hirschman. auge y ocaso de la teoría económica del desarrollo

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AUGE Y OCASO DE LA TEORÍA ECONÓMICA DEL DESARROLLO* Albert O, Hirschman (Instituto de Estudios Avanzados, Princeton, Nueva Jersey) La economía del desarrollo es un campo de investigación relativamente joven. Nació apenas hace una generación, como una subdisciplina de la ciencia económica, mientras varias otras ciencias sociales la observaban a cierta distancia con escepticismo y envidia. Los años cuarenta, y sobre todo los años cincuenta, fueron testigos de una proliferación notable de ideas y modelos fundamentales que habrían de dominar el nuevo campo y generar controversias que contribuyeron en gran medida a su vitalidad. En esa época de notable efervescencia, la economía del desarrollo se desenvol- vió mucho mejor que el objeto de su estudio, el desarrollo económico de las regiones más pobres del mundo, situadas primordialinente en Asia, la América Latina y África. A últimas fechas parece ser que por lo menos esta brecha particular se ha venido colmando, infortunadamente no tanto por el efecto de una aceleración repentina del desarrollo económico, sino porque el avance de nuestra subdisciplina se ha frenado notablemente. Por supuesto, este es un juicio subjetivo. Todavía se escriben artículos y libros. Pero como observador y antiguo participante no puedo dejar de sentir que la antigua vitalidad ya no está allí, que cada vez resulta más difícil en- contrar ideas nuevas y, lo que es más importante, que el campo no se está reproduciendo adecuadamente a causa de su incapacidad para atraer ta- lentos jóvenes.** Cuando la actividad científica se orienta específicamente hacia la so- * Por supuesto, este ensayo es una reseña muy selectiva. En particular, no se ocupa del desarrollo de nuestros conocimientos empíricos acerca del proceso de desarrollo que a menudo ha incluido la verificación de teorías; aquí la deuda principal se tiene con personalidades tales como Simón Ktiznets y Hollis Chenery. Recientemente han aparecido varias otras reseñas de este tipo. Véanse, en particular, las siguientes: Paul Streeten, "Development ideas in historical perspective", Toivard a New Strategy for Develnpment, Coloquio de Rothko Chapel, Nueva York, Pergamon Pre??, 1979, pp. 21-52, y Fernando Henrique Cardoso, "The originality of a copy: CEPAL and the idea of development". CEPAL Remew, se^ndo semestre de 1977, CEPAL, publi- cación de las Naciones Unidas E.77.II.G.5, pp. 7-40. El autor agradece a Geoffrey Hawthom la atenta lectura crítica que realizó de una versión anterior de este ensayo. La versión inglesa de este ortírulo será publicada en un libro de ensayos en honor de Sir W. Arthur Lewis, que edi- tará George Alien & Unwin, Londres. [Se incluye en EL TRSMF.STRE ECO>íóMICO con el permiso expreso del autor. Versión al castellano de Eduardo L. Suárez-l *• Un buen indicador de la incapacidad de nuestra subdisciplina para con?er\'ar su vitalidad es la dificultad extraordinaria que eitiste actualmente para llenar las vacantes dejadas en las cátedras universitarias sobre economía del desarrollo de qpiienes participaron en la excitante fase inicial y que ahnra se están retirando. 1055

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Page 1: HIRSCHMAN. Auge y Ocaso de La Teoría Económica Del Desarrollo

AUGE Y OCASO DE LA TEORÍA ECONÓMICA DEL DESARROLLO*

Albert O, Hirschman (Instituto de Estudios Avanzados, Princeton, Nueva Jersey)

La economía del desarrollo es un campo de investigación relativamente joven. Nació apenas hace una generación, como una subdisciplina de la ciencia económica, mientras varias otras ciencias sociales la observaban a cierta distancia con escepticismo y envidia. Los años cuarenta, y sobre todo los años cincuenta, fueron testigos de una proliferación notable de ideas y modelos fundamentales que habrían de dominar el nuevo campo y generar controversias que contribuyeron en gran medida a su vitalidad. En esa época de notable efervescencia, la economía del desarrollo se desenvol- vió mucho mejor que el objeto de su estudio, el desarrollo económico de las regiones más pobres del mundo, situadas primordialinente en Asia, la América Latina y África. A últimas fechas parece ser que por lo menos esta brecha particular se ha venido colmando, infortunadamente no tanto por el efecto de una aceleración repentina del desarrollo económico, sino porque el avance de nuestra subdisciplina se ha frenado notablemente. Por supuesto, este es un juicio subjetivo. Todavía se escriben artículos y libros. Pero como observador y antiguo participante no puedo dejar de sentir que la antigua vitalidad ya no está allí, que cada vez resulta más difícil en- contrar ideas nuevas y, lo que es más importante, que el campo no se está reproduciendo adecuadamente a causa de su incapacidad para atraer ta- lentos jóvenes.**

Cuando la actividad científica se orienta específicamente hacia la so-

* Por supuesto, este ensayo es una reseña muy selectiva. En particular, no se ocupa del desarrollo de nuestros conocimientos empíricos acerca del proceso de desarrollo que a menudo ha incluido la verificación de teorías; aquí la deuda principal se tiene con personalidades tales como Simón Ktiznets y Hollis Chenery. Recientemente han aparecido varias otras reseñas de este tipo. Véanse, en particular, las siguientes: Paul Streeten, "Development ideas in historical perspective", Toivard a New Strategy for Develnpment, Coloquio de Rothko Chapel, Nueva York, Pergamon Pre??, 1979, pp. 21-52, y Fernando Henrique Cardoso, "The originality of a copy: CEPAL and the idea of development". CEPAL Remew, se^ndo semestre de 1977, CEPAL, publi- cación de las Naciones Unidas E.77.II.G.5, pp. 7-40. El autor agradece a Geoffrey Hawthom la atenta lectura crítica que realizó de una versión anterior de este ensayo. La versión inglesa de este ortírulo será publicada en un libro de ensayos en honor de Sir W. Arthur Lewis, que edi- tará George Alien & Unwin, Londres. [Se incluye en EL TRSMF.STRE ECO>íóMICO con el permiso expreso del autor. Versión al castellano de Eduardo L. Suárez-l

*• Un buen indicador de la incapacidad de nuestra subdisciplina para con?er\'ar su vitalidad es la dificultad extraordinaria que eitiste actualmente para llenar las vacantes dejadas en las cátedras universitarias sobre economía del desarrollo de qpiienes participaron en la excitante fase inicial y que ahnra se están retirando.

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lución de un problema apremiante podemos pensar de inmediato en dos razones que explican el desvanecimiento del interés en esta actividad des- pués de cierto tiempo. Una es que el problema esté desapareciendo en realidad, ya sea por efecto de los descubrimientos científicos de la fase precedente o por otras razones. Por ejemplo, la virtual desaparición del interés por la teoría del ciclo económico a partir de la terminación de la segunda Guerra Mundial se debió sin duda al crecimiento ante la ausencia de fluctuaciones que lograron los países industriales avanzados durante ese periodo, por lo menos hasta mediados de los años setenta. Pero esta razón no puede invocarse en el caso que nos ocupa: los problemas de la pobreza del Tercer Mundo subsisten en gran medida.

La otra razón obvia de la declinación del interés científico en el pro- blema es la experiencia contraria; es decir, el descubrimiento decepcio- nante de que no aparece al alcance de la mano una "solución" y que, si acaso, se ha avanzado muy poco para encontrarla. Esta explicación tam- poco parece adecuada en nuestro caso, porque en los últimos treinta años se han realizado avances considerables en muchos países "subdesarrolla- dos"; aun el balance del Tercer Mundo en su conjunto parecería alentador.^

En suma, las condiciones existentes para un crecimiento saludable de la economía del desarrollo parecerían notablemente favorables: el proble- ma de la pobreza mundial dista mucho de haber sido resuelto, pero se han logrado y se están logrando progresos alentadores. Por lo tanto, resulta des- concertante el florecimiento tan breve de la economía del desarrollo.

