que más nosasombró nuestra llegada huyeron por todas partes.Mis hijos quisieron perseguirlas, pero como las bar-budas damas eran mucho más ágiles que ellos, notardaron en cansarse de correrlas, y sacando delbolsillo las sogas con bolas, pronto capturaron a

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tres o cuatro de las fugitivas. Entre éstas distribui-mos algunas papas y un puñado de sal, a cambio delos cuales nos proporcionaron varios tazones dedeliciosa leche.

Mi esposa quiso llevarse algunos de los hermo-sos pollos que tanto abundaban. Un puñado dearroz y avena atrajo a nuestro alrededor a toda latribu de plumíferos; ella, eligiendo los que prefería,les ató bien las patas y los arrojó dentro de la em-barcación.

Dejando que mi esposa hiciera los preparativospara la partida, salí con Fritz en busca de caña deazúcar. También desenterré algunas raíces de esevalioso elemento para plantarlas en la "Isla de laBallena".

Al desembarcar en la “Isla de la Ballena", meocupé antes que nada de plantar las raíces que traía,pero mis pequeños acompañantes no consideraronde suficiente importancia esa tarea y corrieron a laplaya en busca de conchas. Mi buena esposa los re-emplazó, y juntos iniciamos nuestra labor. Reciéncomenzábamos, cuando Jack acudió corriendo anuestro lado, sin aliento y gritando:

-Papá, papá... ¡ven pronto; descubrí el esqueletode un mamut!

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Riendo, informé a mi hijito que su esqueleto noera sino el de nuestra ballena. Jack imploró y rogócon tanta insistencia, que por fin acepté acompa-ñarlo, pero pronto otra vez detuvo mis pasos.

-Corre, corre aquí -gritaba Fritz desde cierta dis-tancia, y agitando una mano para darme prisa-.Pronto... una monstruosa tortuga que no logramosdar vuelta.

Echando mano a dos barras, corrí lo más rápidoposible hacia aquel sitio, donde encontré a Ernestforcejando con una tortuga enorme, a la cual sujeta-ba por una pata, pero que, pese a todos sus esfuer-zos, había llegado a la orilla del mar. Llegando en elmomento preciso, entregué a Fritz una de las barrasy así pudimos dar vuelta al enorme animal.

La tortuga gigante era ahora nuestro objetivo.Mientras yacía tendida de espaldas, formamos uncirculo a su alrededor y discutimos la manera detransportarla.

-Caballeros -exclamé, golpeándome la frente-;no nos molestemos tanto; en lugar de llevar a estemonstruo, que él nos conduzca a nosotros. En elmar una tortuga constituye una excelente embarca-ción.

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Comencé por vaciar el barril de agua que ha-bíamos llevado. Luego dimos vuelta sobre sus patasa la tortuga y le atamos encima el barril, de modoque le resultara imposible hundirse arrastrándonoscon ella; una soga, pasada por un agujero que prac-ticamos en su caparazón superior, me sirvió derienda, y sin pérdida de tiempo nos embarcamostodos para emprender el regreso a casa.

Llegamos sanos y salvos, nos ocupamos antesque nada de sujetar a la tortuga reemplazando elbarril vacío mediante fuertes sogas. Pero como nopodíamos conservarla así mucho tiempo, pusimosfin a su vida la mañana siguiente, destinando suenorme caparazón a servir de tazón en nuestrafuente de la gruta.

Fritz, que con su ojo de águila estaba siemprehaciendo descubrimientos, se irguió de pronto, co-mo si lo atemorizara una polvareda que se habíalevantado del otro lado del río, en dirección al "Ni-do de Halcón".

-A juzgar por el polvo que ha levantado, hay allíun animal grande -exclamó-. Además, es evidenteque viene hacia aquí.

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-Probablemente sean dos o tres ovejas, o acasonuestra cerda, que se revuelca en la arena -sugirió miesposa.

-No, no -se apresuró a insistir Fritz-; es algúnanimal extraño. Distingo sus movimientos: se enro-lla y desenrolla alternativamente, veo los anillos quelo forman. Fíjense, ahora se levanta, y parece unmástil enorme sobre la tierra. Avanza ... se detiene ...sigue adelante, pero no distingo patas ni pies.

Corriendo en busca del catalejo que habíamosrescatado del naufragio, lo enfoqué en la polvareda.

-Lo distingo bien, es de color verdoso -continuóFritz- ¿Qué te parece, papá?

-Que debemos huir a toda velocidad y atrinche-rarnos en la gruta.

-¿Qué crees que es?-Una enorme serpiente que avanza directamente

hacia nosotros.Apresurándonos a ganar el interior de la gruta,

nos preparamos para recibir a nuestro enemigo. Erauna boa constrictor, y su avance tan veloz que ya erademasiado tarde para retirar las tablas del "Puentede la Familia".

Observando todos sus movimientos, la vimosestirarse en toda su enorme longitud junto a la orilla

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del río. De vez en cuando, el reptil llevaba del suelola parte delantera de su cuerpo, a seis metros de al-tura, y volvía la cabeza lentamente de derecha a iz-quierda como si buscara su presa, mientras de susmandíbulas abiertas brotaba el triple dardo de sulengua. Cruzando el puente, dirigióse directamentehacia la gruta. Nosotros, después de reforzar comopudimos las puertas y ventanas, subimos al palomar,para el cual habíamos hecho una entrada interna;pasamos los mosquetes por los agujeros de la puertay aguardamos al enemigo en silencio: era el silenciodel terror.

Pero al avanzar, la boa había advertido señalesde labor humana, de modo que se adelantó con va-cilación hasta detenerse a unos treinta pasos denuestro apostadero bélico, descargó su arma, dandoasí una señal en falso. Jack y Francis siguieron suejemplo, y también mi esposa hizo fuego.

El monstruo levantó la cabeza, pero ya fueraporque ningún disparo lo había alcanzado o porquesus escamas eran impenetrables a las balas, no apa-rentó haber quedado herida. Entonces Fritz y yohicimos fuego, pero sin efecto alguno, y la serpientese alejó con inconcebible rapidez hacia el pantano

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habitado por nuestros patos y gansos, entre cuyosjuncos desapareció.

La cercanía de la boa me produjo un estado deánimo nada envidiable, ya que no se me ocurría ma-nera alguna de librarnos de ella, y todas nuestrasfuerzas unidas no eran nada frente a semejanteenemigo. Di a toda mi familia indicaciones expresasde permanecer dentro de la gruta, prohibiéndolesabrir la puerta sin mi autorización.

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CAPITULO 28CONTINUA NUESTRA PRISION.

LIBERACION FINAL. LA BOACONSTRICTOR Y SU VICTIMA

El temor que nos causaba nuestra terrible vecinanos mantuvo tres días encerrados en nuestro refu-gio.

El monstruo no daba señales de su presencia, yhabríamos supuesto que se había marchado a no serporque la agitación que reinaba entre nuestros ani-males acuáticos nos aseguraba de su presencia.

Día a día aumentaba nuestra inquietud, y la in-movilidad del enemigo hacía muy penosa nuestrasituación. Yo temía que un ataque directo costara lavida de uno o más miembros de nuestra pequeñafamilia. Por otra parte, nuestras provisiones dismi-nuían a diario, pues la estación no estaba aún tan

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avanzada como para haber preparado provisionespara el invierno. En una palabra, nos encontrába-mos en la más deplorable situación, cuando el cieloacudió en nuestra ayuda. El instrumento que nospermitió liberarnos fue nuestro pobre asno viejo.

El forraje de que disponíamos en la gruta habíadisminuido mucho. Era necesario alimentar a la va-ca, puesto que contribuía en gran parte a nuestrasubsistencia, y para ello habría que quitar algo a losdemás animales. En este dilema, resolví ponerlos enlibertad, para que se procuraran su propia subsis-tencia. Pese a sus inconvenientes, era preferible estoa que muriéramos todos de hambre encerrados en lagruta. Pensé que si lográbamos llevarlos del otrolado del río, hallarían allí alimento en abundancia yestarían a salvo mientras la boa permaneciera ocultaentre los juncos. Temiendo cruzar el "Puente de laFamilia" y despertar al monstruo, decidí vadear enel sitio donde efectuáramos el primer cruce. Mi planconsistía en atar juntos a los animales. Montado ensu onagro, Fritz encabezaría la procesión, mientrasyo cuidaba de que la marcha se llevara a cabo enorden. Recomendé a mi hijo que ante el primer in-dicio de la presencia de la serpiente, huyera lo másrápido posible al "Nido de Halcón". En cuanto a

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nuestros animales, dejé a la Providencia el cuidadode protegerlos y salvarlos. Por mi parte, me propuseapostarme en una roca que me permitía vigilar elpantano, y en caso de que atacara la serpiente, refu-giarme en la gruta, donde una descarga certera noslibrarla de ella.

Pero un pequeño malentendido puso fin a todosmis planes. Mi esposa, que estaba a cargo de lapuerta, no espero mi señal y la abrió antes de quelos animales quedaran unidos. El asno, muy vivazdespués de haber descansado y comido bien du-rante tres días, traspuso la puerta como una flechaen cuanto vio un rayo de luz. Lo llamamos por sunombre, utilizamos el cuerno de pastor, pero todofue inútil: el indócil animal disfrutaba de su libertad,y como si alguna fatalidad lo impulsara, avanzabadirectamente hacia el pantano. Grande fue el horrorque heló nuestras venas cuando vimos de prontoque la espantosa serpiente surgía de entre los jun-cos. Elevó su cabeza tres metros y medio por enci-ma del suelo, agitó su lengua bifurcada y se arrastrócon rapidez hacia el asno. Advirtiendo entonces elpeligro que lo amenazaba, el pobre animal echó acorrer, rebuznando a pleno pulmón, pero ni susgritos ni sus patas pudieron salvarlo de su terrible

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enemigo, que en un instante lo atrapó, envolvió yaplastó entre sus monstruosos anillos.

