las ultimas banderas angel maria e lera

Download Las ultimas banderas   angel maria e lera

Post on 11-Aug-2015

15 views

Category:

Education

1 download

Embed Size (px)

TRANSCRIPT

  1. 1. La primera novela que trat en Espaa la Guerra desde el punto de vista republicano fue obra de ngel Mara de Lera (Baides, 1912-Madrid, 1984), que ya haba escrito Los clarines del miedo (1958). Las ltimas banderas (1967), Premio Planeta de ese ao, la protagoniza el capitn republicano Federico Olivares, que abandona la lucha ante la derrota. Sufre a sus propios partidarios y rechaza la posibilidad de huir. Lejos de su familia, su amante, Matilde, le propone salvarse con los nacionales. Olivares prefiere ingresar en prisin.
  2. 2. ngel Mara de Lera Las ltimas banderas ePUB v1.0 Sergio2R23.01.13
  3. 3. Ttulo original: El ttulo del libro ngel Mara de Lera, 1967. Diseo/retoque portada: Sergio2R Editor original: Sergio2R (v1.0) ePub base v2.1
  4. 4. En recuerdo de mi madre y de todas las madres espaolas que lloraron la guerra civil.
  5. 5. Veris llanuras blicas y pramos de asceta no fue por estos campos el bblico jardn: son tierras para el guila, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Can. Antonio Machado
  6. 6. I Al pasarse los dedos por la revuelta cabellera, son un lejano caonazo y Federico sorprendi en el espejo cmo se movan sus labios al decir: Ya estn zumbando sos como todas las tardes aadiendo despus de una mirada a su reloj de pulsera: Claro, es su hora. Haba abierto el grifo del agua mientras tanto y comenz sus abluciones entre resoplidos. No te entretengas mucho dijo entonces una voz de mujer en la
  7. 7. habitacin inmediata. Se me est haciendo tarde. Sigui un breve silencio y, mientras se secaba con la spera toalla, Federico volvi a hablar: No te apures. Te llevar en el folitre. Ni hablar! Prefiero el metro. No me digas Por qu, Matilde? Pues porque te estarn esperando abajo tus compaeros y no me hace gracia verme entre tantos hombres. Es que se han metido alguna vez contigo? volvi a preguntar Federico con el peine en alto, mirndose sus
  8. 8. propios ojos en el espejo. No, claro que no. Pues entonces Que no me gusta ir en pandilla, vaya. Est bien, mujer. Como t quieras. Volvieron a resonar los cristales con las explosiones, y Federico exclam: Parece que estn hoy ms furiosos que nunca. Y abandon el cuarto de bao encogindose de hombros y murmurando: No s cundo se van a enterar de que as no conseguirn nunca nada. Eso de bombardear la Gran Va a la salida
  9. 9. de los cines Matilde, que se deslizaba de la cama, le interrumpi: Es la guerra, hombre. Ya. sa es la manera de justificarlo todo, no? Los pies desnudos de Matilde buscaban a tientas los viejos zapatos sobre la alfombrilla. Haber pensado eso antes de liaros la manta a la cabeza. Quines, nosotros? Matilde se echaba sobre los hombros el rado abrigo de pao color marrn. Vosotros y ellos.
  10. 10. Federico la vio correr despus, escalofriada, hacia el cuarto de bao. Le sonri al pasar junto a l y el hombre advirti, una vez ms, la graciosa imperfeccin de aquellos dos dientes superiores, un poco separados, y la fuerza expresiva de sus oscuros ojos. Lentamente, empez a vestirse los pantalones de jamn. Sus altas botas militares aguardaban, tiesas, junto a una butaca, donde fue a sentarse despus de tirarse de la entrepierna hacia arriba. Entonces se oyeron los resoplidos y los grititos entrecortados de Matilde bajo el chorro de agua fra de la ducha, que no cesaron hasta que l termin de calzarse.
  11. 11. La noche se asomaba por el balcn de la gran alcoba, que daba a una calle estrecha. Sus cristales, opacos por la suciedad y los papeles engomados que los cuadriculaban y que pendan ya como pingajos, haban ennegrecido completamente. No resplandeca ms luz que la de la lamparita de noche, demasiado dbil ya contra las sombras que brotaban de los rincones, y Federico antes de encender la lmpara central, cerr las contraventanas y corri los ajados cortinajes cuyas argollas oxidadas chirriaron sobre la barra de latn. Desde donde estaba recorri todo con la vista: el armario de luna
  12. 12. entreabierto, el tocador, las dos butaquitas, las mesitas de noche y, por ltimo, el gran lecho de metal blanco, sobre el que se vean algunas prendas de Matilde. Son, vibrante, el timbre del telfono y Federico se dirigi lentamente hacia la mesita de noche donde descansaba, y descolg el auricular. Escuch unos segundos y luego replic: Bien. Ahora bajo. Es cosa de diez minutos e iba a colgar, pero se detuvo para preguntar: Pero estis todos? Que no ha llegado todava Casanova? Pues como se ande con bobadas va a
  13. 13. tener que volver a pie al frente. Despus de dejar el telfono fue hasta la puerta del cuarto de bao y dio en ella con los nudillos. Date prisa, Matilde, que ya me est esperando el folitre. En seguida salgo y tiritaba al decirlo. Pero no entres. Federico sonri levemente, pero apenas dur en sus labios el brillo de la sonrisa. Al mirar de nuevo en derredor, su rostro, atezado por la intemperie, se ensombreci. Haban cesado los disparos de can y, asimismo, los ruidos en el cuarto de bao. Un silencio triste, srdido y friolento pareca