En busca de una explicación me parece conveniente examinar las condiciones en que nació nuestra subdisciplina. Puede demostrarse que tal nacimiento ocurrió por efecto de una conjunción de distintas corrien- tes ideológicas que a priori resulta improbable. La conjunción resultó ex- traordinariamente productiva, pero también creó algunos problemas para el futuro. Ante todo, debido a su heterogénea composición ideológica, la nue\ a ciencia se vio impulsada por tensiones que en la primera oportuni- dad resultarían destructivas. En segundo lugar, en vista de las circunstan- cias de su nacimiento, la economía del desarrollo se vio abrumada con esperanzas y ambiciones exageradas que pronto habrían de contraerse. Di- cho en forma muy breve y esquemática esta es la historia que voy a na- rrar, con algunas anécdotas episódicas.

^ ^'éase, por ejemplo, David Morawetz, Titcniy-Five Years of Economic Development: 1950 to 1975, Washington, The World Bank, 1977.

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UNA CLASIFICACIÓN SENCILLA DE LAS TEORÍAS DEL DESARROLLO

Las ideas del desarrollo propuestas durante los años cuarenta y cincuenta compartían dos ingredientes básicos del campo de la ciencia económica. También se basaban en un supuesto político implícito al que haré refe- rencia en la última parte de este ensayo.

Los dos ingredientes económicos básicos fueron lo que llamaré el re- chazo de la tesis monoeconómica y la afirmación del beneficio mutuo. Entiendo por rechazo de la tesis monoeconómica la concepción de que los países subdesarrollados se separan como un grupo, mediante varias carac- terísticas económicas específicas comunes a ellos, de los países industria- les avanzados, y que el análisis económico tradicional, concentrado en estos últimos países, deberá modificarse, en consecuencia, en algunos as- pectos importantes, cuando se aplique a los países subdesarrollados. La tesis de la afirmación del beneficio mutuo es la aseveración de que las relaciones económicas existentes entre estos dos grupos de países pueden configurarse en forma tal que ambos resulten beneficiados. Las clos afir- maciones pueden aceptarse o rechazarse y, por consiguiente, existen varias r)tras combinaciones, como se aprecia en la gráfica siguiente.

La tesis monoeconómica

aceptada rechazada

Afirmación del Iteneficio mutuo

aceptada

rechazada

Economía ortodoxa

Economía del desarrollo

Marx ( ? ) Teorías neomarxistas

GRáFICA 1. Tipos de teorías del desarrollo

Esta gráfica sencilla puede servir como una tipología sorprendente- mente comprensiva de las teorías del desarrollo de la periferia. Rev*da que hay dos sistemas unificados de pensamiento, la economía ortodoxa y el neomarxismo, y otras dos posiciones mucho menos claramente consis- tentes que, en consecuencia, tenderán a ser inestables: las ideas dispersas de Marx sobre el desarrollo de las áreas "atrasadas" y coloniales y la moderna economía del desarrollo. Me ocuparé de estas cuatro posiciones.

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105C EL TRIMESTRE ECONÓMim

pero prestaré mayor atención a la economía del desarrollo y a la evolución de sus relaciones con las dos posiciones adyacentes, que la amenazan.

La posición ortodoxa sostiene las dos proposiciones siguientes: a) la ciencia económica está integrada por varios teoremas sencillos, y, sin em- bargo, "poderosos", de validez universal: sólo liay una ciencia económica (''así como sólo hay una física") ; b) uno de estos teoremas afirma que, en una economía de mercado, todos los participantes, ya sean individuos o países, se benefician de todos los actos voluntarios del intercambio eco- nómico ("de otro modo, no los ejecutarían"). En esta forma se sostienen al mismo tiempo las afirmaciones de la monoeconomía y la del beneficio mutuo.

La posición contraria es la de las principales teorías neomarxistas del desarrollo, según las cuales: a) la explotación, o el "intercambio desigual", es la característica esencial, permanente, de las relaciones existentes entre la "periferia" subdesarroílada y el "centro" capitalista; b) como resul- tado de este prolongado proceso de explotación, la estructura política y económica de los países periféricos es muy diferente de todo lo experi- mentado por el centro, y su desarrollo no puede seguir el mismo camino; por ejemplo, se ha sostenido que los países periféricos no pueden tener una experiencia de industrialización afortunada bajo auspicios capitalis- tas. Aquí se rechazan tanto la afirmación del beneficio mutuo como la de la monoeconomía.

En la posición ortodoxa y en la neoraarxista se advierte de inmediato una cómoda congruencia interna, derivada de la simplificación (y exage- ración de la sencillez) de la realidad y, por ende, favorable para la for- mación de ideologías. Esto contrasta con las dos posiciones restantes. Debo aclarar por qué he colocado a Marx en la casilla suroeste (se rechaza la afirmación del beneficio mutuo, se acepta la afirmación de la monoeco- nomía) . Cuando escribe en El capital sobre la acumulación primitiva, Marx describe el proceso de la explotación a que ha estado sujeta la pe- riferia en el curso del desarrollo temprano del capitalismo en el centro. Por lo tanto, Marx parece negar toda pretensión de beneficio mutuo derivado del comercio entre los países capitalistas y los "atrasados". Por otra parte, su conocida aseveración de que "el país más desarrollado en el terreno industrial no hace más que señalar a quienes lo siguen por la escalera industrial la imagen de su propio futuro", aunada a su concep- ción del papel "objetivamente" progresivo de Inglaterra en la India, ya que abría el camino hacia la industrialización mediante la construcción de ferrocarriles, sugiere que Marx no percibía las "leyes del movimiento"

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de países tales como la India como sustancialmente diferentes de las leyes aplicables a los países industrialmente avanzados. Las opiniones de Marx sobre este tema son notoriamente complejas y sujetas a diversas interpre- taciones, como se indica por el signo de interrogación que he colocado en la gráfica. Pero se requirieron grandes esfuerzos para colocar firmemen- te el pensamiento neomarxista en la casilla suresíe (entre otras cosas, hubo necesidad de descartar un componente importante del pensamiento de Marx). La historia de estos esfuerzos y revisiones ha sido narrada en otra parte,^ de modo que aquí me ocuparé del origen y la dinámica de la otra posición "híbrida": la economía del desarrollo.

Puede entenderse sin dificultad que la conjunción de las dos proposi- cione? —a) que ciertos aspectos especiales de la estructura económica de los países subdesarrollados \Tielven inaplicable y equívoca una porción importante del análisis ortodoxo, y b) que existe la posibilidad de que las relaciones entre países desarrollados y subdesarrollados sean mutua- mente benéficas y de que los primeros contribuyan al desarrollo de los segundos— fuese esencial para que nuestra subdisciplina naciera en el lugar y momento en que lo hizo, o sea, en los países industriales avanza- dos de Occidente, sobre todo en Inglaterra y los Estados Unidos, a fines de la segunda Guerra Mundial. La primera proposición se requiere para la creación de una estructura teórica separada, y la segunda era necesaria para que los economistas occidentales se interesaran seriamente en el asun- to: que existiera la probabilidad, o por lo menos la esperanza, de que sus propios países pudieran desempeñar un papel positivo en el proceso de desarrollo, quizá después de ciertas reformas posibles de las relaciones económicas internacionales. Sin esta percepción no habría podido movi- lizarse un grupo grande de activistas "solucionadores de problemas".

LA INAPLICABILIDAD DE LA MONOECONOMíA ORTODOXA

A LAS .\REAS SUBDESARROLLADAS

Una vez que una corriente de ideas genuinamente nueva se establece fir- memente y se convierte en objeto de los afanes de un gran grupo de aca- démicos e investigadores, resulta casi imposible apreciar la dificultad de

^ B. Sutcliffe, "Imperialism and industrialization in the Third World", R. Owen y B. Sut- cliffe (romps.), Stu-dics in the Theory of Imperialism, Londres, Longman, 1972, pp. 180-186. y P. Singer, "Multinacionais: intemacionali^áo e crise", Caderno CEBRAP, núm. 28, Sao Paulo, Editoria Brasiliense, 1977, pp. 52-38. Sobre la complejidad de las concepciones de Marx, aun en el prefacio de El capital, donde aparece la frase arriba citada, véase Albert O. Hirschraan, "A generalized linkage approach to development, with special reference to staples", Economic Dev- elopment and Cultural Change, vol. 25, suplemento, 1977, pp. 92-93.