Mi esposa e hijos emitieron un, grito de terror, ytodos corrimos a la gruta, desde donde podíamoscontemplar el horrible combate entre la boa y el as-no. Mis hijos querían hacer fuego para salvar al po-bre animal, pero yo se lo prohibí.

Observamos que, a medida que se comía anuestro asno, la boa perdía vigor, y que una vez quelo tragó por entero quedaba totalmente adormiladae insensible.

Viendo que el momento había llegado, exclaméentonces:

-¡Ahora, hijos míos, la serpiente está en nuestropoder!

Al acercarme al reptil, comprobé que mis supo-siciones eran acertadas, y que se trataba de la boagigante de los naturalistas. La serpiente alzó la cabe-za, me lanzó una mirada de impotente furia y la dejócaer de nuevo.

Fritz y yo hicimos fuego al mismo tiempo, ynuestras balas penetraron en el cráneo del animal,pero sin producirle la muerte. Los ojos de la ser-piente chispeaban de rabia. Nos acercamos más, y aldispararle nuestras pistolas directamente en el ojo,

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vimos que sus anillos se contraían, un leve temblorrecorría su cuerpo y quedaba muerta ante nosotrosen la arena.

-Regocijémonos por esta victoria -declaré yo-.Una vez más debemos nuestras vidas a la providen-cia divina.

Aquí concluye la primera parte del Diario.Posdata para la primera parte:

Transcurrieron en la isla cuatro años de felici-dad, en que el buen tiempo traía consigo la abun-dancia después de cada temporada lluviosa. La islaofrecía cada vez mas oportunidades de descubri-miento. Ernest encontró otra gruta, que preparóespecialmente para su madre. Fritz, Jack y Francisconstruyeron cortijos en diferentes partes de la isla,y levantaron jardines y una glorieta para su madre.Siguió luego un año triste, cuando ella enfermó defiebre durante la estación de las lluvias, de modoque al volver el buen tiempo estaba demasiado débilpara regresar a "La Carpa". Fabricaron, pues, unalitera y así la condujeron, cruzando la isla, hasta suglorieta, su gruta y los jardines.

Aquí recomienza el Diario.

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“Mis hijos ya no eran niños. Fritz se había con-vertido en un hombre fuerte y vigoroso; aunque noera alto, el ejercicio había desarrollado sus miem-bros.

"No resultará difícil imaginar que ahora mi jo-ven familia no era tan fácil de manejar como du-rante los primeros años de nuestra llegada. Mis hijossolían ausentarse durante días enteros para cazar enla selva o trepar por las rocas. Pero cuando al ano-checer volvían fatigados, aunque yo me proponíareprocharles sus vagabundeos, tenían tanto paracontarme acerca de las cosas excepcionales y extra-ñas que habían visto, que nunca me decidía a rega-ñarlos".

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SEGUNDA PARTE

CAPITULO 29UNA EXPEDICION - SUS RESULTADOS

OSOS PARDOS

El clima era delicioso; nos levantamos antes deamanecer. Mis hijos mayores recogieron las herra-mientas que podíamos necesitar, así como sus ar-mas. Yo llevaba la bolsa con provisiones.

Les propuse que buscáramos de nuestro lado unpaso alrededor de los peñascos, que nos permitierallegar al desfiladero opuesto, tomar nuestra canoa,que habíamos dejado anclada cerca de la Gran Ba-hía, y volver a "La Carpa".

Seguimos el curso de la cadena rocosa a la iz-quierda de nuestra morada. Esta nos condujo pri-mero al sitio en que desembarcáramos, esa llanura

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incultivada de forma triangular, cuya base era baña-da por el mar y cuya punta se perdía entre las peñas.

Allí intentamos en vano hallar un pasaje paracruzarlas rocas; en todas partes se alzaba la cadenacomo un muro impenetrable. Llegamos a la hondo-nada escalada por Fritz y Ernest cuando descubrie-ron su gruta. Me pareció casi imposible ascenderla.Fritz ofreció hacerlo, para demostrarme cómo lohabían logrado, pero yo consideré preferible seguirhasta el límite de la isla, donde no era imposible quehubiera en la playa un pequeño espacio, entre laspeñas y el mar, por donde pudiéramos pasar.

De pronto Fritz se golpeó la frente, y asiendopor el brazo a Ernest, exclamó:

-Hermano mío, ¡qué tontos hemos sido!-¿A qué te refieres?-Cuando trabajábamos dentro de nuestra gruta,

¿por que no intentamos practicar la abertura delotro lado? No nos habría resultado muy difícil, y deno haber bastado nuestras herramientas con un po-co de pólvora habríamos abierto una puerta. Piensaun poco, padre, en la comodidad de traer el carro,cargado con los árboles que necesitábamos, a travésde la gruta.

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-Pues aún podemos hacerlo -comentó Ernestcon su calma y seriedad habituales-. Si no hallamosotro pasaje, abriremos uno en la gruta.

Esta idea de mi hijo parecía buena. A juzgar pornuestra experiencia en "La Carpa" y la gruta, era se-guro que la cavidad en las rocas sería muy vasta, yno parecía difícil extenderla hasta el otro lado, peroalguna otra cadena rocosa, algún árbol gigantesco,alguna colina al fondo de nuestro túnel podían ha-cer inútiles todos nuestros esfuerzos.

Propuse postergar nuestra tarea hasta que hu-biéramos examinado el terreno del otro lado. Alishijos asintieron, y segulamos camino con renovadovalor, cuando de pronto nos detuvimos al ver que elmar azotaba un peñasco perpendicular de impresio-nante altura, en el cual concluía de ese lado nuestraisla y nos impedía seguir adelante. Vi que la roca nose extendía muy lejos, pero no pude imaginar cómodarle la vuelta.

Después de muchas discusiones y muchos pla-nes, Ernest propuso que nadáramos hasta las rocasdescubiertas y procuráramos pasar alrededor deellas. Fritz objetó a causa de sus armas y municio-nes, pero Ernest sugirió que la pólvora fuera guar-

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dada en los bolsillos de sus ropas, que él podría lle-var sobre la cabeza.

Con cierta dificultad, acomodamos nuestraspertenencias, y logramos llegar a la cordillera rocosaexterior sin nadar, ya que el agua no nos llegaba atapar los hombros. Allí descansamos un rato y, po-niéndonos algunas de nuestras ropas, iniciamosnuestra caminata sobre afiladas piedras que nos las-timaban los pies.

Por suerte no tuvimos que recorrer más de me-dio kilómetro, y por fin llegamos a la costa sin nin-gún incidente serio.

De aquel lado, la isla no era como cerca de laGran Bahía, sino mucho más estrecha. Cruzábamosun valle contraído, que se extendía entre la murallapétrea que dividía la isla y una cadena de colinasarenosas que ocultaban el mar y protegían del vientoal valle. Fritz y yo subimos a una de esas colinas,donde crecían unos cuantos pinos y retamas, y másallá de ellas divisamos un trecho yermo que se ex-tendía hasta el mar, donde los arrecifes de coral seelevaban hasta el nivel del agua y parecían extender-se a la lejanía en el mar.

Mis hijos me indicaron la situación exacta de lagruta, calculando por la roca de arriba, y ansiaron

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echar mano a sus herramientas para iniciar directa-mente la perforación. Luego nos abrimos paso porun cerco de árboles y arbustos que nos separaba dela roca, para poder examinarla y evaluar las dificul-tades de nuestra tarea. Como de costumbre, Jack seadelantó después de dar su arma a Ernest; Fritz, quelo seguía, se volvió de pronto hacia mí para decir-me:

-Creo que la bondadosa Naturaleza nos ha aho-rrado muchas molestias. La roca parece dividida dearriba abajo; veo al pie una especie de caverna ogruta ya preparada.

En ese momento Jack profirió un penetrantegrito y corrió a nuestro lado, lazo en mano.

Al precipitarnos con las armas listas, vimos a laentrada de la caverna dos grandes osos pardos.

Recordando haber oído decir que un agudo sil-bido los aterroriza detiene, silbé lo más prolongaday fuertemente que pude. Inmediatamente vi que lahembra retrocedía al interior de la caverna, mientrasque el macho, levantándose sobre las patas traseras,permanecía inmóvil, con las zarpas contraídas.Cuando mis dos hijos mayores le dispararon al pe-cho, el animal cavó, pero como sólo estaba herido,

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se volvió contra nosotros, enfurecido. Hice fuegopor tercera vez, rematándolo.

Para salvarnos del otro oso tuvimos que adoptarrápidas medidas. Por consiguiente avanzamos yformamos una línea de batalla ante la entrada de lacaverna. Di entonces la orden de "fuego", y los tresdisparamos al mismo tiempo nuestras armas. Unferoz bramido los hizo pensar que nuestras balashabían causado su efecto, pero para asegurarnos eimpedir al animal que escapara si aun seguía convida, juntamos ante la entrada un gran montón dehojas secas, a las cuales dimos fuego. En cuanto ar-dió, su resplandor nos permitió ver al oso tendidoinmóvil de costado. Una vez que comprobé sumuerte, lo sacamos de la caverna, demasiado oscurapara esa tarea, y me dedique a quitarle la hermosapiel.

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CAPITULO 30EL VIVAC - LAS ESTRELLAS

Agradeciendo a Dios que nos hubiera protegidode aquel peligro, reanudamos nuestra búsqueda.

El valle comenzó entonces a ensancharse, pre-sentando un aspecto más variado. Lo cruzabanhermosas llanuras o sabanas, Y bosques más vastos,que nos costó mucho atravesar, ya que las lianas ymalezas eran muy densas y enmarañadas.

Como se avecinaba el anochecer, comenzamos atemer no llegar a casa antes de la noche.