  14. 14. bostezar en la habitacin. Muebles y enseres denotaban descuido y vejez. Durante tres aos, nada se haba renovado, ni repuesto, ni arreglado all. Quines habran pasado por all en tantas noches de angustia y de zozobra? Federico tom del armario la guerrera de pequeas solapas. Despus de abrochrsela, sacse el abierto cuello de la camisa militar y se ci el correaje, del que penda la funda con su Star 7,65. Por ltimo, cogi el capote y la gorra de plato, que dej sobre la cama. An se volvi a mirar en el espejo para echar una ltima mirada a su atuendo mientras se lustraba con la
  15. 15. bocamanga el huevo frito, la insignia que indicaba su adscripcin a los servicios de Estado Mayor. Sus tres barras doradas de capitn bajo la estrella roja de cinco puntas, tenan ya deslucido, y hasta deshilachado, el hilo de oro. A tus rdenes, mi capitn! Federico se volvi. Ante l estaba Matilde, sonriente, oliendo toda ella a jabn de tropa. Era muy delgada, pero con todos los perfiles de mujer bien marcados. Se haba pintado un poco los labios, lo que haca resaltar ms an la palidez del semblante y el sombro resplandor de sus ojos. Quiso abrazarla,
  16. 16. pero ella se le escurri de entre los brazos, diciendo: Espera a que termine de vestirme. Estoy lo que se dice heladita. Con estas duchas de agua fra que te pegas, no me extraa que tengas fro, ni que cualquier da agarres una pulmona dijo l, muy serio. Y qu se le va a hacer, hijo! No va una a dejar de asearse porque ya no sepamos ni cmo es el agua caliente y Matilde introduca ya la cabeza por el tubo del vestido. Tienes razn, pero No te preocupes, hombre. Esto ya no puede durar mucho. Federico no
  17. 17. replic y ella, mostrando la cara por el escote del vestido, pregunt: No te parece? La guerra est dando las boqueadas. Es lo que dice todo el mundo, hasta los ms responsables. S? Me gustara saber quines son esos tipos mascull l. Mandamases. Yo no oigo otra cosa desde que el Gobierno se march a Francia. Mandamases y Federico se volvi de espaldas para recoger el capote y la gorra. Matilde, que segua de reojo todos sus movimientos, insisti: Y qu piensas t? Pero l le
  18. 18. pregunt: Has terminado ya? No. Estoy esperando que me contestes. Federico se volvi y ambos se miraron fijamente. Luego, l se acerc a ella, dejando antes otra vez sobre la cama el capote y la gorra, y le puso las manos sobre los hombros. No quiero ni pensarlo, sabes? murmur: Est bien, pero eso no resuelve nada, Federico. Y qu tengo yo que resolver? Los ojos del capitn parecan traspasarla, como si tratasen de ver algo
  19. 19. ms all de ella y de las paredes de la habitacin, y Matilde apart sus ojos de los de l y comenz a alisarse las arrugas del vestido. Es algo en lo que no quiero pensar todava, entiendes? dijo l, aadiendo: No me gusta la guerra. Nunca me ha gustado, pero he tenido que hacerla, que es lo ms triste, y ahora Matilde busc sus ojos. Te duele, verdad? le interrumpi. Que si me duele? No lo sabes t muy bien. Entonces, ella dijo dulcemente: Lo que yo quiero es que me des tu
  20. 20. palabra de que no vas a hacer una tontera y se abraz a l. No tengas miedo. Todava no se ha perdido la guerra y Y si estuviera ya perdida, Federico? insisti Matilde. T eres demasiado inteligente para creer que la situacin puede cambiar de la noche a la maana por una especie de milagro. Adems, t no crees en milagros, no es as? Federico sonri y le acarici los hmedos cabellos. Sin embargo, Matilde, hubo una vez un milagro en el que no tuve ms remedio que creer. Un milagro del
  21. 21. pueblo. Nunca se me olvidarn aquellos das de noviembre. Matilde movi lentamente la cabeza. No, Federico, no. T sabes muy bien que esas cosas no pueden repetirse, porque son milagros, por eso mismo. Quin sabe! Y, bueno, qu entiendes t por hacer una tontera? Hacerte matar a ltima hora y los ojos de Matilde se oscurecieron an ms. Aunque no sea por m, por tu madre y por tu hermana, por ti mismo! T vales ms que todas las guerras del mundo. Federico la estrech fuertemente. Ella todava temblaba, de fro y de
  22. 22. congoja, y l la retuvo apretada hasta que sinti que se calmaba un poco. Entonces dijo: No he pensado nunca en eso, de verdad. Somos muchos todava para dejarnos coger como conejos. En el peor de los casos, siempre quedar, pienso yo, un boquete por donde escapar. Pero t no has hecho nada malo para tener que huir Te parece poco estar tres aos pegando tiros contra ellos? Bueno, eso no importa. Lo que yo quiero decir es que t no te has metido con nadie. Federico le pas las yemas de sus
  23. 23. pulgares por los prpados y le sec las dos lgrimas que asomaban por ellos. Mira, an no se ha dicho la ltima palabra. Queda tiempo. Hay mucho que hablar todava, comprendes? Ojal pudiramos estar juntos todo ese tiempo! Pero ahora tengo que marcharme. Y eso es lo malo, por lo menos para m. Se separ