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1G60 EL TRIMESTRE ECONÓMICO

lo nuevo para nacer y afirmarse. Tales dificultades son particularmente formidables en la ciencia económica, dados su paradigma dominante y su tradición analítica: fuente bien conocida tanto de fortaleza como de debi- lidad de esa ciencia social. En consecuencia, debemos explicar el surgi- miento y el éxito, por lo menos temporal, de la afirmación herética —aun- que ahora familiar— de que grandes porciones del cuerpo convencional del pensamiento económico y la política económica no son aplicables a los países más pobres, sobre todo debido a cjue este movimiento intelectual surgió en el ambiente muy "anglosajón" que había sido durante largo tiempo el hogar de la tradición ortodoxa.

En realidad, el inicio de tal explicación está más o menos claro. Ea economía del desarrollo aprovechó el descrédito sin precedente en que ha- bía caído la economía ortodoxa como resultado de la depresión de los años treinta y del éxito también sin precedente de un ataque a la ortodoxia salido del interior del propio "establecimiento" de la ciencia económica. Me refiero, por supuesto, a la revolución keynesiana de los años treinta, que se convirtió en la "nueva economía" y casi en una nueva ortodoxia en los años cuarenta y cincuenta. Keynes había establecido firmemente la idea de que había dos clases de ciencia económica: la tradición ortodoxa o clá- sica que se aplicaba —como le gustaba exjiresarlo a Keynes— al "caso especial" en que la economía estaba plenamente empleada; y un sistema muy diferente de proposiciones analíticas y de prescripciones de políticas (elaboradas de nuevo por Keynes) que se aplicaban cuando había un des- empleo considerable de recursos humanos y materiales.^ El paso keynesia- no de una ciencia económica a dos ciencias económicas fue decisivo: se había roto el hielo de la monoeconomía y había ganado una credibilidad instantánea la idea de que podría haber aun otra ciencia económica, so- bre todo entre el grupo muy influyente de economistas keynesianos.

Entre las diversas observaciones que pretendían servir como pilares del nuevo edificio y que en forma implícita o explícita justificaban el tratamiento de los países subdesarrollados como un grupo de economías sui generis sobresalen dos: la que se refiere al subempleo rural y la que pone de relieve el síndrome de la industrialización tardía.

^ Dudley Seers recurrió a este uso terniinolóíiico csialilfcido en pti artículo "The limitations of the special case"', Bulletin nf the Oxford I miersity Institule of Economics and Statistics vol. 25, mayo de 1973, pp. 77-9R, en el que pidió que se reformara la enseñanza de la economía para volverla más útil en la solución de los problemas de los países menos desarrollados. El "caso especial" que había pretendido una generalidad falsa era. para Keynes. la economía de pleno empleo; para Seers era la economía de los paiícs capitalistas avanzado-, por oposición a las condiciones del subdesarrollo.

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ALCE Y OCASO DE LA TEORÍA DEL DESARROLLO 1061

1. EL subempleo rural

Es posible que los primeros autores que se ocuparon de este tema hayan buscado una conexión con el sistema keynesiano más estrecha y es- pacífica aún que la provista por la proposición general en el sentido de que diferentes clases de economías requieren clases diferentes de ciencia económica. Tal conexión se estableció por el hincapié unánime que se de- positó en las contribuciones precursoras —las de Kurt Mandelbaum, Paul Rosenstein-Rodan y Nagar Nurkse— sobre el subempleo como una ca- racterística decisiva del subdesarrollo. La concentración sobre el subem- pleo rural se parecía lo suficiente a la preocupación keynesiana por el desempleo para dar a los precursores una sensación muy apreciada de afinidad con el sistema keynesiano, aunque también era en cierto grado diferente para generar expectativas de un desarrollo eventual independien- te de nuestra naciente rama del conocimiento económico.

Las afinidades eran en realidad muy impresionantes. Como es bien sabido, el sistema keynesiano tomó el desempleo mucho nriás en serio que la economía tradicional y elaboró una teoría del equilibrio macroeconómi- co con desempleo. De igual modo, los primeros economistas del desarrollo escribieron extensamente acerca del "círculo vicioso de la pobreza" —un estado de equilibrio a bajo nivel— que puede prevalecer en condiciones de subempleo rural generalizado. Además, se afirmaba que las caracte- rísticas del equilibrio de una economía avanzada con desempleo urbano y las de una economía subdesarrollada con subempleo rural justificaban por igual las políticas públicas intervencionistas proscritas hasta entonces, estrictamente, por la economía ortodoxa. Los keynesianos hicieron hin- capié en la función de la política fiscal expansionista para combatir el desempleo. Los primeros economistas del desarrollo fueron más allá y defendieron alguna forma de planeación de la inversión pública que mo- vilizara a los subempleados para fines de la industrialización, de acuerdo con un patrón de ''crecimiento balanceado".

Así pues, en todos estos sentidos, la pretensión de la economía del des- arrollo de erguirse como un cuerpo separado de análisis y política eco- nómicos obtenía legitimidad intelectual e impulso del éxito anterior y las características paralelas de la revolución keynesiana.

El enfoque del subempleo rural como la característica ])rincipal del -ubdesarrollo encontró su expresión más plena en la obra de Arthur Lewis. En su vigoroso artículo '"Desarrollo económico con oferta ilimitada de mano de obra" se las arregló —casi milagrosamente— para derivar de la

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proposición sencilla acerca del subempleo todo un conjunto de "leves del movimiento" para un país subdesarrollado típico, así como un amplio conjunto de recomendaciones de política económica nacional e interna- cional-

En virtud de que el concepto del subempleo rural sirvió como el funda- mento teórico decisivo para separar la economía del desarrollo no e? sor- prendente que tal concepto haya sido escogido como un objetivo privilegia- do por los defensores de la ortodoxia y la monoeconomía.* Por ejemplo, Theodore W. Schultz dedicó todo un capítulo de su conocido libro Trans- forming Traditional Agriculture (Yale, 1964) a tratar de refutar lo que llamó "La tesis de la mano de obra agrícola de valor cero".^ Esto sugiere algo interesante acerca del nivel científico de la economía y de las ciencias sociales en general. Mientras que en las ciencias naturales o médicas com- parten a menudo los premios Nobel dos personas que han colaborado en un adelanto científico dado, o merecen crédito por tal aportación, en la economía parece repartirse el premio, con cierta regularidad, entre una persona que ha desarrollado cierta tesis y otra que se ha esforzado al máximo para refutarla.

Al principio de su famoso artículo, Lewis diferenció la economía del subdesarrollo de la economía keynesiana señalando que en el sistema key- nesiano hay subempleo de mano de obra y de otros factores productivos, mientras que en una situación de subdesarrollo sólo la mano de obra es redundante. En este sentido, mi propio trabajo puede verse como un in- tento de generalización del diagnóstico del subempleo como el aspecto ca- racterístico del subdesarrollo. Los países subdesarrollados sí tienen reser- vas ocultas —afirme—, no sólo de mano de obra, sino también de aho- rro, espíritu de empresa y otros recursos- Pero los remedios keynesianos serían inadecuados para activarlas. Lo que se requería eran "instrumen- tos de aceleración" pacing devices y "mecanismos de presión"; de allí surgió mi estrategia del crecimiento desequilibrado.

^ Véase, por ejemplo, Jacob Viner, "Sonie reílections on the concept of 'disguised uneniploy- ment'", Contri bu góes á Análise do Desenvolvimento Económico (Ensayos en homenaje a Eu- genio Gudin), Río de Janeiro, Agir, 1957, pp. 345-354.

' Su principal argumento empírico fue la declinación real de la producción agrícola experi- mentada cuando disminuía de pronto la fuerza de trabajo en un país que supuestamente tenía mano de obra redundante <~n la agricultura, como ocurrió durante la epidemia de influenza que azotó a la India en 1918-1919. Arthur Lewis señaló más tarde que la? consecuencias que había obtenido del supuesto de la productividad marginal cero en la agricultura conser^^arían toda su validez con sólo qvie la oferta de mano de obra superara a la demanda al nivel salarial existente en la industria, una condición mucho más débil que la de una productividad marginal cero. Véase W. Arthur Lewis, "Reflections on unlimited labor", International Economics and Derelopment: Essays in Honor of Raúl Prebisch, Nueva York y Londres, Academic Press, 1972, pp. 75-96.