Cuando llegamos a la bahía, ya casi había caídola noche, que llega con rapidez en los países equi-nocciales. Nos vimos obligados, por lo tanto, a per-noctar al descubierto, y separados de nuestrosqueridos y ansiosos amigos de "La Carpa".

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Fritz y yo conversamos acerca de nuestros pro-yectos para abrir un túnel hasta la gruta, y de la utili-dad de un paso semejante, ya que aquel lado de laisla estaba perdido para nosotros debido a lo difícilque resultaba llegar a él.

-Y sin embargo -comenté-, a esta dificultad de-bemos la seguridad de que hemos gozado. ¿Cómosabemos si los osos. y búfalos no podrán llegar porla gruta? Confieso que no ansío sus visitas, ni siquie-ra las de los onagros. Hasta ahora hemos sido muyfelices en nuestro lado de la isla, sin que esto suceda.Hijo mío, hay un proverbio que dice: "Mejor soloque mal acompañado". No seamos demasiado am-biciosos, pues eso ha arruinado estados más gran-des que el nuestro.

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CAPITULO 31INTENTO DE REGRESO – PERDIDA DE

LA CANOA

Mientras hablábamos y admirábamos la bellezade las estrellas, éstas comenzaron por fin a extin-guirse ante la primera luz matinal. Ernest regresójunto a nosotros y despertó a Jack, que había dor-mido sin interrupción. Regresamos al paso, que a laluz del día presenta una situación más desesperadaaún que en la penumbra del anochecer. Presa deconsternación, creí advertir que nos hallábamos to-talmente encerrados de aquel lado. Me estremecí alpensar en volver a cruzar la isla para pasar del otrolado; en el riesgo que correríamos con bestias sal-vajes, y de las penurias y peligros de pasar a lo largode los arrecifes de coral.

En ese momento habría consentido de buenagana en abrir un pasaje por la gruta, a riesgo decualquier tipo de visitas, con tal de pasar y aliviar laansiedad de mi querida esposa e hijos. El paso utili-zado por Jack y yo estaba cubierto de rocas y mon-tones de tierra, que obstruían incluso el curso delarroyo. El río se había abierto un curso más ancho,mucho más lejos del anterior.

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Sugerí que si no lográbamos hallar un caminomenos peligroso, bien podíamos bajar más paraexaminarlo. Descendiendo al angosto paso, com-probamos que nuestro puente levadizo, plantacio-nes, toda la fortificación que tanto enorgullecía amis hijos, estaban destruidos. Ellos expresaron sudesilusión, pero yo les hice notar que tal defensasería siempre inútil. La naturaleza nos había pro-porcionado, una fortificación mejor de la que po-díamos erigir, corno lo experimentábamos conamargura en ese momento.

Con increíble dificultad habíamos descendidovarios metros, hundiéndonos en un suelo húmedo ypesado y viéndonos obligados a pisar sobre piedrasinmensas, cuando Fritz, que iba adelante, exclamócon alegría:

-¡El techo papá! ¡El techo de nuestro chalet! Estáentero y nos servirá de puente si logramos reco-brarlo.

-¿Qué techo? ¿Qué chalet? -pregunté atónito.-El techo de nuestra ermita, que tan bien cubri-

mos con piedras, como los chalets suizos -fue surespuesta.

Recordé entonces haber construido aquella cho-cita con corteza al estilo de un chalet suizo, ponién-

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dole techo casi plano que cubrí con piedras paraprotegerlo contra el viento. Esta circunstancia, y suubicación, lo habían salvado de la tormenta. Yo locoloqué frente a la cascada para que pudiéramos verla caída en toda su belleza, y por consiguiente unpoco apartado del paso cerrado por el derrumbe derocas. Algunos fragmentos hablan alcanzado el te-cho de la choza, donde sin duda no habríamos po-dido entrar, pero ésta quedaba en pie y su techobien firme. Logramos deslizarnos por la roca en quese apoyaba; Jack fue el primero en pararse sobre eltecho, anunciando su victoria. Fácil fue descenderdel otro lado, tomándose de los postes y trozos decorteza, y pronto nos encontramos a salvo en nues-tra propia isla.

-Embarquémonos en la canoa -exclamó Jack-.¡El mar, el mar! ¡Vivan las olas, que no son tan durascomo las piedras!

Mucho me alegré de poder conducir mi canoade vuelta al puerto de "La Carpa". Hasta ese mo-mento me lo hablan impedido nuestras importantesocupaciones, y todo favorecía el plan: el mar estabaen calma, el viento era favorable y podíamos llegar acasa antes y con menos fatiga que por tierra. Bor-deamos la Gran Bahía hasta el bosque de palmas

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reales. Tan bien había amarrado la canoa a una delas palmeras, que estaba seguro de encontrarla allí.Pero al llegar al sitio, la canoa no estaba. Aun sedistinguía en el árbol la marca de la soga que la su-jetaba, pero la embarcación había desaparecido to-talmente.

-Algún animal ... los chacales ... acaso un monola hayan desatado -sugirió Jack-, pero no puedenhaberse comido la canoa.

Y no logramos hallar rastros de ella, como tam-poco de la escopeta que Fritz dejara en su interior.

Tan extraordinaria circunstancia me dio muchoque pensar. Sin duda algunos salvajes, desembarca-dos en nuestra isla, se habrían llevado la canoa. Nolo dudamos más cuando descubrimos en la arena lashuellas de pies descalzos... Fácil será creer que mesentí inquieto y agitado.

Me apresuré a encaminarme hacia "La Carpa",desde donde nos hallábamos ya a más de tres leguasde distancia. Prohibí a mis hijos que mencionaran asu madre este hecho, o nuestras sospechas.

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CAPITULO 32AMARGO DESENGAÑO EN "LA CARPA”

No urdamos en llegar al "Puente de la Familia"donde esperaba encontrar a Francis, y acaso a sumadre, pero quedé desengañado: no estaban allá.Pensaba en cambio encontrarlos en la glorieta: tam-poco allí estaban. Me apresuré a entrar en la casa,llamando en voz alta:

- ¡Elizabeth! ¡Francis! ¿Dónde están?Nadie contestó.-Estarán en la gruta -sugirió Ernest.-O en el jardín -agregó Fritz.Estas eran posibilidades. Mis hijos volaron en

todas direcciones en busca de su madre y hermano.Yo me sentí imposibilitado de moverme, y tuve quesentarme. Temblaba, y mi corazón latía con tal vio-lencia que casi me impedía respirar.

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Poco después regresaban mis hijos, temerosos yconsternados. No tuvieron necesidad de comuni-carme el resultado de su búsqueda, ya que lo advertíen seguida, y desplomándome sin movimiento, ex-clamé:

-¡Ay! No están.Jack fue el último en volver, y en un estado es-

pantoso. Venía de la costa y arrojándose en misbrazos sollozó:

-Han estado los salvajes y se han llevado a ma-má y a Francis... acaso los hayan devorado, vi en laarena huellas de sus horribles pies, y las de los za-patos de nuestro querido Francis.

Este relato me impulsó inmediatamente a reco-brar las fuerzas y entrar en acción, diciendo:

-Vamos, hijos míos, volemos en su ayuda. Diosse apiadará de nuestro dolor y nos socorrerá.

No tardaron un momento en aprestarse. Perome dominó un pensamiento angustioso. ¿Se habríanllevado la pinaza? En tal caso toda esperanza estabaperdida. Alterado como estaba, a Jack no se le habíaocurrido fijarse en esto, pero en cuanto lo mencio-né, Fritz y él corrieron a cerciorarse de tan impor-tante circunstancia. Mientras tanto, Ernest, mesostenía y procuraba tranquilizarme.

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En mi mente pareció penetrar un rayo de espe-ranza cuando oí que mis hijos se acercaban excla-mando:

-¡La pinaza está aquí! ¡No se la han llevado!Agradecí con fervor a Dios esa especie de mila-

gro, puesto que aquel lindo navío era más tentadorque la canoa.

Aunque impartí a mi hijo mayor la idea de queacaso estuvieran ocultos en alguna parte de la isla,no me atreví a confiar en tan dulce esperanza. Fi-nalmente, como no podíamos arriesgarnos a aban-donarlos si se encontraban todavía allí, y acaso enpoder de los salvajes, consentí a que mis dos hijosmayores fueran a comprobarlo.

En cuanto éstos se alejaron, hice que Jack mecondujera a la costa, donde había visto las huellas,para poder examinarlas y calcular su cantidad yrumbo. Hallé muchas muy nítidas, pero tan mezcla-das, que no pude llegar a ninguna conclusión defi-nitiva. Algunos se hallaban cerca del mar, con el piedirigido hacia la costa, y entre éstas creyó Jack po-der distinguir la que correspondía al zapato deFrancis.

También mi esposa Elizabeth calzaba botasmuy livianas, que yo había confeccionado para ella.

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No logré descubrir los rastros de éstas, pero prontocomprobé que había estado allí al encontrar un tro-zo de su delantal, hecho con su propio algodón yteñido de rojo. Ya no me quedaban dudas de queestaba en la canoa, con su hijo.

Seguro ya de que no se encontraban en la isla,aguardé impaciente el regreso de mis hijos, mientrasefectuaba todos los preparativos para nuestra parti-da. Lo primero en que pensé fue en el cofre rescata-do del naufragio y que me proporcionaría mediospara apaciguar a los salvajes y rescatar a mis seresqueridos. Le agregué todo lo que pudiera tentarlos:utensilios y algunas chucherías.

Volví luego mis pensamientos hacia los que mequedaban. En bolsas y calabazas, llevé toda nuestraprovisión restante de pan de cazabe, raíces de man-dioca y papas; un barril de pescado salado, dos bo-tellas de ron y varios frascos de agua potable.

Durante estas ocupaciones, el tiempo transcu-rrió con celeridad; llegó la noche sin que mis hijosregresaran. ,Al cabo de veinte horas de espantosoterror, oí el estampido de un arma... uno solo, ¡ay!Era la señal acordada si volvían solos. Al correr a suencuentro los hallé abrumados por el cansancio y lacongoja.

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Me rogaron que partiéramos inmediatamente,sin perder un precioso instante, seguros va de quelos desaparecidos no se encontraban en la isla.

Con renovado coraje, me encaminé hacia la en-senada donde estaba nuestra pinaza, sobre la cualJack cargo todo lo que llevábamos. Salimos reman-do y, una vez en la bahía, celebramos consejo paradeterminar por dónde iniciaríamos nuestra búsque-da. Yo pensé en regresar a la Gran Bahía, de dondese habían llevado nuestra canoa; mis hijos, por elcontrario, opinaban que los salvajes, satisfechos consu adquisición, regresaban a sus hogares costeandola isla cuando una desdichada casualidad había con-ducido a mi esposa e hijo a la costa, donde aquélloslos vieron y se los llevaron. En el peor de los casos,nos llevarían un día de ventaja, pero eso bastabapara colmarnos de espantosas premoniciones. Cedía la opinión de mis hijos, que tenían de su parte mu-cha razón; además, el viento era favorable en esadirección, de modo que, encomendándonos a DiosTodopoderoso, desplegamos nuestras velas ypronto nos encontramos en mar abierto.

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CAPITULO 33VIAJE EN LA PINAZA

Un suave viento henchía nuestras velas, y la co-rriente nos conducía con rapidez hacia mar abierto.Me instalé entonces al timón, y mis dos hijos mayo-res, dominados por la fatiga, y a pesar de sus angus-tias, cayeron en profundo sueño apenas se sentaronen el banco.

Al amanecer comprobamos que estábamos yalejos de nuestra isla, que parecía ahora una meramancha negra. Como Fritz y Jack, fui de opiniónque sería aconsejable dar la vuelta alrededor de ellay probar fortuna en la costa opuesta; pero Ernest,que no abandonaba su catalejo, aseguró que veíatierra en una dirección que nos indicó. Tomando elinstrumento, no tardamos en convencernos de queacertaba.

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Como aquella parecía la tierra más cercana anuestra isla, supusimos que acaso los salvajes hubie-ran conducido allí a nuestros cautivos.

Poco a poco fuimos distinguiendo con claridadla isla donde queríamos llegar; algunas aves, quevinieron a posarse en nuestras velas, nos dieron es-peranzas de llegar antes de que anocheciera, pero depronto se levantó una densa niebla que nos ocultótodo objeto, incluso el mar mismo, de modo tal queparecíamos navegar entre nubes.

Me pareció prudente echar el ancla, ya que porfortuna contábamos con una bastante sólida, pero elagua parecía ser tan poca que temí la proximidad derompientes. Aguardé ansioso a que se disipara laniebla, permitiéndonos ver la costa. Finalmente éstase convirtió en una densa lluvia, de la cual nos re-sultó difícil protegernos. Sin embargo, la pinza teníauna media cubierta, bajo la cual nos guarecimos.

La oscuridad aumentó con rapidez, hasta hacer-se total, por lo que supusimos que era de noche.

Como la lluvia había cesado, salí a encender unaluz, pues quería colgar del mástil la linterna encen-dida, cuando Ernest, que se hallaba en cubierta,gritó:

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-¡Padre, hermanos, vengan! ¡El mar está incen-diado!

Y en efecto, hasta donde alcanzaba la mirada, lasuperficie del agua parecía estar en llamas. Aquellaluz, del rojo más brillante y fogoso, llegaba hasta laembarcación y nos rodeaba. Era un espectáculo tanbello como impresionante.

Jack preguntó con seriedad si no existirla unvolcán en el fondo del mar, y yo lo asombré muchodiciéndole que aquella luz era causada por un tipode animales marinos que en su forma se asemejabana plantas.

-Y esto que con tan bellos colores resplandeceen el mar, es denominado pyrosoma -agregó Ernest-.Mira, aquí hay algunos que recogí en el sombrero.Puedes verlos moverse.

Por unos instantes nos olvidamos de nuestrostristes pensamientos, pero un comentario de Jacknos devolvió a ellos sin tardanza.

-Si Francis pasó por aquí, cuánto lo habrán di-vertido estos extraños seres, aunque sé que temeríatocarlos, y ¡qué miedo tendría mamá!

-Ruego a Dios que volvamos a verlos prontojunto con ella y Francis -repuse yo.

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Todos dijimos "amén", y al amanecer, decidi-mos levar el ancla y tratar de hallar un paso por en-tre los arrecifes para llegar a la isla, que yadistinguíamos con nitidez, y que precia ser una costaincultivada y rocosa. Volví a ocupar mi puesto altimón, mis hijos echaron mano a los remos y avan-zamos con cautela, sondeando a cada minuto.

El mar estaba en perfecta calma. Después de unleve refrigerio, seguimos adelante, sin dejar de ob-servar los alrededores por si aparecía alguna canoade los salvajes. Pero no. No tuvimos la suerte dehallar ningún rastro de nuestros seres queridos, nisíntoma alguno de que la isla estuviera habitada.Mientras buscábamos hallamos una pequeña bahía,que nos recordaba a la nuestra. A ella nos dirigimos,y después de instalar en la ensenada nuestra nave,nos pusimos a estudiar los medios para explorartoda la isla.

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CAPITULO 34DESEMBARQUE Y EXPLORACION

No desembarqué en aquella costa desconocidasin gran emoción. Acaso la habitaba una raza bárba-ra y cruel; casi dudaba de que fuera prudente arries-gar así a los tres hijos que me quedaban en labúsqueda riesgosa e incierta de nuestros seres que-ridos.

Jack quería lanzarse inmediatamente a buscar,pero yo lo contuve hasta que dispusiéramos nues-tros planes. Aconsejé que dos de nosotros quedaranvigilando la costa, mientras los otros dos penetra-ban en el interior. Lo primero de determinar era sila isla estaba habitada, cosa fácil de lograr trepandoa algún árbol y observando si se velan rastros de losnativos, alguna choza u hoguera. Quienes descu-brieran algo debían informar inmediatamente a los

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demás, para que pudiéramos ir juntos a rescatar anuestra gente.

Todos querían formar parte del grupo expedi-cionario. Por fin Ernest aceptó quedarse conmigopara vigilar si llegaba alguien por mar.

Fritz y Jack, los más activos, visitarían el interiorde la isla, para volver con información lo antes posi-ble. Para que estuvieran preparados por cualquieremergencia, les di una bolsa de caza llena de jugue-tes, chucherías y monedas, destinados a complacer alos salvajes.

En cuanto se perdieron de vista, Ernest y yo nosdedicamos a ocultar en todo lo posible nuestra pi-naza. Bajamos los mástiles y con gran cuidado es-condimos bajo la cubierta el cofre anterior connuestros tesoros, provisiones y pólvora. Con grandificultad, porque el agua estaba baja, llevamos lapinaza detrás de una roca, que la ocultaba por com-pleto del lado de tierra.

Ernest sugirió que la cubriéramos por enterocon ramas de árboles, de modo que pareciera unmontón de arbustos. Inmediatamente nos pusimos acortarlas con dos hachas que hallamos en el cofre, ya las que nos apresuramos a colocar mangos.

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Yo había dado órdenes a mis hijos de que regre-saran antes de la noche, y si se presentaba la menoresperanza, uno de ellos debía correr a toda veloci-dad para anunciarla.

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CAPITULO 35MAS DESDICHAS

Tan quieto se hallaba todo a nuestro alrededor,y tan totalmente oculta quedó nuestra pinaza bajo sutoldo de vegetación, que no pude sino lamentar elno haber acompañado a mis hijos. Aunque ya erademasiado tarde, mis pasos se encaminaron invo-luntariamente hacia la ruta que les había visto tomar,mientras Ernest se quedaba buscando curiosidadesnaturales entre las rocas. De pronto me detuvo ungrito:

-¡Papá, una canoa, una canoa!-Ay, ¿no es la nuestra? -exclamé, precipitándome

a la costa, donde en efecto divisé, más allá de losarrecifes, una canoa, aparentemente tripulada porisleños, fáciles de distinguir por su oscura tez.

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La embarcación no se parecía a la nuestra; eramás larga y angosta, y parecía compuesta por largastiras de corteza.

Cuando pasó frente a la parte de la isla en quenos encontrábamos, gritamos a pleno pulmón; lossalvajes nos contestaron con espantosas vocifera-ciones, pero sin demostrar intención alguna de acer-carse a nosotros o entrar en la bahía. Por elcontrario, siguieron adelante con gran rapidez, sincesar en sus gritos. Enmudecido por la emoción, yolos seguí con la vista hasta donde pude, por que, sila imaginación no me engañaba, distinguía débil-mente una forma de tez más clara que los oscurosseres que lo rodeaban, aunque no pude ver sus ras-gos ni su ropaje.

Más activo que yo, Ernest había subido a unbanco de arena, donde, con su catalejo, podía vermejor la canoa. Después de verla perderse tras unapunta de arena, descendió casi tan agitado como yo.Corrí a su encuentro diciendo:

-Ernest, ¿era tu madre?-Padre, la verdad es que no logré distinguir nada

-contestó él-; ni siquiera con el catalejo, Ya que pa-saron con tanta rapidez. Pero se me ocurre una idea:soltemos la pinaza y vayamos en pos de la canoa. La

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vela nos permitirá avanzar con mayor rapidez queellos; los alcanzaremos detrás del cabo, y entoncespor lo menos saldremos de dudas.

Vacilé, pensando en que mis hijos podrían vol-ver, pero Ernest me hizo ver que no haríamos otracosa que cumplir los deseos de Fritz; además, tarda-ríamos poco en regresar. Agregó que no demora-ríamos mucho en sacar la pinaza.