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Es posible que mi generalización del argumento del subempleo haya debilitado hasta cierto punto la pretensión de autonomía y separación de la economía del desarrollo. Como habría de demostrarlo el trabajo de Her- bert Simón sobre la "satisfacción" y el de Harvey Leibenstein sobre la "eficiencia X", la actuación de las economías avanzadas también *'depen- de menos del hallazgo de combinaciones óptimas para recursos dados que de la búsqueda y el aprovechamiento ... de recursos y capacidades que se encuentran ocultos, dispersos o mal utilizados": así lo expresé en La estrategia del desarrollo económico de los países menos desarrollados.® Una característica que yo había considerado específica de la situación de un grupo de economías resultaba aplicable también a otras economías. Tal hallazgo propicia la reunificación de nuestra ciencia, pero no se trata aquí del retorno del hijo pródigo a un padre inmutable, siempre en lo correcto y en lo justo. Se trata, más bien, de que nuestro entendimiento de las estructuras económicas de Occidente se ha modificado y enriqueci- do por efecto de la exploración de otras economías.

Esta clase de movimiento dialéctico —primero llega, con el examen de grupos externos, el descubrimiento sorprendente de Ser Distintos, luego sigue el descubrimiento más asombroso aún de que nuestro propio grupo no es tan diferente— ha caracterizado, por supuesto, a los estudios antro- pológicos de las sociedades "primitivas" desde el principio, y ha sido, en efecto, uno de sus principales atractivos. En el campo de la economía del desarrollo, algo semejante ha ocurrido con las ideas propuestas ])or Arthur Lewis. La dinámica del desarrollo con ofertas ^'ilimitadas*' de mano de obra, que se suponía típica de los países menos desarrollados, ha preva- lecido, en efecto, en muchas economías del "norte" durante el periodo de crecimiento rápido de la posguerra, debido en gran parte a la inmigra- ción masiva, temporal o permanente, espontánea u organizada, proveniente del "Sur".^ Una de las respuestas analíticas más interesantes a esta situa- ción es la teoría del mercado dual de mano de obra de Michael Piore y otros autores. Esta teoría se relaciona fácilmente con el modelo de Lewis, aunque tal conexión no se ha hecho explícita todavía, hasta donde yo sé.

2. La industrialización tardía

He sugerido antes que el concepto del subempleo alcanzó su posición

* Edición en inglés de Nueva Haven, Yale University Press, 1958, p. 5: edición en cast'liano del FCE, 1964.

'' C. P. Kindleberger, Europc's Poxttvar Groiith: The Role of Labor Supply. Cambridp'^ Mass., Harvard University Press, 1967.

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de columna vertebral de la economía del desarrollo a causa de su afinidad con el sistema keynesiano y en vista del deseo de los primeros autores de colocarse, como si dijéramos, bajo la protección de una heterodoxia que había alcanzado el éxito recientemente. Además, había algo de arcano en el concepto, a menudo llamado también "desempleo disfrazado", que ser- vía para intensificar la aureola y la posición científica del nuevo campo.

Pero junto con los misterios, el sentido común del desarrollo sugería igualmente que se requería cierta revisión de las nociones tradicionales. Durante la depresión de los años treinta, y más aún durante la segunda Guerra Mundial, se puso en claro que la industrialización habría de ocu- par un lugar importante en cualquier política activa de desarrollo de muchos países subdesarrollados. Estos países se habían especializado —o habían sido obligados a especializarse desde largo tiempo atrás— en la pro- ducción de bienes primarios para la exportación a los países industriales avanzados que los proveían en cambio de manufacturas modernas. La cons- trucción de una estructura industrial bajo estas condiciones de "llegada tarde" era obviamente una tarea formidable que llevó al cuestionamiento de la doctrina recibida, según la cual las empresas industriales adecuadas para cualquier país serían rápidamente iniciadas por empresarios pers- picaces y atraerían el financiamiento requerido gracias al funcionamiento regular de los mercados de capital. La gran demora de la industriali- zación, la falta de espíritu empresarial para aventuras mayores, y la presencia real o supuesta de una multitud de otros factores inhibitorios, generaron la convicción de que, en las áreas subdesarrolladas, la indus- trialización requería un esfuerzo deliberado, intenso, guiado. El nombre y la descripción de este esfuerzo generaron una competencia de metáfo- ras: el gran impulso (Paul Rosenstein-Rodan), el despegue (Walt W. Rostow), el gran aguijón (Alexander Gerschenkron), el mínimo esfuerzo crítico (Harvey Leibenstein), los eslabonamientos hacia atrás y hacia ade- lante (Albert O. Hirschman). La discusión de estos conceptos utilizó ar- gumentos teóricos -—se desarrollaron nuevas justificaciones de la protec- ción, la planeación y la misma industrialización— y la experiencia de la industrialización en el siglo xix.

En este último sentido, la lucha que libraban los defensores y los ad- versarios de la monoeconomía se reflejó en el debate sostenido por Ros- tow y Gerschenkron. Aunque Rostow había acuñado lo que se convirtió en la metáfora más popular (el "despegue"), había asumido en realidad una postura de monoeconomía, ya que dividió el proceso de desarrollo en sus famosas cinco "etapas", de contenido idéntico para todos los países.

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independientemenle del momento en que ?e iniciaran en el camino de la industrialización. Gerschenkron se mofó del concepto de "que el proceso de industrialización se repite a sí miímo de un país a otro, retumbando con el ritmo pentamétrico [de Rostow]",^ y demostró, por el contrario, que la industiialización tardía de los países europeos, como Alemania y Rusia, diíiri('> en algunos aspectos fundamentales de la revolución industrial in- glesa, debido en gran medida a la intensidad del esfuerzo de los demo- rados por *'ponerse al corriente". Aunque el trabajo de Gerschenkron se limitó a la Europa del siglo xix, tuvo gran importancia para la economía del desarrollo al proveer un apoyo histórico al argumento en contra de la monoeconomía. A medida que la industrialización continuaba realmen- te en la periferia, parecía que la industrialización del Tercer Mundo a mediados del siglo xx mostraba características diferentes de las identifi- cadas por Gerschenkron como típicas de los países europeos que se indus- trializaron tardíamente.^ Pero para los economistas con orientación his- tórica el trabajo de Gerschenkron aportó la nriisma clase de seguridad que el keynesianismo había dado a quienes tenían una orientación analítica: demostró en fornaa definitiva que puede haber más de un camino hacia el desarrollo, que los países que deciden industrializarse tenderán a forjar sus propias políticas, secuencias e ideologías para el efecto.

Las observaciones posteriores fortalecieron la convicción de que el desarrollo industrial de las áreas menos desarrolladas requiere enfoques novedosos. Por ejemplo, se observó que la industria moderna intensiva en capital es nnenos eficaz para absorber las "ofertas ilimitadas de mano de obra" disponibles en la agricultura que la industria de épocas anteriores. Los avances de la industrialización se vieron acompañados a menudo de persistentes presiones inflacionarias y de balanza de pagos que plantearon algunas dudas acerca de la adecuación de los remedios tradicionales y generaron, en la América Latina, las tesis "sociológica" y "estructuralis- ta" de la inflación que, curiosamente, han ganado ahora cierta aceptación en los países avanzados, de ordinario sin reconocimiento de su origen.^"

8 Economic Backwardness in Historial Persprctive, Cambridge, ^Ias?5.. Harvard University Pres.s. 1962. p. 355.

^ A. O. Hirschman, "Tlie politiVal economy of import-substituting industríalization in Latin America", publicado en 1968 y reproducido en Hirschman, A Bias for Hope: Essays on Develop- ment and Latin, America, Nueva Haven, Vale Uni\er5ity Press. 1971, cap. 3. \'er?ión al castellano en la SERIK DE LECTURAS, núm. 5, FCE. México. 1973.