Yo lo ayudé lo más activamente posible, aunqueno de buen ánimo, pues me inquietaba abandonar amis hijos. Con frecuencia interrumpí mi labor paraechar una ojeada al interior de la isla, en la esperan-za de verlos. Por fin divisé con claridad una figuraque se aproximaba con rapidez.

-Aquí vienen -exclamé, adelantándome seguidopor Ernest, cuando vimos una figura oscura que seacercaba.

-No te alarmes, padre; soy yo, tu hijo Fritz.-¿Es posible? ¿Puedo creerlo? ¿Y Jack? ¿Qué

has hecho con mi Jack? -inquirí.Ernest nada preguntó: bien sabía él, por haberlo

visto con su catalejo, que era su querido hermanoJack quien iba en la canoa con los salvajes, aunqueno se había atrevido a decírmelo. Me sentí en ago-

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nía. Fritz, abrumado por la fatiga y la pena, se des-plomó al suelo.

Le rogué entonces que me dijera si los salvajeshabían asesinado a mi hijo querido. Me aseguró queno estaba muerto, sino que aquéllos se lo habíanllevado. Ernest me contó entonces que lo habíavisto en la canoa, aparentemente sin ropas, pero noteñido de negro como lo estaba Fritz.

-Ojalá lo hubiera estado, puesto que a ello atri-buyo rni fuga -explicó Fritz-. Pero agradezco sin-ceramente a Dios que lo hayas visto, Ernest. ¿Haciadónde fueron esos monstruos?

Ernest señaló hacia el cabo, y Fritz rogó que nosembarcáramos sin demora para tratar de rescatar asu hermano.

-¿Y nada has oído de tu madre y Francis? -quisesaber.

-Nada, aunque creí reconocer en la cabeza de unsalvaje un pañuelo de nuestra querida madre -fue larespuesta-. Les contaré mi aventura durante el tra-yecto... Papá querido, ¿me perdonas?

-Sí, hijo mío, te perdono y compadezco, pero¿estas seguro de que mi esposa y Francis no se en-cuentran en la isla? -pregunté.

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-Segurísimo. En verdad, la isla está totalmentedeshabitada. Llené mi bolsa de fruto de pan, que escuanto nos hará falta; pongámonos en marcha.

Con tanto ahínco trabajamos, que en un cuartode hora habíamos retirado las ramas y la pinazaquedaba lista para transportarnos. El viento era fa-vorable para conducirnos hacia el cabo por dondese alejaron los salvajes; izamos la vela y yo ocupé mipuesto al timón; el mar estaba sereno y la luna nosiluminaba el trayecto.

Después de encomendarnos a la protección deDios, pedí a Fritz que iniciara su triste relato.

-Fuimos llenos de esperanza y valor y en el ca-mino vimos loros y toda clase de pájaros de esplén-dido plumaje. No vi ninguna choza, ninguna clasede vivienda, ni nada que pudiera indicar que la islaestaba habitada, como tampoco la menor aparienciade agua pura. Pero si no vimos viviendas, descu-brimos a menudo rastros de los salvajes. Los dosansiábamos encontrarnos con alguno, a quien pu-diéramos tratar de explicar, mediante signos, a quie-nes buscábamos. Yo sólo temía que mi ropa y elcolor de mi piel pudieran asustarlos. Mientras tantoJack, que con su temeridad habitual, había trepado ala copa de uno de los árboles más altos, anunció:

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“Fritz, prepara tus signos, los salvajes desembarcan.¡Oh!, ¡qué seres negros y feos son, y casi desnudos!Deberías vestirte como ellos para trabar amistad.Puedes teñirte la piel con esto", agregó, arrojándo-me una fruta de color purpúreo oscuro. Yo asentíinmediatamente. Él bajó del árbol mientras me des-vestía y, con su ayuda, me teñí de pies a cabeza, talcomo me ven. Jack me ayudó entonces a ponermeuna especie de tánica hecha con hojas grandes. Qui-se luego disfrazarlo de igual manera pero él noaceptó aduciendo que yo lo protegería si los salvajespretendían devorarlo. Cómo ya se hallaban cerca,nos adelantamos; Jack me seguía con mi atado deropas bajo el brazo. Yo llevaba al hombro mi bolsade piel de canguro llena de pólvora y provisiones;me alegre de ver que la mayoría de los salvajes ves-tían ropas hechas con el mismo, material, puestas engeneral sobre los hombros como un manto; pocosde ellos vestían otras ropas, salvo uno, que parecíaser el jefe y llevaba puesta una túnica de juncos ver-des, bien entretejidos. Tratando de recordar todaslas palabras del lenguaje de los salvajes que conocía,dije al principio "Tayo, tayo", No sé si me entendie-ron, pero me prestaron mucha atención, confun-diéndome evidentemente con un salvaje. Sólo uno

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pretendió apoderarse de mi arma, pero yo la sujetécon firmeza y él, a una orden del jefe, retrocedió.Miraban sin cesar a Jack mientras repetían: "Tomaiti tata". Jack imitaba todos sus movimientos yhacia muecas, lo cual parecía divertirlos. Yo habíaobservado que el que parecía ser el jefe cubría sucabeza con un pañuelo que me recordaba mucho alque solía lucir mi madre. Acercándome a él, le toquéel pañuelo, diciéndole expresivamente: "Metiua ai-nemere, et tata frere". Agregué, señalando el mar:“Tay canot". Pero, ¡ay!, no parecieron comprendermis palabras. El jefe, creyendo que yo pretendía ro-barle su pañuelo, me rechazó con rudeza. Entoncesquise retirarme, e indiqué a Jack que me siguiera,pero cuatro isleños lo aprisionaron, le abrieron lachaqueta y la camisa y gritaron al unísono: "Alea teatata". En un instante los salvajes lo desvistieron, y sepusieron de manera extravagante sus ropas y lasmías. Jack, imitando sus contorsiones, recuperó deuno de ellos su camisa, se la puso y comenzó a dan-zar, indicándome que hiciera lo mismo, y repitiendocomo si cantara: "Huye Fritz, mientras yo los entre-tengo; más tarde escaparé y pronto estaré contigo".En ese momento recordé la bolsa de juguetes y chu-cherías que tú me diste, y que habíamos dejado irre-

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flexivamente bajo el árbol grande junto al cual medesvestí. En el mismo tono, dije a Jack que iría en subusca si él lograba distraer a los salvajes hasta miregreso, asegurándole que sería muy pronto. Mealejé a toda velocidad y hallé mi bolsa muy biencustodiada por cierto, padre, ya que me sorprendí alencontrar a mis dos fieles perros, Turco Y Flora,sentados sobre ella.

-¡Flora! -exclamé- ella acompañó al cautiverio ami querida esposa e hijo. Deben estar en esta isla...¿por qué la abandonamos?

-Padre querido, ten por seguro que no están allí,pero estoy convencido de que esos sujetos que sellevaron a Jack tienen cautivos a mamá y a Francis;por eso debemos perseguirlos cueste lo que cueste.Deduje que el jefe que se apoderó del pañuelo de mimadre hizo lo mismo con su perro, trayéndolo enexcursión, y que aquí se encontró con su amigoTurco, que se había alejado de nosotros. Despuésde acariciar a Flora, recobré mi bolsa y corrí a todavelocidad hacia el sitio en que mi hermano Jack seesforzaba por distraer a los bárbaros. Al acercarmeoí sus gritos de alarma... gritos pidiendo ayuda ydirigidos a mí. Volé hasta llegar allí, y entonces lo viatado con una especie de soga resistente, hecha de

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tripa. Tenía las manos sujetas a la espalda, los piesatados, y esos hombres crueles lo llevaban hacia sucanoa, mientras él gritaba: “Fritz, Fritz, ¿dónde es-tás?" Desesperado, me arrojé sobre los seis hom-bres que se lo llevaban. En el forcejeo mi arma, quetenía en la mano, se enganchó en algo y se disparóaccidentalmente, y... ¡oh, papá, herí a Jack! No sécómo sobreviví a su grito de "¡Me has matado!" Ycuando vi correr su sangre, me abandonaron lossentidos, y me desmayé. Al recobrarme estaba solo,pues se lo habían llevado. Me levanté y, siguiendolos rastros de su sangre, llegué sin dificultad a lacosta en el momento en que se embarcaban. Diosme permitió verlo de nuevo, apoyado en uno de lossalvajes, y hasta oí su débil voz que gritaba: "Con-suélate, Fritz, no estoy muerto; solamente herido enel hombro. Apresúrate a volver junto a papá, y losdos. . . " La canoa se alejó con tal rapidez, que nopude oír más, pero adiviné el resto de la frase: "Losdos vendrán a rescatarme" . Pero ¿habrá tiempo?¿Curarían su herida?. Oh, padre, ¿qué he hecho?

Ernest procuró consolar a su hermano dicién-dole que una herida en el hombro no era peligrosa,y que sin duda los salvajes se proponían curársela,pues de lo contrario lo habrían abandonado para

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que muriera. Un tanto reconfortado, Fritz me rogóque le permitiera bañarse, despojándose así del te-ñido que ya le resultaba odioso por pertenecer aesos odiados bárbaros.

Recordé entonces preguntarle qué se había he-cho de su arma, y lamenté oírle decir que se la ha-blan llevado mientras yacía sin sentido.Consideraba, por su parte, que les resultaría inútilporque, afortunadamente, le hablan dejado la bolsade municiones. Sin embargo, Ernest lamentó la pér-dida que significaba para nosotros, puesto que era latercera que perdíamos; en efecto, la que dejáramosen la canoa se hallaba también en poder de los sal-vajes. También echábamos de menos los perros, delos cuales Fritz no pudo dar razón; supusimos quehablan seguido a los salvajes o se hallaban todavíaen la isla. Fue este un nuevo pesar; toda clase dedesdichas parecían acumularse sobre nosotros.

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CAPITULO 36BAJIO DE BALLENAS - PERSIGUIENDO

A LOS SALVAJES

Fritz nadaba ahora muy adelante de nosotros,sin dar señales de dar la vuelta, lo cual me indicóque se proponía llegar hasta el sitio en que habíaperdido de vista a los salvajes, para ser el primeroen descubrir y socorrer a su hermano. Aunque eraexcelente nadador, se distanció tanto que me alarmémucho.

Aumentó sobremanera este temor un ruido ex-traño que oíamos cada vez más cerca; el de una es-pecie de tempestad submarina.

Aterrado ante este fenómeno, grité a Fritz quevolviera, y aunque era casi imposible que mi voz loalcanzara, lo vimos nadar hacia nosotros con todassus fuerzas. Ernest y yo aplicamos toda nuestra po-

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tencia en remar a su encuentro, de modo que notardarnos en llegar a su lado. En cuanto saltó a bor-do, exclamó con voz ahogada y señalando las mon-tañosas olas:

-¡Son enormes monstruos marinos, ballenas, meparece! ¡Son inmensas! ¡Nos van a tragar!

-No, no te alarmes -le dijo Ernest, sereno-; laballena es un animal manso e inofensivo, cuando nose lo ataca.

Fritz empuñó el remo sin demorar en vestirsemientras que yo, al timón, conducía lo mejor posibleentre aquellos monstruos, que pese a su aspecto sonlos animales más mansos que existen. Nos permitie-ron pasar tan de cerca, que nos humedeció el aguaque arrojaban, y podríamos haberlos tocado; ellos.que podrían haber volcado nuestra embarcacióncon un coletazo, no nos miraron siquiera, satisfe-chos al parecer con su mutua sociedad.

Luego que rodeamos la bahía, no descubrimosrastros de seres humanos, aunque sí rebaños de leo-nes marinos. Como era de noche cuando entramosen la bahía, todos dormían, pero producían un rui-do ensordecedor con su respiración.

En aquella costa desierta no había árboles ni ro-cas donde sujetar la pinaza, pero con gran deleite

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hallamos a corta distancia de nuestro desembarca-dero una canoa de corteza, que según aseguraronmis hijos, era la utilizada por los salvajes para lle-varse a Jack. Entramos en ella, pero al principiosólo vimos los remos; sin embargo, Ernest descu-brió por fin, en el agua que había llenado la canoa,parte de un pañuelo manchado de sangre, que reco-nocieron como perteneciente a Jack.

Resolvimos continuar nuestra búsqueda por elinterior del territorio, siguiendo las huellas de lossalvajes. No veíamos rastro alguno de los pies deJack, lo cual nos habría alarmado de no haber suge-rido Fritz que acaso lo llevaran alzado debido a suherida.

Nos disponíamos a partir, cuando se nos ocu-rrió pensar en la pinaza. Era más necesario quenunca protegerla, puesto que contenía, además denuestros bienes destinados al rescate, nuestras mu-niciones y provisiones todavía intactas.

Apesadumbrado, decidí dejar solo a Ernest paraque protegiera la nave. Su serenidad habitual dismi-nuía el peligro de un encuentro suyo con los nati-vos. Sabía varias palabras de su lenguaje, y habíaleído algo acerca del modo de dirigirse a ellos ytranquilizarlos. Prometio ser prudente, cosa que su

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hermano mayor no podía ser. Tomando la bolsa dejuguetes traída por Fritz, los dejamos en el cofre porsi resultaban necesarios, y rogando al Cielo queprotegiera a mi hijo, nos separamos de él.

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CAPITULO 37UN MISIONERO DE DIOS

Después de andar durante un rato por una lla-nura arenosa sin encontrar ser viviente, llegamos aun espeso bosque, donde perdimos los rastros quecon tanto cuidado seguíamos. Nos vimos obligadosa guiarnos por el azar, sin mantener una ruta esta-blecida, sino avanzando según nos lo permitían lasramas entretejidas. Por fin pasamos por un verdebosquecillo hasta llegar a una árida llanura que seextendía hasta la costa.

Allí volvimos a descubrir numerosas huellas depisadas, y las observábamos cuando vimos pasarrápidamente una canoa grande llena de isleños. Estavez creí reconocer la canoa fabricada por nosotros yque nos habían robado.

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Procurábamos desandar camino cuando vimosa corta distancia a un hombre que se acercaba a no-sotros, vestido con una larga túnica negra y en quienreconocimos inmediatamente a un europeo.

-O mucho me engaño -comenté-, o es este unmisionero, un meritorio servidor de Dios.

Al salir a su encuentro, comprobé que no meequivocaba. El desconocido me interpeló en inglés,y en tono suave y tierno.

-Ustedes son las personas a quienes busco, yagradezco al Cielo el haberlos encontrado. Deduzcoque este jovencito es Fritz, su hijo mayor, pero...¿dónde quedó el segundo, Ernest?

-Reverendo -exclamó Fritz, tomándole las ma-nos---, usted ha visto a mi hermano Jack, acaso a mimadre. ¿Sabe dónde están? ¿Viven?

-Sí, viven y están bien cuidados -repuso el mi-sionero-; vengan y los llevaré junto a ellos.

Mis primeras palabras fueron de agradecimientoa Dios por su misericordia. Luego imploré a mibuen amigo que me dijera si de veras volverla a vera mi esposa e hijos. Me aseguró que con una horade caminata llegaría a su lado.

-Pero antes dígame, se lo ruego, ¿cómo estáJack? -interrumpió Fritz-. Estaba herido y ...

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-Tranquilízate, hijo mío -insistió, mi clérigo-; laherida, que él confiesa debido a su propia impru-dencia, no tendrá malas consecuencias.

-Señor, ¿le habló de nosotros mi hermano?-Sí, pero yo ya tenía noticias de usted, puesto

que tu madre hablaba sin cesar de su marido e hijos.¡Qué mezcla de alegría y dolor sintió ayer por la no-che, cuando los salvajes le llevaron a su queridoJack, herido! Por fortuna me hallaba yo presente,para consolarla y socorrer a su hijo.

-¡Y el buen Francis, cuánto le habrá regocijadovolver a ver a su hermano! -intervine.

-Francis será el protector de todos ustedes -son-rió el misionero-. Es ahora el ídolo de los salvajes.Cuando lo capturaron, el pequeño Francis tenía enel bolsillo su caramillo de cañas, y con su música yencantadores modales los ha cautivado tanto, queme temo que se resistan a prescindir de él. El reyansía adoptarlo... Pero no te alarmes, hermano; es-pero que con la Divina ayuda podré arreglarlo todopara bien. Tengo cierta ascendencia sobre ellos y laaprovecharé. Hace un año no podría haber respon-dido por la vida de los prisioneros; ahora los creo asalvo... ¡Pero cuanto hay que enseñar todavía a estossencillos hijos de la Naturaleza, que sólo escuchan

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su voz y se dejan llevar por cualquier impresión! Susprimeros impulsos son buenos, pero son tan vaci-lantes que sus afectos pueden convertirse súbita-mente en odio; son propensos al robo, violentos ensu cólera, y sin embargo, generosos y afectuosos.Verán un ejemplo de esto en la morada en que unamujer más desdichada que su esposa, puesto queperdió a su marido, ha encontrado asilo.

Guardó silencio y yo no lo seguí interrogandosobre este tema. Nos acercábamos al brazo de maren que habíamos dejado la pinaza, y ya tranquilo encuanto a los demás, comencé a inquietarme única-mente por Ernest. Las colinas nos ocultaban de aratos el agua; Fritz, ansioso por avistar a su herma-no, subió a ellas, y de pronto lo oí gritar:

-¡Ernest, Ernest!Le contestaron gritos, o mejor dicho aullidos,

entre los cuales no logré distinguir la voz de mi hijo.Dominado por el terror, dije al misionero:

-Son isleños, y esos gritos espantosos...-Son de alegría, que aumentará cuando los vean

-contestó él-. Este sendero nos conducirá a la cos-ta... Llame a Fritz, aunque no lo veo; sin duda habrábajado a reunirse con ellos. No tema, recomiendeprudencia a sus hijos.

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Nos dirigíamos a la costa cuando a cierta dis-tancia divisé a mis dos hijos en la cubierta de la pi-naza, cubierta de isleños a quienes distribuían lostesoros del cofre, o por lo menos los que habíamosapartado en la bolsa. No habían cometido la impru-dencia de abrir el cofre mismo, que pronto habríaquedado vacío y que seguía oculto bajo la cubierta,junto con el barril de pólvora. A cada nueva adqui-sición, los salvajes proferían gritos de júbilo, repi-tiendo "mona, mona", lo cual significaba"hermoso”.

Las cuentas de cristal coloreado eran las prefe-ridas, pero la distribución ocasionó muchas dispu-tas. Quienes no hablan obtenido ninguna pretendíadespojar a otro de ellas por la fuerza. Aumentabanlos clamores y reyertas, cuando se oyó la voz delmisionero, que los calmó como por encanto.

Abandonando la embarcación, todos fueron areunirse a su alrededor. El los arengó en su propialengua, señalándome y nombrándome como "metoutane", vale decir, "padre", lo cual ellos repitierona su vez. Algunos se me acercaron y frotaron la na-riz contra la mía, en muestra de respeto, según meinformó el sacerdote.

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Mientras tanto, Fritz informaba a Ernest el ha-llazgo de su madre y hermanos, y de que quien nosacompañaba era un europeo.

Temeroso de que mi esposa se agitara si nosveía de pronto, pedí a nuestro nuevo amigo que seadelantara y la preparara. El aceptó, pero cuandosubía a bordo, lo detuvieron de pronto los nativos,uno de los cuales le habló un rato. El misionero loescuchó con calma y dignidad hasta que concluyó, yluego se encaró conmigo para decirme:

-Hermano, deberás contestar por mí el pedidode Parabery, que en nombre de todos pide que espe-remos un momento, ya que Barauru, como se le lla-ma, los ha reunido aquí para una ceremonia a la cualtodos sus guerreros deben concurrir.