1- Debido a los choques inflacionarios de los años setenta, alciinos de esto-; análisis reapare- litTon i'n los E«tadn<; Unidor y Europa Occidental. Véase Albert O. Hirschman. '"The social and poliíical matrix of inflation: elaborations on the Latin American experience", que aparecerá en un volumen con diversas colaboraciones, publicado por la Institución Brooking? sobre la Política V la Sociología de la Inflación.

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1066 EL TRIMESTRE Eí OXYiMTCO

De igual modo, el desarrollo vigoroso de la corporación transnacional durante la posguerra planteó algunas cuestiones de "economía política" enteramente nuevas acerca del grado en que un país debería atraer, restrin- gir o controlar a estos trasmisores de la tecnología y los producto- mo- dernos.

EL SUPUESTO DEL BENEFICIO MUTUO

El nuevo cuerpo de doctrina y de política económica (poco unificado) que se construyó de este modo estaba estrechamente conectado, como señala- mos antes, con la proposición de que los países industriales del centro podrían hacer una contribución importante, aun esencial, al esfuerzo de desarrollo de la periferia mediante el incremento del comercio, las trans- ferencias financieras y la asistencia técnica.

La necesidad de grandes inyecciones de ayuda financiera encajaba particularmente bien en las teorías que defendían un "gran impulso": se sostenía que tal esfuerzo sólo podría iniciarse con la ayuda considerable de los países avanzados, porque los países pobres no podrían generar in- ternamente el ahorro necesario. Aquí el modelo básico era la nueva eco- nomía del crecimiento que, en su versión más simple (Harrod-Domar), afirmaba que la tasa de crecimiento de un país está determinada por la propensión al ahorro y la tasa de capital-producto. La economía del cre- cimiento se había desarrollado en forma independiente de la economía del desarrollo como un producto directo del sistema keynesiano v sus conceptos macroeconómicos. Aunque se elaboró pensando primordialmen- te en los países industriales avanzados, la economía del crecimiento en- contró una temprana aplicación práctica en los ejercicios de planeación de los países en desarrollo, práctica frecuente en los años cincuenta. Estos ejercicios contenían invariablemente algunas proyecciones de la expan- sión del comercio internacional y la ayuda. Su supuesto básico era inevi- tablemente que tal aumento de las relaciones económicas entre los países ricos y los pobres sería benéfico para ambos. Ahora, esta proposición en- caja muy bien en la monoeconomía ortodoxa, pero era de esperarse que despertara ciertas sospechas entre los economistas del desarrollo v que no se mezclara muy bien con algunos de los otros elementos y aseveraciones de la nueva subdisciplina. Por ejemplo, podría haberse preguntado: ;,por qué se encuentran los países del Sur en condiciones que requerirán de un impulso enorme para llegar a alguna ruta de crecimiento, de acuerdo con algunos observadores?; ¿Por qué se encuentran tan empobrecidos estos países, a pesar de haber participado durante largo tiempo en la famosa

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"red del cumercio mundial"/^ que supuestamente generaba beneficios mu- tuos para todos los participantes? ¿Será tal vez porque en el proceso al- gunos países han sido atrapados en la red para ser explotados por alguna araña imperialista? Pero tales interrogantes embarazosos no se plantea- ban en los días felices de los primeros años de la posguerra, excepto qui- zá en tonos apagados de unas cuantas voces lejanas, como la de Raúl Prebisch. Más adelante volveremos sobre este punto.

El pensamiento orientado hacia la acción se destaca raras veces por su consistencia. La economía del desarrollo no es una excepción a esta regla; nació de la combinación de nuevas ideas acerca de los problemas económicos especiales de los países subdesarrollados y el deseo arrollador de avanzar rápidamente en la solución de estos problemas dentro del sis- tema internacional existente y mediante el uso de los instrumentos dispo- nibles a la sazón, o que se creían disponibles, como la ayuda extranjera en gran escala. Uno de los factores que propiciaron esta combinación, a pesar de las incompatibilidades que supone, fue el éxito del Plan Marshall en Europa Occidental. Aquí se realizó con notable rapidez la tarea de la reconstrucción en la posguerra, por lo menos en apariencia, en virtud de la combinación de la ayuda extranjera con alguna planeación económica y cooperación por parte de los receptores de la ayuda. A menudo se ha señalado que esta historia del éxito europeo produjo numerosos fracasos en el Tercer Mundo, que lamentablemente obstruyó una evaluación rea- lista de la tarea del desarrollo, en comparación con la tarea de la recons- trucción.

Pero este tema puede verse desde un ángulo diferente. Es cierto que el éxito del Plan Marshall hizo que los economistas, los gobernantes y la opinión ilustrada de Occidente creyeran erradamente que la inyección de capital, aunada a la planeación correcta de la inversión, podría generar crecimiento y bienestar en todo el mundo. Sin embargo —y esta es una aplicación de lo que Hamo "el principio de la mano encubridora"—, al final de cuentas es posible que debamos alegrarnos de habernos dejado en-

^^ Este era el título de un estudio nmy conocido de la Liga de las Naciones que hacía hin- capié en los benefirios del comercio multilateral amenazados en los años treinta por la difusión del bÍlaterali=mo y los controles de cambios. Su autor principal era Folke Hilgerdt, un economista sueco. Poro después de la guerra, Hilgerdt, a la sazón funcionario de las Naciones Unidas, ob- servó que el comercio exterior, con todos sus beneficios, no había contribuido adecuadamente a disminuir las diferencias de ingresos existentes entre los países. En virtud de que Hilperdt pro- venía de la tradición de Heck=íher-OhIin y había celebrado las aportaciones del comercio mun- dial al bienestar, este ensayo, publicado sólo en las minutas de un congreso (no he podido locali- zarlo hasta ahora), pudo peñerar dudas acerca de los efectos benignos de las relaciones económi- cas internacionales sobre los países más pobres.

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1068 EL TRIMESTRE ECONÓMICO

ganar. Si se hubiesen captado correctamente desde el principio las difi- cultades del desarrollo y las difíciles relaciones Norte-Sur, seguramente no se habría producido la importante movilización intelectual y política generada por la empresa. En tal caso, y a pesar de los diversos "desastres del desarrollo" que hemos experimentado y que todavía están por discu- tirse, ¿no estaríamos ahora más alejados aún de un mundo aceptable?

En suma, los logros y la función histórica del surgimiento de la teoría económica del desarrollo consistieron en inspirar confianza en la factibi- lidad de la empresa del desarrollo, lo que ayudó a ubicar tal empresa en la agenda de los gobernantes de todo el mundo.

Naturalmente, cuando la ruta del desarrollo resultó mucho menos fá- cil de lo que se había pensado, la naturaleza híbrida de la nueva subdisci- plina la condujo a dos clases de ataques. La derecha neoclásica la acusó de haber abandonado los verdaderos principios de la monoeconomía y por haber complicado, mediante sus novedosas recomendaciones de polí- tica, el problema que trataba de resolver. Para los neomarxistas, en cam- bio, la economía del desarrollo no había avanzado bastante en su análisis de la miseria de los países pobres. Afirmaban que el mal era tan grave que sólo el cambio total de su estructura socioeconómica y de sus relacio- nes con los países ricos podría aliviarlo. Ante la ausencia de tal cambio, las llamadas políticas de desarrollo sólo crearían formas nuevas de ex- plotación y "dependencia". Las dos críticas fundamentalistas atacaron a la economía del desarrollo desde direcciones opuestas y en términos total- mente diferentes, pero podrían convergir en sus acusaciones específicas, como lo hicieron en efecto, sobre todo en el importante campo de la in- dustrialización. Como los defensores de la economía neoclásica y los miembros de diversas escuelas de pensamiento neomarxista viven en mun- dos totalmente separados, no estaban conscientes siquiera de que actuaban al unísono. En general, casi no se ha advertido esta extraña alianza de jacto; pero desempeña un papel importante en la evolución del pensa- miento del desarrollo, de modo que debemos narrar brevemente su his- toria.

LA EXTRAñA ALIANZA DEL NEOMARXISMO Y LA MONOECONOMíA

CONTRA LA TEORíA ECONóMICA DEL DESARROLLO

Pronto surgieron dudas acerca de la armonía de intereses de los países desarrollados y subdesarrollados entre algunos de los principales autores de la nueva subdisciplina. Se aceptaba ampliamente la idea de que los

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países industriales avanzados jiodrían contribuir en el futuro al desarrollo de los países menos avanzados, sobre todo mediante la asistencia finan- ciera; pero en diversos círculos se expresaron dudas acerca de la distri- bución equitativa de las ganancias derivadas del comercio internacional, tanto en el pasado como en la actualidad. En 1949 Raúl Prebisch y Hans Singer formularon (en forma simultánea e independiente) su famosa "te- sis'* sobre la tendencia secular de los términos de intercambio a evolucio- nar en contra de los países exportadores de productos primarios e impor- tadores de manufacturas. Estos autores atribuyeron esta supuesta tenden- cia al poder de los sindicatos de los países avanzados y a las condiciones de subempleo de la periferia. El argumento se elaboró para justificar una jK)lílica sostenida de industrialización. Arthur Lewis fue llevado por su modelo en una dirección similar: mientras que las "ofertas ilimitadas de mano de obra" en el sector de subsistencia depriman el salario real en toda la economía, cualesquiera ganancias derivada? de los aumentos de la productividad en el sector exportador probablemente tenderán a obte- nerse por los países importadores. Además, en una situación en que existe mano de obra excedente, a los salarios vigentes, los precios ofrecen se- ñales erróneas para la asignación de recursos en general y para la división internacional del trabajo en particular. Se disponía así de un nuevo argu- mento en favor de la protección y la industrialización.

Tanto el argumento de Prebisch-Singer como el de Lewis demostraron que, sin la intervención juiciosa del Estado en la periferia, las cartas es- taban inevitablemente repartidas en favor del centro. En conjunto, esto pa- recía el resultado de alguna fatalidad, más bien que de las maniobras deliberadas del centro. Los críticos de la izquierda atacaron más tarde a Artbur Lewis por considerar las ofertas ilimitadas de mano de obra como un (]ato y no como un fenómeno producido sistemáticamente por los colo- nizadores y los capitalistas.^' Por supuesto, Lewis conocía bien la situa- ción y señala en forma específica que las j)otencias imperiales empobre- cieron la economía de subsistencia de África "al apoderarse de la tierra de los campesinos, al exigir mano de obra forzada en el sector capitalista, o al crear impuestos para forzar a la gente a trabajar con los empleadores ca|)italistas".^^ Para Lewis tales prácticas no eran una característica deci-

^2 C Arriphi, "Labour supplies in liistorical perpperlive: a Ptiidy of the proletarianization c.f tlic Afrifan pcasantn' in Rhodesia", Journal of Development Studies, vol. 6, abril de 1970, pp. 197-234.

^^ Arthur ^ . Lfvvis, "Economic de\elopment -nith unlimíted ?iippli>s of labour", publicado en 1954- y repiroducido en A. N. Aearv%ala y S. P. Singh (comp-;.), The Economics of l'nder- dcrclopment. Londres, Oxford Un^ver^ity Prfss, 1958, p. 410. Existe \t-r?ión en castellano en EL

TRIMESTRE ECO.NóMICO, niim. 108.

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1070 EL TRIMESTRE ECONÓMICO

siva del modelo: después de todo, la disminución de la mortalidad infan- til podía aumentar la oferta de mano de obra tanto como un impuesto per capita.

Sin embargo, parece ser que el debate librado entre los economistas del desarrollo en los años cincuenta incluía la revisión de algunos aspec- tos antagónicos de la relación centro-periferia. Las teorías antes mencio- nadas trataban de demostrar que la ganancia del comercio internacional podría distribuirse de modo desigual (quizá hasta el punto en que un grupo de países no ganara nada en absoluto), pero no llegaron a sostener que la relación existente entre dos grupos de países pudiera ser en efecto explotadora en el sentido de que el comercio internacional y otras formas del intercambio económico enriquecieran a un grupo a expensas de otro, una afirmación que resultaría inconcebible dentro de los supuestos de la teoría clásica del comercio internacional. Sin embargo, aun esta clase de afirmación se hizo en una etapa relativamente temprana del debate acerca del desarrollo. Gunnar Myrdal invocó el principio de la causación acumula- tiva (que había desarrollado inicialmente en su libro American Dilemma) para tratar de explicar la razón de la persistencia y el incremento de las desigualdades del ingreso dentro de los países; pero ese concepto se ex- tendió fácilmente a los contactos existentes entre estados soberanos. El argumento de Myrdal sobre la posibilidad de un mayor empobrecimiento de la región (o país) pobre se basaba en gran medida en la probabilidad de que perdiera trabajadores calificados y otros factores escasos, y tam- bién en la posible destrucción de sus artesanías e industrias. Independien- temente de Myrdal, yo había desarrollado ideas similares: el "efecto de retroceso" de Myrdal —los factores que propiciaban el aumento de la disparidad— se convirtió en el "efecto de polarización" en mi libro, mien- tras que el "efecto de propagación" de Myrdal —los factores que pro- piciaban la difusión de la prosperidad de las regiones ricas a las pobres— recibió en mi libro el nombre de "efecto de filtración" {trickling down effect). Es probable que obtengamos la mejor terminología combinando el efecto de "propagación" de Myrdal con mi efecto de "polarización". Ambos sostuvimos, aunque haciendo hincapié diferente, en que debe to- marse en serio la posibilidad de que el efecto de polarización sea más fuerte que el efecto de propagación, lo que contrariaba no sólo la teoría del comercio internacional, sino la creencia tradicional más amplia, tan elocuentemente expresada por John Stuart Mill,^* de que el contacto en-

^* "No puede exagerarse el valor qiie tiene, en el bajo nivel actual del desarrollo humano, el hecho de poner a los seres humanos en contacto con personas diferentes y con modos de pen-

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tre grupos diferentes es siempre una fuente de progreso para todos. Quien- quiera que haya observado el escenario del desarrollo con algún cuidado albergará dudas graves acerca de esta concepción: en la América Latina, por ejemplo, el progreso industrial fue particularmente vigoroso durante las guerras mundiales y la gran depresión, cuando las relaciones con los países industriales se encontraban a bajo nivel. Para mí esto sólo signifi- caba que algunos periodos de aislamiento pueden ser benéficos, y me pa- reció que la alteración de contacto y aislamiento crea condiciones óptimas para el desarrollo industrial.^^ En todo caso, tanto Myrdal como yo consi- deramos los efectos de polarización como fuerzas que las políticas públi- cas podían contrarrestar y neutralizar; y yo traté de demostrar que, en lugar de invocar tales políticas como un deus ex machina (como me pa- rece que lo hacía Myrdal), podríamos considerarlas originadas como una reacción ante la experiencia de la polarización.

Ocurrió algo extraño en cuanto se señaló que la interacción de los paí- ses ricos y pobres podría, bajo ciertas circunstancias, tener un carácter antagónico, de juego de suma cero: pronto se volvió intelectual y políti- camente atractiva la afirmación de que esta era la esencia de la relación y se observaba como una ley inmutable en todas las fases de los contactos entre el centro capitalista y la periferia. Así como en la situación ante- rior, los educados en la tradición clásica de Smith y Ricardo no podían concebir una ganancia del comercio internacional que no fuese mutua, para los nuevos entusiastas de la polarización se volvió imposible la per- cepción de nada que no fuese el empobrecimiento y la degradación en cada una de las fases sucesivas de la historia de la periferia.^" Esta es la tesis del "desarrollo del subdesarrollo, presentada por André Gunder Frank y defendida también por algunos de los partidarios más extremis- tas de la tesis de la "dependencia". Dado el momento histórico del surgi- miento de estas concepciones, su tarea primera y primordial fue un ata- que inmisericorde a lo que hasta entonces se había creído generalmen- te que contenía la promesa de la emancipación económica de los países subdesarrollados: la industrialización. Estamos ahora a mediados de los años sesenta, cuando la industria de algunos de los países más importantes del Tercer Mundo estaba experimentando dificultades reales y sacrificios

Sarniento y de acción distintos de los que les son familiares . .. Tal comunicación ha sido siem- pre, y lo es peculiarmente en nuestra época, una de las fuentes primordiales del progreso". J. S. Mül. Principies of Political Economy, libro TIL cap. 17, párrafo 5. Existe versión al castellano del FCE.