El señor Willie, pues así se llamaba, se enterópor Parabery de que cuando vimos pasar la canoade los nativos, éstos iban en busca de su rey. La vi-vienda real se hallaba situada del otro lado del pro-montorio, y pronto oímos un jubiloso grito queanunciaba el regreso de la canoa.

Mientras los salvajes se preparaban para recibira su jefe, yo entré en la pinaza, bajé detrás de la cu-bierta y saqué del cofre lo que consideraba más ade-cuado para ofrecer a su majestad. Elegí un hacha, un

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serrucho, un pequeño sable ornamentado, casi ino-fensivo; un paquete de clavos y otro de cuentas decristal. Acababa de apartar estos objetos cuando mishijos corrieron a mi lado, muy excitados y gritandoa un tiempo:

-¡Mira, padre, mira! ¡Reúne toda tu fortaleza ymira! Allí está Francis en persona, en la canoa. ¡Quéropaje extraño lleva!

Al fijarme, vi a cierta distancia nuestra canoa,que ascendía el estrecho; la decoraban ramas verdesque los salvajes integrantes de la guardia del reysostenían en la mano; otros remaban con vigor,mientras el jefe, quien lucia como turbante un pa-ñuelo rojo y amarillo perteneciente a mi esposa, ibasentado en la popa, con un hermoso niño de cabellorubio sobre el hombro derecho.

-Es mí hijo -exclamé aterrado, dirigiéndome alseñor Willis-. ¡Se lo han quitado a su madre!

-No tema, no le harán daño ---aseguró el misio-nero-. Le prometo que se lo devolverán y podrá lle-varlo de nuevo junto a su madre. Colóquese a milado, con estas ramas en las manos.

Recibió algunas de Parabery, que sostenía unmanojo de ellas, y nos dio una a cada uno. Los sal-vajes también tomaron una. Provenían de un árbol

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de hojas esbeltas y elegantes, así como bellas floresde color escarlata, una especie de mimosa, que losindios llaman árbol de la paz.

Mientras el misionero Willis nos explicaba esto,llegó la canoa. Dos salvajes recibieron sobre sushombros a Francis, otros dos hicieron lo mismocon el rey y avanzaron hacia nosotros con gravedad.¡Me costó contenerme para no arrancar a mí hijo desus portadores y abrazarlo!

Un tanto alarmado por su posición, Francis te-nía los ojos bajos, y por ello no nos había visto aún.A pocos metros de nosotros, los que llevaban al reyse retuvieron y todos los salvajes se postraron anteél. Sólo nosotros permanecimos de pie.

Entonces Francis nos vio y lanzó un penetrantegrito, llamándonos:

-¡Padre! ¡Hermanos míos!Y forcejeó por bajarse de los hombros de sus

portadores, pero éstos se lo impidieron. Tendiendolos brazos, le dije:

-Querido Francis, vinimos en busca tuya y de tumadre; al cabo de tantos peligros, pronto nos reuni-remos para no separarnos más. Pero tranquilízate,hijo mío, y no arriesgues con impaciencias la felici-

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dad de ese momento. Confía en Dios, y en este buenamigo que El nos ha enviado.

Entonces lo saludamos con las manos, y él sequedó quieto, aunque lloraba en silencio, murmu-rando nuestros nombres.

-Padre, Fritz, Ernest... háblenme de mamá -dijopor fin.

-No sabe que estamos tan cerca de ella -repuse-.¿Cómo la dejaste?

-Muy angustiada porque me llevaban, pero nome han hecho daño... son muy bondadosos, ypronto iremos todos junto a ella.

-Cuéntame algo de Jack -pidió Fritz-. ¿Cómo si-gue su herida?

-Oh, bastante bien -replicó él-. Ya no le duele, ySofía lo cuida y Matilde lo entretiene. ¡Cómo habrállorado la pequeña Matilde cuando los salvajes mellevaron! Padre, ¡si supieras qué amable y buena es!

No tuve tiempo para preguntar quiénes eran So-fía y Matilde. Me habían permitido que hablara conmi hijo a fin de tranquilizarlo, pero entonces el reyordenó silencio, y siempre elevado sobre los hom-bros de sus súbditos, comenzó a arengar a los reu-nidos.

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Era un hombre de edad mediana y rasgos nota-bles. Sus gruesos labios, su cabello teñido con pin-tura roja, su rostro pardo oscuro, tatuado en blancolo mismo que su cuerpo, le daba un aspecto formi-dable. Sin embargo, su aspecto no era desagradableni anunciaba ferocidad.

El rey tenía la cabeza cubierta con el pañuelo demi esposa, que yo ya había reconocido; llevaba elcabello ornamentado con plumas, pero se las quitócasi todas para adornar a mi hijo, a quien situó a sulado y señaló con frecuencia durante su discurso.

Cuando terminó, los salvajes rodearon a mi hijoentre gritos y palmoteos, bailando y ofreciéndolefrutas, flores y conchas, mientras gritaban “¡Curaki!”junto con el rey.

-¿Qué significa Curaki? -pregunté al misionero.-Es el nombre de su hijo, o mejor dicho, del

hijo de Barauru, que acaba de adoptarlo -fue la res-puesta.

-Jamás -exclamé, precipitándome adelante-.¡Muchachos, a rescatar a vuestro hermano de estosbárbaros!

Y nos abalanzamos hacia Francis que, llorando,nos tendía los brazos. Los salvajes intentaron con-tenernos, pero en ese momento el misionero pro-

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nunció con voz sonora ciertas palabras. Ellos sepostraron inmediatamente de bruces y así no tuvi-mos dificultad en rescatar al niño.

Willis hizo señas a los salvajes de que se levan-taran, tras lo cual les habló un rato. Cuando conclu-yó su discurso, se acercó Barauru, quien intentóapoderarse de Francis, pero éste se arrojó en misbrazos y yo lo sujeté con firmeza.

-Suéltelo ahora, y nada tema -indicó Willis.Cuando soltó al niño, el rey lo levantó, apretan-

do su nariz contra la suya. Luego lo dejó en el suelo,le quitó las plumas y el collar con que lo había ador-nado y volvió a colocarlo en mis brazos, mientrasfrotaba también mi nariz y repetía varias palabras.En mi primera emoción, me arrojé de rodillas, imi-tado por mis dos hijos.

-Todo está bien -exclamó el misionero-, ele-vando de nuevo manos y ojos-. El rey, convencidode que esta es la voluntad de Dios, le devuelve suhijo y quiere que usted sea su amigo.

Rogué al señor Willis que dijera al rey que le re-galaba mi canoa, y que lo invitaba a visitamos ennuestra isla, donde regresábamos. Este se mostrócomplacido y quiso acompañarnos hasta nuestrapinaza, que pareció admirar sobremanera. Algunos

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de sus hombres nos siguieron a bordo para remar,mientras que los demás se instalaban en las canoas.Pronto volvimos al mar, y doblando por la segundapunta, llegamos a un brazo de mar mucho más an-cho y lo bastante profundo para nuestra pinaza, quenos condujo al objeto de nuestras esperanzas.

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CAPITULO 38JUBILOSA REUNION - EMBARQUE YLLEGADA A LA ISLA, Y REGRESO A

"LA CARPA”

Poco después llegamos al sitio en que los tripu-lantes de las canoas habían ya desembarcado. Nosdisponíamos a imitarlos, pero el rey no parecía in-clinado a dejar la pinaza, sino que seguía hablandocon el misionero. Yo temía aún que pretendieraconservar a Francis, a quien mantenía constante-mente sobre la rodilla. Pero por fin, para mi granalegría, lo puso en mis brazos.

-Cumple la palabra que le dio -comentó Willis-.Puede llevarlo junto a su madre, pero pide a cambioque le permita ir en su pinaza hasta su morada delotro lado del estrecho, para mostrársela a las muje-res, y promete devolvérsela.

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Accedí, aunque esto presentaba una dificultad.Si decidía quedarse con ella, ¿cómo íbamos a vol-ver? Además, contenía nuestro único barril de pól-vora y los objetos que destinábamos al trueque.¿Cómo evitar que fueran hurtados?

El señor Willis, confesando no haber podidocurarlos aún de su afición al robo, sugirió, comoúnico medio de aseguramos, que yo acompañara alrey y trajera de vuelta la pinaza, para entregarla alcuidado de Parabery, de cuya honestidad él se res-ponsabilizaba.

Hubo aquí otro retraso: tan avanzado estaba eldía que quizá no pudiera volver antes de la noche.Además, aunque mi esposa ignoraba nuestra cerca-nía, sabía que se habían llevado a Francis y sin dudaestaría muy inquieta por él. Como Barauru parecíaimpaciente y era necesario contestarle, decidí ense-guida. Entregué a Francis al misionero, rogándoleque lo llevara junto a su madre, y que la prepararapara nuestra llegada, explicándole la causa de nues-tro retraso. Luego pedí a mis hijos que me acompa-ñaran.

Willis comunicó al rey que en gratitud a él y parahonrarlo, yo y mis hijos queríamos acompañarlo.Muy halagado, éste hizo que mis hijos se sentaran

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uno a cada lado suyo, procuró pronunciar sus nom-bres y terminó intercambiándolos en muestra deamistad: llamó a Fritz, "Bara", a Ernest, "Uru", y a símismo, "Fritz-Ernest". Cuando nos dejaron el señorWillis y Francis, nos entristecimos al verlos alejarsehacia donde se centraban todos nuestros anhelos,pero la suerte estaba echada. El rey dio la señal departida, las canoas abrieron la marcha y nosotros lasseguimos.

Una hora más tarde divisábamos el palacio real.Este era una choza bastante grande muy bien cons-truida con bambúes y hojas de palmera Sentadasfrente a ella, varias mujeres se afanaban en tejer lascortas polleras de caña que todas vestían.

Cuando desembarcamos a cien metros de lachoza, las mujeres fueron a recibirnos llevando encada mano una rama de la mimosa. Luego ejecuta-ron una danza muy singular, entrecruzando los bra-zos y sacudiendo los pies, pero sin moverse dellugar; acompañaban esto con un canturreo salvajenada musical. Complacido, el rey llamó a sus espo-sas e hijas para presentarles su "tayo", "Bara" y"Uru", llamándose a sí mismo "Fritz-Ernest". Des-pués entró a tomar parte de la danza, arrastrando

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consigo a mis hijos, quienes se arreglaron bastantebien.

Una vez concluido el baile, las mujeres se retira-ron a la choza, de donde volvieron para ofrecernosuna colación, servida en cáscaras de cocos. Era unaespecie de pasta, compuesta según creo por dife-rentes tipos de frutas, mezcladas con una harina yleche del coco.

Detrás de la choza se extendía un bosque depalmeras y otros árboles, que permitían reaprovi-sionarnos con rapidez. Hubo tiempo aún para quemis hijos corrieran a la pinaza, custodiada por Para-bery, y sacaran del cofre algunas cuentas, espejos,tijeras, agujas y alfileres para distribuir entre las da-mas.

Cuando éstas trajeron la fruta recogida, hice se-ñas a Barauru para que las llevara a ver la pinaza. Ellas llamó y ellas lo siguieron con timidez, sometién-dose en todo a sus deseos.

Yo me dirigí hacia la embarcación, donde mishijos distribuyeron sus obsequios entre las mujeres,que aunque no se atrevían a expresar su deleite, lodemostraban en su actitud. Inmediatamente comen-zaron a adornarse con sus regalos, valorando enespecial los espejos.

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Por fin se dio la señal para nuestra partida y yofroté la nariz del rey con la mía. A mis regalos agre-gué un paquete de clavos y otro de botones dora-dos, que dio muestras de codiciar. Luego subí abordo y guiados por el buen Parabery, nos dirigi-mos a la parte de la costa donde residían los seresqueridos a quienes tanta ansiaba ver.

Favorecidos por el viento, llegamos sin demoraa la orilla de donde habíamos partido, donde en-contramos a nuestro excelente misionero esperán-donos.

-Vengan a recibir ahora su recompensa -dijoéste-. Tu esposa e hijos te esperan con impaciencia;habrían venido a vuestro encuentro, pero ella estádébil aún y Jack dolorido ... Vuestra presencia notardará en curarlos.

Yo me sentí demasiado afectado para contestar.Fritz me dio el brazo, tanto para sostenerme comopaya abstenerse de adelantarse. Ernest hizo lo mis-mo con Willis, y este quedo complacido con sucortesía, advirtiendo también su inclinación por elestudio, que procuro estimular. Tras media hora decaminata, el misionero anunció que nos encontrá-bamos cerca de nuestros buenos amigos. Yo no veíaseñales de vivienda alguna, nada más que árboles y

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rocas, hasta que al fin divisé entre los árboles unaleve humareda, y en ese momento Francis, que nosestaba esperando, corrió a nuestro encuentro.

-Mamá los espera- declaró mientras nos indica-ba el camino por un bosquecillo de arbustos lobastante denso como para ocultar por entero la en-trada a una especie de gruta.

Tuvimos que agacharnos para entrar en ella.Una estera de juncos, que cubría la entrada, permitíasin embargo el paso de la luz. Francis la quitó lla-mando:

-¡Aquí están, mamá!.Una dama que aparentaba unos veintinueve

años de edad, y de aspecto suave y placentero, salióa recibirme Vestía una bata hecha con hojas de pal-mera cosidas, que le llegaban de la garganta. a lospies, dejándole al descubierto los hermosos brazos.Llevaba el rubio cabello peinado en trenzas y sujetoalrededor de la cabeza.

-Bienvenidos -exclamó, tomándome la mano-,serán ustedes los mejores médicos para mi pobreamiga. Al entrar, vi a mi querida esposa sentada enun lecho de musgo y hojas. Lloraba a mares y meseñalaba a su querido hijo, que estaba a su lado.

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También una niña de once o doce años procurabalevantarlo, diciendo:

-Jack, aquí están tu padre y hermanos. Eres felizal tener lo que yo no tengo, pero tu padre será elmío, y tú, mi hermano.

Jack le agradeció afectuosamente, Fritz y Ernest,arrodillados junto al camastro, abrazaron a. su ma-dre.

En cuanto a mí, me cuesta describir mi gratitudy agitación. Apenas si pude pronunciar una palabradirigida a mi esposa, quien a su vez se desplomó ensu lecho, dominada por la emoción. La mujer, quesegún supe luego era la señora Hirtel, acudió en suayuda.

Al recobrarse, Elizabeth me presentó a la señoraHirtel y sus dos hijas. La mayor, Sofía, atendía aJack, mientras Matilde, que tenía unos once años,jugaba con Francis, y el buen misionero, de rodillas,agradecía a Dios por habernos reunido.

-Y para siempre -exclamó mi esposa---. No vol-veremos a separarnos más... Esta querida amiga haaceptado acompañarnos a la Isla Feliz, como piensollamarla si logro regresar a ella con todos los queamo en el mundo. Miren lo que he obtenido de mispenurias: una amiga y dos queridas hijas.

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Todos quedamos encantados con este arreglo, einsistimos ante el señor Willis para que nos visitaraa menudo y fuera a vivir en la Isla Feliz cuando secompletara su misión. El contestó:

-Aceptaré si vienen a ayudarme en mis tareas,para lo cual ustedes y sus hijos deberán aprender ellenguaje de estos isleños. Estamos mucho más cercade su isla de lo que ustedes suponen, porque vinie-ron por una ruta muy indirecta. Parabery, que cono-ce el camino, asegura que con viento a favor hay unsolo día de viaje. Me dice, además, que tanto leagradan ustedes, y pide que obtengan vuestra auto-rización para acompañarlos y permanecer a vuestrolado. Les será sumamente útil... les enseñará el len-guaje y será un medio de comunicación directo en-tre nosotros.

De buena gana accedí a llevarnos a Paraberycomo amigo. Pero aún no era tiempo de pensar enla partida, pues el señor Willis deseaba tener algu-nos días más a Jack a su cuidado. Por consiguiente,dispusimos que mis dos hijos y yo pasaríamos a sersus huéspedes, ya que su choza quedaba a cortadistancia de allí.

Al anochecer tuvimos el agrado de ver quenuestros valientes perros entraban en la gruta. Salta-

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ron sobre nosotros de tal modo que al principioaterró a las pobres muchachas, pero no tardaron enreconciliarse con ellos al ver cómo nos agasajaban,nos lamían las manos y pasaban de uno a otro paraque los acariciáramos.

Por fin llegó el día de la partida. Jack tenía elhombro casi curado, y mi esposa había recobradolas fuerzas junto con su felicidad. Bien custodiadapor Parabery y sus amigos, la pinaza no sabia sufri-do daño alguno. Distribuí entre los isleños todo loque poseía y que pudiera complacerlos, e hice queParabery los invitara a ir a visitarnos en nuestrasislas, pidiéndoles que tuviéramos relaciones amisto-sas. El señor Willis, que ansiaba mucho ver esto,completó nuestra felicidad al prometer acompañar-nos y pasar algunos días con nosotros. Parabery seofreció a traerlo de vuelta cuando quisiera.

Así, pues, nos embarcamos, no sin despedirnosde Barauru, quien fue muy dadivoso en sus regalos,pues además de toda clase de frutas nos obsequióun excelente cerdo asado.

Eramos en total catorce; dieciséis contando am-bos Perros. Nos acompañaba el misionero y un jo-ven isleño que Parabery había buscado para quefuera su criado, porque la edad y sus ocupaciones le

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impedían proveer a sus propias necesidades. Estejoven era bien dispuesto y nos tenía mucho afecto;Parabery se lo llevó para que lo ayudara a remar alregreso.

Tras siete u ocho horas de viaje, llegamos al"Cabo Desengaño", y decidimos que en adelante labahía se denominaría "Bahía del Feliz Regreso".

Pese a que mi esposa se lo había descripto,nuestros huéspedes comprobaron que nuestra vi-vienda excedía en mucho sus previsiones. La ausen-cia parecía haberlo mejorado todo, y confieso queme costó contenerme de manifestar mi alegría tanalocadamente como mis hijos.

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CAPITULO 39CONCLUSION

Aquí debo poner fin a mi Diario. Difícilmentepodríamos ser más felices de lo que somos, Y nome preocupan mis hijos. Tan aficionado es Fritz a lacaza y la mecánica, y Ernest al estudio, que no que-rrán casarse, pero me complazco en esperar quealguna vez veré a Jack y Francis unidos y felices conSofía y Matilde.

Agregaré solamente que, después de pasar unosdías con nosotros, el misionero Willis regresó a sustareas, prometiendo visitarnos y eventualmente reu-nirse con nosotros. Preparada por Fritz y Parabery,la Gruta resultó una linda morada para la señoraHirtel y sus hijas, así como para los dos isleños.

Nuestras tareas están equitativamente distribui-das. Fritz y Jack dirigen el Comité de Obras. Han

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abierto un paso en la roca que nos separaba del otrolado de la isla, duplicando así nuestro dominio ynuestras riquezas; al mismo tiempo han preparadopara la señora Hirtel una vivienda cercana a lanuestra, de la misma excavación en el peñasco.

Varias familias de nativos, discípulos del señorWillis, han obtenido por su intermedio autorizaciónpara reunirse con nosotros, y se han instalado en el"Nido de Halcón" y en la granja. Nos ayudan a cul-tivar el suelo, y nuestro querido misionero a cultivarnuestras almas.