" Strategy; pp. 173-175, 199-201. 1* Aníbal Pinto ha llamado a esta coni-epción, con buen tino, "catastrofismo".

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crecientes, tras un periodo prolongado de expansión vigorosa. Se aprove- chó esta situación para describir toda la industrialización como un fra- caso total por varias razones (no siempre congruentes ) : la industrializa- ción estaba ''agotada", "distorsionada", carecía de integración, comlucía a la dominación y la explotación de las multinacionales aliadas a la "bur- guesía lumpen* nacional, y creaba una distribución más desigual del in- greso, junto con un nuevo tipo de dependencia más insidioso que nunca.

Aproximadamente al mismo tiempo, los economistas neoclásicos, par- tidarios de la monoeconomía —como debe llamárseles de acuerdo con la terminología de este ensayo—, estaban afilando sus propias uñas para atacar las políticas de desarrollo que habían impulsado la industrializa- ción para el mercado interno. En contraste con la crítica múltiple de la izquierda, los monoeconomistas se concentraban en una deficiencia singu- lar, sencilla, pero decisiva en su opinión, de tales políticas: la mala asig- nación de los recursos. En sí misma, esta crítica resultaba muy previsible y podría no haber tenido mayor peso que las prevenciones contra la in- dustrialización emanadas esencialmente del mismo campo, diez, veinte o cincuenta años atrás. Pero la eficacia de la crítica era ahora mayor por diversas razones. Primero, como resultado de los escritos neomarxistas antes mencionados, algunos de los antiguos defensores de la industrializa- ción se habían convertido ahora en sus críticos más enconados. Segundo, las políticas específicas que en la etapa anterior habían ayudado a pro- mover la industrialización, así fuese a costa de presiones inflacionarias y de balanza de pagos, empezaron a tener rendimientos decrecientes en los años sesenta: lograban menor industrialización a costa de problemas de inflación y de balanza de pagos más graves que antes. Tercero, la prác- tica de la industrialización deliberada había producido exageraciones y abusos en varios países y podían señalarse sin dificultad muchos ejem- plos desastrosos que servían para incriminar todo el esfuerzo. Cuarto, se volvió atractivo un conjunto nuevo de políticas que hacían hincapié en las exportaciones de manufacturas provenientes de los países en desarrollo, a causa de la expansión rápida del comercio mundial que se observaba a la sazón, y algunos países como Formosa y Corea del Sur demostraron las posibilidades de éxito de tales políticas. En estas condiciones, las críticas neoclásicas se volvieron más persuasivas que nunca.

El objetivo de los ataques neomarxistas y neoclásicos complementarios no era sólo el nuevo establecimiento industrial que en efecto soportó muy bien tales ataques; en el plano ideológico, la víctima buscada era la nueva economía del desarrollo que en efecto había propugnado el desarrollo

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industrial y ahora debía asumir la responsabilidad intelectual de todos los errores. Los golpes que cayeron desde la izquierda y la derecha sobre la subdisciplina incipiente y poco unificada la dejaron en verdad aturdi- da, hasta el punto de que la defensa más intrépida de lo que se liabía logrado con los esfuerzos de industrialización de la posguerra en el Ter- cer Mundo no provino de los antiguos pilares, sino de un socialista inglés defensor de la posición original de Marx sobre el problema de las áreas atrasadas, el finado Bill Warren.^ 17

LA VERDADERA HERIDA DE LA TEORÍA ECONÓMICA DEL DESARROLLO

Sería tonto, jior supuesto (tan tonto como el proverbio alemán VJCI feind, viel Ehr)^ afirmar que cualquier tesis o política que sea atacada al mis- mo tiempo desde la izquierda y desde la derecha es, por esa sola razón, absolutamente cierta. Ya he señalado que los críticos neoclásicos hicieron algunas observaciones válidas, así como los neomarxistas plantearon va- rias dudas serias, sobre todo en las áreas del control extranjero excesivo y de la distribución desigual del ingreso. Pero tales críticas debieran con- ducir normalmente a algunas reformulaciones y evenlualmente al fortale- cimiento de la estructura de la economía del desarrollo. Ahora no ocurrió así. No apareció ninguna síntesis nueva.

Pueden ofrecerse varias explicaciones. Por una parte, la economía del desarrollo había sido construida sobre un concepto, el "país subdesarro- llado típico", que se volvió cada vez menos real a medida que el des- arrollo proseguía a tasas muy diferentes y asumía formas muy distintas en los diversos países de la América Latina, Asia y África. ;La ley del desarrollo desigual de Lenin, formulada originalmente para las grandes potencias imperialistas, se aplicaba al Tercer Mundo I Se puso en claro, por ejemplo, que para los fines de las proposiciones más elementales de la estrategia del desarrollo los países muy poblados difieren sustancial- mente de los miniesíados cada vez más numerosos del Tercer Mundo,^^ así como aparecieron muy pocos problemas en común entre los países en desarrollo exportadores e importadores de petróleo. El concepto de un cuerpo unificado de análisis y de recomendaciones de políticas para to- dos los países subdesarrollado-% que contribuyó en buena inedida al -ui-

^" B., Warren. "Imperialism and capitalist arcumulation", Neiv Lejt Revietv, núin. ñl. sep- tiembre-octubre de 1973, pp. 3-45, y "The po=twar economic experience of the ThinJ "^'cirld". Toward a Netv Strategy for Deieloprnent, pp. 144-168.

* "Muchos enemico?. mucho honor"'. ^® Clive Y. Thomas pone de relieve esta consideración en Drpcndcnce and Transfírruition:

The Economics of the Transition to Socialism, Nufva York, Monthh' Rcview Press. 197L passim.

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gimiento de la subdisciplina, =e convirtió en cierto sentido en una víctima del éxito mismo del desarrollo y de su desigualdad,

Pero había una razón más poderosa para que la economía del des- arrollo no pudiera experimentar una recuperación decisiva ante los ata- ques de que la habían hecho objeto los críticos: la serie de desastres políticos que afectaron a varios países del Tercer Mundo a partir de los años sesenta, los que estaban claramente conectados de algún modo a las tensiones que acompañan al desarrollo y la "modernización". Estos de- sastres del desarrollo, que iban desde las guerras civiles hasta el estable- cimiento de regímenes autoritarios criminales, no podían dejar de descon- certar a un grupo de científicos sociales que, después de todo, no habían iniciado el cultivo de la economía del desarrollo después de la segunda Guerra Mundial como especialistas estrechos, sino impelidos por la visión de un mundo mejor. Como liberales, la mayoría de ellos creía que **todas las cosas buenas van juntas",^* y daban por sentado que si podía lograrse un incremento sustancial del ingreso nacional de los países participantes se obtendrían efectos benéficos en los campos social, político y cultural.

Cuando se observó que la promoción del crecimiento económico com- prendía no pocas veces una secuencia de hechos que suponían un retro- ceso grave en esas otras áreas, incluida en gran medida la pérdida de derechos civiles y humanos, se sacudió la confianza que en sí misma mos- tró nuestra subdisciplina en sus primeras etapas. Lo que pareció una in- capacidad para montar un contrataque vigoroso contra la alianza no santa de neomarxistas y neoclásicos pudo haberse derivado de una duda cre- ciente en las propias fuerzas, basada en desgracias mucho más graves que la "mala asignación de recursos" de los neoclásicos o la "nueva depen- dencia" de los neomarxistas.

No todo el grande y talentoso grupo de economistas del desarrollo que se había formado en la nueva rama del conocimiento enmudeció de repen- te. Muchos se retiraron de la posición de que "todas las cosas juntas son buenas" a la de "la buena ciencia económica es buena para el pueblo".^ En otras palabras, en lugar de suponer que el desarrollo económico haría pro- gresar otros campos, estos autores consideraron legítima una operación ba- sada en un supuesto implícito del óptimo de Pareto: como las reparaciones de la plomería o el mejoramiento del control del tránsito, los esfuerzos téc- nicos de los economistas mejorarían las cosas en un área al mismo tiempo

1^ Véase Robert Packenham, Liberal America and the Third World. Princeton, Prínceton Univer^ity Press, 1973, pp. 123-129.

-'^ Una expresión atribuida a Arnold Harberger en un artículo publicado en el Neio York Times. 7 de febrero de 1980.

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que, en el peor de los casos, dejaban otras cosas sin cambio alguno, de modo que la sociedad en su conjunto mejoraría. La política del desarrollo económico se degradaba aquí, en efecto, a una tarea técnica ocupada ex- clusivamente de los mejoramientos de la eficiencia. Se creaba y buscaba así la ilusión de que al limitarse a los problemas pequeños, eminentemen- te técnicos, la economía del desarrollo podría seguir adelante a pesar de los cataclismos políticos.

Pero hubo otra reacción que habría de tener un efecto considerable. Varios analistas y practicantes del desarrollo económico experimentaron una frustración doble, por una parte a causa de los decepcionantes acon- tecimientos políticos en sí mismos, por la otra a causa de su incapacidad para entenderlos, de modo que se pusieron a observar el desempeño eco- nómico mismo con ojos más críticos que antes. En un acto freudiano de desplazamiento, estos autores ''trasladaron" su decepción por el aspecto político a los aspectos más débiles del desempeño económico. En los paí- ses de regímenes autoritarios el desplazamiento se vio reforzado a menu- do, desde luego en forma no intencional, por el hecho de que la censura oficial era mucho más rigurosa con respecto al disentimiento político que en lo referente al desempeño económico.

En cierto sentido era la aplicación al revés de la máxima "todas las cosas buenas van juntas". Ahora que los acontecimientos políticos habían dado un giro completamente lamentable debía probarse que la historia económica era similarmente poco atractiva. Algunos econonnistas se sintie- ron satisfechos cuando así se restableció el equilibrio entre el desempeño político y el económico, aunque fuese a un nivel sorprendentemente bajo. Pero otros se sentían más activistas. Impotentes frente a la injusticia y la tiranía políticas, pero experimentando una vaga sensación de responsa- biliuad, trataron de lograr algunas enmiendas mediante la denuncia de la injusticia económica. Al actuar así prestaban escasa atención a John Rawls, quien sostenía por la misma época, en A Theory of Justice (1971), que "el abandono de las instituciones de la libertad igualitaria ... no puede justificarse, ni compensarse, por el adelanto social o económico" (p. 61). Sin embargo, fue tal vez afortunado —y una demostración de la vitalidad del movimiento en pro del desarrollo— el hecho de que la decepción generada por la política no condujera a desencanto, sino a un intento por corregir siquiera los males que los economistas pudieran de- nunciar en su capacidad profesional.

Aquí se encuentra uno de los orígenes importantes del interés por la distribución del ingreso, que se convirtió en un tema dominante de la

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bibliografía del desarrollo a principios de los años setenta. Resultó par- ticularmente influyente el hallazgo de Albert Fishlow, basado en el censo de 1970, de que la distribución del ingreso del Brasil se había vuelto más desigual y que algunos grupos de ingresos bajos podrían haber empeorado incluso en términos absolutos, a pesar (¿a causa?) del impresionante cre- cimiento."^ Robert McNamara, presidente del Banco Mundial, hizo sonar la alarma en su discurso anual ante la Junta de Gobernadores de 1972, basado en este dato y en datos similares de otro? países. Apareció luego un gran número de estudios y se hizo un esfuerzo por entender el pro- ceso en que el desarrollo podría configurarse de acuerdo con las metas de la distribución o por formular políticas que combinaran los objetivos del crecimiento y la distribución.

Antes de que transcurriera mucho tiempo la atención se estaba enfo- cando ya no sólo sobre los aspectos relativos de la distribución del in- greso, sino también sobre el nivel absoluto de la satisfacción de necesida- des entre los grupos más pobres de la población de un país. Así nació el interés por las necesidades básicas —de alimentación, salud, educación, etcétera—, que constituye ahora una de las preocupaciones princijiales de la economía del desarrollo. Así como el concepto del "país subdesarrolla- do típico" se sustituyó i»or diversos grupos de países, cada uno de ellos con sus características propias, el maximando liasta ahora único de la economía del desarrollo (el ingreso per capita) se disolvió en diversos objetivos parciales, cada uno de los cuales requería la consulta de expertos distintos en materia de nutrición, salud pública, vivienda y educación, etc.

Por supuesto, hay mucho que decir en favor de esta nueva concroción de lo? estudios del desarrollo y en particular en favor de los grupos más pobres. Sin embargo, la economía del desarrollo nació como la avanzada de un esfuerzo que habría de generar una emancipación total del atraso. Para que tal esfuerzo alcance su meta prometida habrá necesidad de afron- tar el desafío planteado por la política decepcionante, en lugar de elu- dirlo o pasarlo por alto. Ya se ha puesto bien en claro cjue esto no puede hacerlo la ciencia económica por sí sola. Es por esta razón que no podrá remediarse por completo la declinación de la economía del desarrollo: nuestra subdisciplina había alcanzado su lustre y atractivo considerables en virtud de la idea implícita de que podría vencer al dragón del atraso virtualmente por sí sola, o por lo menos que su contribución n esta tarea sería fundamental. Ahora sabemos que no ocurre así; en consecuencia, el lustre se ha ido junto con su atractivo,

21 "Brazilian size distribution of income", American Economic Rcvieic. vol. 62, pp, 391-402.

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En retrospectiva, todo el episodio parece curioso. ¿Cómo pudo un gru- po de científicos sociales que acababan de vivir los más calamitosos '"des- carrilamientos de la historia" en varios de los países más avanzados en el terreno económico abrigar tan grandes esperanzas i)ara el desarrollo eco- nómico per se? Quizá pueda ofrecer aquí alguna luz citando mi trabajo reciente sobre la historia de las ideas. En The Passions and thc Intrrests (1977) demostré que la intensificación de las actividades comerciales y lucrativas de los siglos xvii y xvni se consideró a la sazón como algo prometedor para la estabilidad política y el progreso, e hice hincapié en que tales expectativas optimistas no se basaban en un respeto nuevo por estas actividades, sino en la continuación del desprecio que se sentía por ellas: al revés de lo que ocurría con la búsqueda apasionada y aristocrá- tica de la gloria y el poder, dotada de una potencialidad para el desastr" bien reconocida a la sazón, se pensaba que el dinero era "incapaz de cau- sar bien o mal en gran escala" (p. 58), Es posible que estuviese funcio- nando una percepción similar en relación con los países menos desarro- llados de Asia, África v América Latina en el sislo xx. Los economistas occidentales que observaban estos países al final de la segunda Guerra Mundial estaban convencidos de que no eran tan complicados: sus pro- blemas más importantes se resolverían con sólo que pudiera elevarse ade- cuadamente su ingreso nacional per capita. En una época anterior, el des- precio por los países llamados "rudos y bárbaros" en el siglo xviir, "atra- sados" en el siglo xix, y subdesarrollados en el siglo xx, había genera- do su confinación a un status permanentemente bajo, en términos de sus perspectivas económicas y de otra índole, por efecto de factores inmuta- bles tales como el clima hostil, los recursos de mala calidad o de raza in- ferior. Con la nueva tesis del crecimiento económico el desprecio adoptó una forma más sutil: ¡de pronto se daba por sentado que el progreso de estos países sería ininterrumpido con la única condición de que adoptaran el tipo adecuado de programa de desarrollo integrado! En vista de lo que se consideraba el problema aplastante de su pobreza se esperaba que los países subdesarrollados actuaran como juguetes de cuerda y se "dispara- ran'* a través de las diversas etapas del desarrollo con ese solo objetivo en mente; sus reacciones ante el cambio no serían tan traumáticas o abe- rrantes como las de los europeos con sus residuos feudales, sus complejos psicológicos y su alta y exquisita cultura. En suma, como el comerciante "inocente" y dulce del siglo xviii, se pensó que estos países sólo tenían intereses y no pasiones.

l'na vez más vemos que nos hemos equivocado.

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